¿Qué hacen los políticos?
Carlos Alberto Montaner
El joven senador Barack Obama se ha convertido en la gran
revelación de los comicios estadounidenses. No sólo porque es el primer
candidato afroamericano con serias posibilidades de convertirse en
presidente, sino porque dice encarnar el cambio que supuestamente necesita
la sociedad norteamericana. Entre los republicanos, Mitt Romney, un exitoso
empresario mormón, ex gobernador de Massachusetts, quintaesencia del
establishment económico y político del país, se propuso como mandatario
alegando exactamente el mismo argumento: aseguraba representar el cambio.
Parece que la palabra tiene una gran acogida entre los electores.
Pero la función de los políticos norteamericanos no es
generar los cambios, sino regularlos. Los cambios económicos los produce la
propia dinámica interna de la sociedad civil. Se llevan a cabo por medio de
las decisiones libremente tomadas por millones de ciudadanos emprendedores y
laboriosos que son los que espontáneamente determinan la dirección y la
velocidad en que se mueve el país. Los hacen en los laboratorios, en las
fábricas, en las empresas, en las universidades. Los verdaderos artífices de
los cambios son los investigadores, los científicos, los grandes ingenieros,
los gerentes creativos, los empresarios agudos, los pensadores que en cada
centro educativo remodelan día a día el conocimiento. Los cambios sociales
los impulsan (o los frenan) los medios de comunicación, las iglesias, las
ONG's, los sindicatos, las organizaciones de estudiantes y los diversos
grupos de interés.
Los políticos, ante esa incontrolable dinámica,
absolutamente impredecible, sólo pueden administrar y hacer reglas. Si las
reglas son acertadas, benefician al conjunto de la sociedad, impiden los
atropellos, evitan las injusticias flagrantes, y consiguen facilitar la
implantación de los cambios. Si se equivocan, las consecuencias pueden ser
totalmente negativas y se convierten en una verdadera rémora. Pero no les
corresponde a los políticos la tarea de cambiar el destino de los pueblos,
entre otras razones, porque en las sociedades libres nadie sabe hacia dónde
debe desplazarse la población. Esa monstruosa certeza sólo se tiene en las
dictaduras socialistas, dotadas de una sola cabeza, donde los grandes
artífices de la ingeniería social, utilizando como correa de transmisión a
ciertos grupos de oscuros funcionarios, generalmente precedidos por unos
fanáticos iluminados, creen saber hacia dónde debe marchar la sociedad, y
arrean al pueblo en esa dirección a punta de látigo y calabozo, ahogando de
paso el espíritu emprendedor, mientras arrancan de cuajo cualquier vestigio
de genuina creatividad.
La mera existencia de un fenómeno como Obama prueba esa
afirmación. Fue la lucha tenaz de los cuáqueros y de los abolicionistas en
el siglo XIX, retomada luego por Martin Luther King a mediados del XX, donde
se generó la posterior legislación integracionista de Lyndon Johnson que
hoy, felizmente, permite que Obama sea una opción viable para los electores
americanos. Lo que cambia a Estados Unidos es el tren, el teléfono, la
aviación, la píldora anticonceptiva, las computadoras o la clonación --entre
otros centenares de innovaciones--, y todos esos hitos tecnológicos surgen
en el seno de la sociedad civil y precipitan al país en una dirección hasta
entonces insospechada, provocando consecuencias tremendas en todos los
órdenes de la convivencia, ante las cuales tienen que reaccionar los
políticos. Esa es la virtud de las llamadas sociedades abiertas, donde el
Estado no dirige ni planifica, sino se limita a regular equitativamente. Es
de este orden espontáneo de donde surge la inmensa fortaleza y la increíble
capacidad para generar riqueza de una nación como Estados Unidos.
Pero hay otra paradoja: a veces los grandes cambios, aun siendo
benéficos, crean graves problemas que sí deben enfrentar los políticos. Un
caso típico es el desarrollo de la farmacología y de los carísimos equipos
de diagnóstico. Gracias a ellos, hoy las personas tardan más en morir --el
verdadero cambio es el aumento de la longevidad--, pero esos últimos años
son terriblemente onerosos y nadie sabe cómo hacerles frente, porque casi
todo enfermo desea prolongar su vida a cualquier costo. La función del
político, pues, es encontrar la forma de regular este cambio de la manera
más razonable y eficiente posible, dentro de las limitaciones que siempre
impone el presupuesto. Y la labor del elector, claro, consiste en tratar de
identificar qué político es capaz de hacer mejor ésa y otras parecidas
tareas. No es fácil.
Febrero 24, 2007
Imprimir
esta página