Retrato de Raúl Castro
Carlos Alberto Montaner
El general Raúl Modesto Castro Ruz (n. 1931), nuevo presidente de Cuba, a
sus 76 es cinco años más joven que su hermano (lo que no le impide ser el
mandatario más viejo de América), pero ésa tal vez es la menor de las
diferencias. Fidel es alto, corpulento, locuaz, dado a las complejidades
teóricas, terco, colérico, dogmático, solemne, frío, áspero en el ámbito
familiar, desorganizado, carente de sentido del humor y narcisista, lo que
quiere decir que su nivel de empatía es casi imperceptible. Fidel es un
hombre que se ha pasado la vida tallando el busto que desea dejar instalado
en la historia. Raúl, en cambio, es de corta estatura, lacónico,
sentimental, hogareño, llorón, refractario tenaz a las lecturas y enemigo a
muerte de las abstracciones teóricas, pragmático, organizado, bromista y
-según
sus amigos y familiares, incluidos los que están en el exilio-
capaz de tener gestos caseros de afecto y solidaridad. Más que la historia,
a Raúl le interesan las peleas de gallos, el whisky y las fiestecillas entre
amiguetes. Fidel es un caudillo permanentemente encaramado en un podio. Raúl
se sienta en un taburete, delega autoridad, gobierna en equipo y se comporta
como una persona normal, lo que no le impide fusilar a cualquiera, como ha
hecho en el pasado decenas de veces sin visitar el remordimiento, salvo
cuando mató a su amigo el general Arnaldo Ochoa. Cuando era un adolescente,
Fidel había decidido ser presidente de Cuba. Raúl soñaba con ser locutor de
radio.
La ficha biográfica es conocida. Raúl es el sexto hijo de Ángel Castro Argiz,
un gallego laborioso y preñador
-diez
hijos conocidos de tres señoras diferentes-
que se hizo rico sembrando caña en una zona remota de Cuba. Fue un mal
estudiante desde la primaria hasta la universidad, donde con la mayor
desgana tomó algunos cursos. Cuando era un muchacho, sus padres,
desesperados, se lo enviaron a Fidel a La Habana para que lo enderezara, y
éste lo colocó férreamente bajo su autoridad
y lo puso a asaltar cuarteles.
Raúl lo ha dicho: Fidel es como su padre. Lo admira. Lo teme. Es un padre
terrible, pero la subordinación emocional a los padres terribles suele ser
muy intensa. Cuando era muy joven
-esto
lo contó un jesuita que los educó a ambos en el Colegio Belén-
lo maltrataba de obra. Cuando crecieron, lo maltrataba de palabra. A veces
era más cruel y lo maltrataba de silencio. Raúl, ya siendo Ministro de
Defensa, sufría mucho, reveló su ex secretario Alcibíades Hidalgo, cuando
Fidel no le hablaba, y entonces salía a recorrer los cuarteles del país,
triste como la Zarzamora, a la espera de la voz añorada. Las dos familias
-por
cierto-
apenas se visitan. Es Fidel el que ha decidido poner distancia, con el
aplauso de su mujer, que nunca tragó del todo a Vilma Espín, la esposa de
Raúl, muerta hace unos meses.
En 1953 Raúl se hizo comunista tras participar en un Congreso de las
Juventudes Socialistas organizado por el KGB en Viena. En ese viaje conoció
al joven agente Nicolai Leonov
-luego
sería el segundo de a bordo de la siniestra organización y hoy está en el
Parlamento, cerca de Putin-
y quedó convencido de la superioridad inderrotable de la URSS y del horror
sin límites de Estados Unidos. Poco después, su hermano lo incorporaría al
fallido ataque al Cuartel Moncada, y los dos, más una docena larga de
supervivientes, acabarían en la cárcel, pero no por demasiado tiempo: apenas
21 meses, cuando el dictador Batista los amnistió.
Luego vino el exilio en México (donde volvió a coincidir con Leonov), el
adiestramiento, y el desembarco de 82 expedicionarios cerca de la Sierra
Maestra en diciembre de 1956. En la montaña, Raúl demostró ser un
organizador eficaz
-es
su mejor virtud-
y Fidel le encomendó que pusiera en marcha otro frente. Lo hizo con bastante
eficacia, pese a su juventud, y comenzó a crearse un círculo que desde
entonces ha existido, los raulistas, oficiales que han seguido girando en
torno al segundo comandante en jefe. Fue allí, también, donde conoció y se
enamoró de una mujer educada y burguesa, Vilma Espín, ingeniera pasada por
Estados Unidos, pero comunista como él. Vilma, sin embargo, construyó junto
a Raúl una familia razonablemente articulada
-cuatro
hijos, yernos, nueras y ocho nietos que funcionan como clan de poder-
que parece llevarse bastante bien, y en la que destaca Mariela Castro, una
sexóloga convencida de que los problemas más graves de Cuba pasan por la
entrepierna, causa oscura y sudorosa a la que se dedica con una rara
tenacidad.
En 1959 Raúl se convirtió en Jefe de las Fuerzas Armadas y desde 1989,
además, absorbió al Ministerio del Interior. ¿Con quién va a gobernar?
Seguramente, con sus hombres de confianza, casi todos militares
-los
generales Abelardo Colomé Ibarra, Julio Casas Regueiro, Ulises Rosales del
Toro-
y con su familia inmediata, su yerno Luis Alberto Ramírez, teniente coronel
del Ejército, y su hijo Alejandro Castro Espín, coronel del Ministerio del
Interior, en quien está pensando como sucesor de la dinastía. ¿Cómo va a
gobernar? Por ahora, muy cautelosamente, porque su hermano Fidel, aunque ha
renunciado, no le dejará hacer cambios sustanciales. Así son los padres
terribles. Cuando lo entierre del todo, Raúl va a sentir un extraño alivio
emocional.
Febrero 25, 2008
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