El Che Guevara y las cosas
que hacen los progres
Reflexiones en torno a una polémica surgida dentro del diario El País de
Madrid Publicado en Cuadernos de pensamiento político, Número 17,
Enero-Marzo 2008,
FAES, Madrid
Carlos Alberto Montaner
La gran regla ética sobre la que se ha edificado la escala de valores
occidentales es la obligación de tratar al prójimo como a uno mismo. Incluso,
es posible que esa urgencia de reciprocidad, piedra angular de todo código
moral, esté imbricada en la propia naturaleza humana (y en la de otros
primates, afirman los etólogos) y se transmite por medio de nuestro código
genético, como sospechan los especialistas. Yo no puedo desear para el otro
lo que no quiero para mí sin quebrantar una norma moral básica. En todas las
culturas existe un amargo reproche para los hipócritas y los cínicos que nos
recuerda constantemente este principio.
Pero la regla es aún más amplia, trasciende nuestras acciones, y debe
condicionar nuestra capacidad de establecer juicios de valor. En las viejas
clases de aritmética los niños solíamos comprobar si las divisiones y las
multiplicaciones estaban bien hechas mediante la llamada “prueba del nueve”.
De una forma que en aquella época nos parecía misteriosa, los números
estaban sometidos a lo que los maestros de entonces calificaban de “congruencia”.
Probablemente, en el terreno de los juicios morales ocurre más o menos lo
mismo: la opinión que tenemos sobre ciertos hechos concretos validan o
anulan nuestros juicios morales abstractos.
En efecto, lo que les da consistencia moral a nuestras valoraciones éticas
es la congruencia entre los principios abstractos que decimos sustentar y la
aplicación práctica de esos principios ante la realidad. Si soy un enemigo
de la pena de muerte y creo que debe eliminarse de manera total, no puedo
aplaudir el fusilamiento de los criminales serbios o de mis adversarios. Si
me opongo a la discriminación de las personas por su raza, preferencias
sexuales o ideas políticas, no me es dable apoyar el apartheid
sudafricano, repudiar a un hijo o a un amigo homosexual o respaldar las
dictaduras de Pinochet o de Fidel Castro.
Acerquémonos a un caso concreto.
El
caso del editorial de El País y Che Guevara
El 10 de octubre de 2007 el diario El País de España publicó
un editorial sobre el Che Guevara. El diario hacía una evaluación de este
singular personaje a los 40 años de que fuera ejecutado tras su captura en
combate por el ejército boliviano. Se tituló Caudillo Guevara y el
sentido último de quien lo redactara
-aparentemente,
un diplomático con gran experiencia-
era descalificar la validez de la ética de fines. Todo demócrata realmente
comprometido con el Estado de Derecho y el respeto por los seres humanos
tenía que suscribir la ética de medios. No es verdad que el fin, por noble
que sea, justifica todos los procedimientos que se utilicen para alcanzarlo.
El conocido apotegma maquiavélico suele ser la coartada de los peores
criminales. Decía El País:
“El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la
disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración y de
elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo largo de más de
un siglo, grupúsculos de las más variadas disciplinas ideológicas han
pretendido dotar al crimen de un sentido trascendente, arrebatados por el
espejismo de que la violencia es fecunda, de que inmolar seres humanos en el
altar de una causa la hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un
propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta.
Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado boliviano de La
Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa siniestra saga de héroes
trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde
los nacionalistas a los yihadistas, que pretenden disimular la condición del
asesino bajo la del mártir, prolongando el viejo prejuicio heredado del
romanticismo.
El hecho de que el Che diera la vida y sacrificara las de muchos no hace
mejores sus ideas, que bebían de las fuentes de uno de los grandes sistemas
totalitarios. Sus proyectos y sus consignas no han dejado más que un reguero
de fracaso y de muerte, tanto en el único sitio donde triunfaron, la Cuba de
Castro, como en los lugares en los que no alcanzaron la victoria, desde el
Congo de Kabila a la Bolivia de Barrientos. Y todo ello sin contar los
muchos países en los que, deseosos de seguir el ejemplo de este mito
temerario, miles de jóvenes se lanzaron a la lunática aventura de crear a
tiros al "hombre nuevo".
Seducidos por la estrategia del "foquismo", de crear muchos Vietnam, la
única aportación contrastable de los insurgentes seguidores de Guevara a la
política latinoamericana fue ofrecer nuevas coartadas a las tendencias
autoritarias que germinaban en el continente. Gracias a su desafío armado,
las dictaduras militares de derechas pudieron presentarse a sí mismas como
un mal menor, cuando no como una inexorable necesidad frente a otra
dictadura militar simétrica, como la castrista.
Por el contexto en el que apareció, la figura de Ernesto Guevara representó
una puesta al día del caudillismo latinoamericano, una suerte de aventurero
armado que apuntaba hacia nuevos ideales sociales para el continente, no
hacia ideales de liberación colonial, pero a través de los mismos medios que
sus predecesores. En las cuatro décadas que han transcurrido desde su muerte,
la izquierda latinoamericana y, por supuesto, la europea, se ha
desembarazado por completo de sus objetivos y métodos fanáticos. Hasta el
punto de que hoy ya sólo conmemoran la fecha de su ejecución en La Higuera
los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o los que invocan a Simón Bolívar
en sus soflamas populistas”.
Ocho días después de publicado el editorial, la dirección de El País
se vio obligada a insertar la siguiente carta de protesta suscrita por 250
redactores del periódico, cuyos nombres no aparecieron consignados:
“La Redacción de EL PAÍS quiere mostrar su disconformidad con el editorial
titulado Caudillo Guevara, publicado el pasado día 10 de octubre.
Más
de dos tercios de los redactores (250) consideran que el texto publicado no
abordaba en su totalidad la figura de un personaje como el Che Guevara que,
con sus luces y sus sombras, es lo suficientemente compleja para haberla
tratado como si no hubiera una escala de grises.
El Estatuto de la Redacción contempla la posibilidad de discrepar de un
editorial siempre que se logren reunir las firmas necesarias, que cifra en
un mínimo de dos tercios de los redactores.
En
ejercicio de este mecanismo de transparencia y democracia interna, único en
la prensa española, se ha habilitado este espacio para dejar testimonio de
nuestra discrepancia”.
Curiosamente, El País, un medio de comunicación, que, como todos,
sólo debe estar dedicado a informar, analizar y opinar únicamente bajo la
autoridad de la verdad, el sentido común y la congruencia ética, había
introducido en su reglamento interno una arbitraria disposición (¿por qué
dos tercios, y no la mitad más uno o cuatro quintas partes?) que abría la
puerta a que una mayoría calificada de redactores pudiera imponer su
criterio sin tener en cuenta los datos objetivos y la coherencia moral de la
posición adoptada por el periódico. Teóricamente, las dos terceras partes de
los redactores también podían oponerse a la Ley de Gravedad o, como ocurre
en ciertas regiones del sur de Estados Unidos, a las teorías evolutivas. Es
lo que puede suceder cuando ciertos hechos o situaciones se someten al
método democrático, como si la aritmética pudiera decidir sobre lo que es
verdad o mentira.
¿Cómo podía El País condenar sin paliativos los atentados perpetrados
por los terroristas de ETA, sin matizarlos en una “escala de grises” (por
ejemplo, el factor nacionalista de los asesinos, la indudable valentía y
audacia que exhiben, o el hecho de que sacrifican sus vidas en pos de un
ideal), y, simultáneamente, presentar al Che como un revolucionario cuyos
crímenes merecían cierto respeto y ponderación. El País,
sencillamente, al enjuiciar la figura del Che por medio del discutido texto,
estaba siendo coherente con su propia línea editorial en otros campos
similares. Si la ética de fines era abominable en el caso de los asesinatos
de la ETA, no podía ser justificable en el del Che, responsable de
centenares de crímenes perpetrados en nombre de la revolución comunista[1].
En realidad, lo que los redactores estaban demandando no era que el
periódico balanceara el juicio sobre Ernesto Guevara, sino que vulnerara su
propia coherencia moral.
Por la otra punta del razonamiento, si esa abrumadora mayoría de redactores
estaba preocupada, realmente, por la supuesta falta de balance del
editorial, “como si no hubiera una escala de grises”, ¿por qué no había
protestado de igual manera cuando el periódico condenaba los asesinatos
cometidos por los terroristas vascos o, por ejemplo, cuando lo que se
criticaba eran las torturas cometidas por los soldados norteamericanos a los
detenidos en la cárcel de Guantánamo? Como ellos no ignoraban, es posible
encontrar matices atenuantes prácticamente ante casi cualquier hecho
censurable que analicemos, desde el asesinato de Federico García Lorca al de
Ramiro de Maeztu, y desde los crímenes de Hitler a los de Stalin.
La deconstrucción de Ernesto Guevara
No vale la pena contar, otra vez, la vida de Guevara. El propósito de este
ensayo es otro: utilizar sus acciones y afirmaciones para construir una
especie de test de coherencia moral. Hay, por lo menos, tres buenas
biografías del Che Guevara: la de Pierre Kalfon, la de Jon Lee Anderson y la
de Jorge Castañeda. Prefiero la de Castañeda, que me parece más incisiva,
pero los tres libros tienen detrás una larga y meritoria investigación. Hay,
también, otros dos excelentes ensayos biográficos cargados de una
inteligente valoración crítica: La máquina de matar: el Che Guevara, de
agitador comunista a marca capitalista, escrito por Álvaro Vargas Llosa,
publicado en inglés por New Republic en noviembre de 2005, texto que
les abrió los ojos a muchos norteamericanos ingenuos, luego reproducido en
español en numerosos diarios del mundo, y Ernesto Che Guevara de
Fernando Díaz Villanueva, el joven e iconoclasta historiador vinculado a
Libertad Digital.
La lectura desapasionada de esos papeles, por mucho que sus autores deseen
conservar una distancia crítica del personaje, y a veces, como sucede en
algunas páginas de Anderson y Kalfon, hasta traten de encontrar
justificaciones a hechos que no las tienen, pone de manifiesto la existencia
de un ser humano profundamente autoritario y violento, capaz de escribir que
está “en la manigua (selva) cubana vivo y sediento de sangre”[2],
actitud, perfectamente congruente con quien, en su adolescencia, le gustaba
firmar su correspondencia con el pseudónimo de Stalin II, o, como reveló
recientemente su primo Alberto Benegas Lynch, economista y pensador
argentino en las antípodas de su pariente: “muy de chico el Che se deleitaba
con provocar sufrimientos a animales”[3].
Pero, para entender a Ernesto Guevara, situémonos, primero, muy brevemente,
en su etapa de formación y veamos luego cuál fue su desempeño. Provenía de
una familia de la entonces muy próspera clase media alta argentina, como
pone de manifiesto la magnífica casa
-para
la época-
en que nació en la ciudad de Rosario. Ciertos elementos de su carácter
adolescente apuntan al desarrollo de una personalidad con rasgos
marcadamente neuróticos. Es muy desaseado y le gusta vanagloriarse por ello.
Además de autocalificarse como Stalin, le divierte ser llamado
cerdo (Kalfon). Cuando sale de los ascensores siempre se empeña en dar
el décimo paso con el pie izquierdo (Benegas Lynch). Padece asma y, tal vez,
de alguna manera, su carácter se curte en la lucha contra esta enfermedad.
Su primer frente de batalla es su propio organismo. Es inteligente y
propenso al mundo de las ideas. Desde muy joven, nada raro en la Argentina
de su tiempo (“Braden
-el
embajador americano-
o Perón” es el lema que sacude al país), es seducido por el antiamericanismo
y por las ideas contrarias a la libertad económica. Estudia medicina, da
muestras de sentir un fuerte compromiso con las personas desvalidas
-leprosos,
por ejemplo-,
y recorre medio continente en moto, pero pronto se decanta por la militancia
política y se convierte en un joven de la izquierda
antiimperialista, como entonces se decía.
A mediados de la década de los cincuenta lo encontramos en la Guatemala de
Jacobo Arbenz, donde es testigo de uno de los conflictos de la Guerra Fría
librados en territorio hispanoamericano. En 1954, tras un golpe orquestado
por la CIA, el coronel Arbenz, que había sido democráticamente electo, fue
depuesto y marchó al exilio. Washington contribuyó decisivamente a su
derrocamiento porque el presidente guatemalteco había adquirido abundante
armamento en Checoslovaquia y los comunistas eran muy prominentes en su
gobierno. Acabada de terminar la guerra de Corea, y dentro de los códigos
binarios de la época (con Estados Unidos o con la URSS), desde la suspicaz
pupila americana Arbenz “se había pasado al enemigo”. Ese factor, además de
la reforma agraria que afectaba intereses norteamericanos, determinó que el
presidente Eisenhower diera la orden de sustituir a ese gobierno por otro
mucho más favorable a su país. La CIA se encargó de hacerlo.
Este episodio radicalizó tremendamente a Guevara y lo endureció de una forma
significativa, aunque lo vivió con una mezcla de temeridad, diversión y
pasión política, que se desprende de una carta que le escribe a su madre:
“Aquí (Guatemala) estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y
otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”. Pero en una nota
escrita a una ex novia de la primera juventud lamenta que Arbenz no hubiese
exterminado a tiempo a unos cuantos enemigos: “Si se hubieran producido esos
fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los
golpes”. Por eso, a fines de 1956, cuando se adiestra junto a los exiliados
cubanos en México, antes del desembarco del yate Granma en la Isla, el Che
es partidario de la violenta intervención soviética en Hungría para aplastar
el levantamiento popular. Para él el sostenimiento de la dictadura comunista,
a cualquier costo, era más importante que el deseo de ser libres que
mostraban los húngaros[4].
“No sorprende
-agrega
Vargas Llosa, de donde saco la cita-,
que durante la lucha armada contra Batista, y luego tras el ingreso triunfal
en La Habana, Guevara asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios
sumarios de muchísimas personas: enemigos probados, meros sospechosos y
aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado”.
Se había vuelto un partidario fanático de la mano dura.
Para la historia de Cuba, esos sucesos guatemaltecos, más el fortuito
encuentro en México de Guevara con los hermanos Castro, fueron decisivos.
Esta experiencia centroamericana es lo que precipita (no decide, sino
acelera) el destino comunista y prosoviético del gobierno. Fidel, Raúl y el
Che, las tres personas que en 1959 determinarían el rumbo del país, con
Fidel como cabeza indiscutible del trío al que todos se subordinan, deciden
actuar muy rápida y despiadadamente para atemorizar a la sociedad y no darle
tiempo a reaccionar. Provisionalmente, y por muy corto tiempo, niegan que
sean comunistas, pero dan todos los pasos en esa dirección y secretamente
comienzan a acercarse a Moscú para plantearle un audaz quid pro quo:
la vinculación de Cuba al campo comunista a cambio de protección y ayuda
frente a Estados Unidos. Nikita Kruschev decide que es una buena propuesta.
Si la URSS
-razona-
está rodeada de bases norteamericanas, ¿por qué no darles a los gringos
un poco de su propia medicina?
El Che en el poder
Guevara comienza a ejercer el poder desde que manda una de las columnas
guerrilleras en la lucha contra Batista. En ese periodo el suyo es sólo un
poder militar. ¿Cómo se hace obedecer? Impone su autoridad por dos vías:
mediante la intimidación (personalmente ejecuta a unas cuantas personas) y
por el ejemplo. No tiene ni acepta privilegios. Comparte todas las
penalidades y riesgos con sus soldados. Es notablemente valiente en los
combates. Hace años le pregunté a Dariel Alarcón Ramírez (Benigno)[5],
uno de sus lugartenientes en Sierra Maestra, y luego su compañero de
aventuras internacionales
-lo
acompañó en las guerrillas de Bolivia y sobrevivió y escapó milagrosamente-,
por qué obedecía ciegamente al argentino, y la respuesta que me dio fue
interesante. Se quedó pensando un buen rato y luego me dijo: “yo creía que
lo admiraba mucho, pero con el tiempo comprendí que, en realidad, lo temía”.
Guevara había descubierto una de las claves del poder dentro de los sistemas
totalitarios: infundir miedo y ser implacable. Lo expresó con toda claridad
en su Mensaje a la Tricontinental de 1967, definiendo cómo debe ser
la actitud de un buen revolucionario: “El odio como factor de lucha; el odio
intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser
humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de
matar”. Al Che le gustaba ser una fría máquina de matar. Cuando relata cómo
asesinó en Sierra Maestra a un rebelde llamado Eutinio Guerra, acusado de
ser un agente de Batista, anota, simplemente, en su diario: “Acabé con el
problema dándole un tiro con una pistola calibre 32 en la sien derecha, con
orificio de salida en el temporal derecho … sus pertenencias pasaron a mi
poder”.
Después del triunfo, tras los primeros meses al frente de La Cabaña
-una
prisión militar asentada en una vieja fortaleza colonial española-,
ejecuta o hace ejecutar a cientos de prisioneros. Sus instrucciones a los
fiscales y jueces son claras: “ante la duda, mátalo”[6].
Terminado ese trabajo sucio, Fidel Castro lo convierte en presidente del
Banco Nacional de Cuba y luego en Ministro de Industria. Su paso por ambos
cargos es devastador. El peso cubano, que durante décadas había mantenido la
paridad con el dólar, comienza a hundirse en medio de un creciente proceso
inflacionario, mientras la industrialización a marcha forzada que había
prometido y decretado, naufraga en medio de un terrible caos administrativo
y gerencial que incluye, entre otros disparates, la importación de máquinas
quitanieve. No obstante, con esa mezcla letal de arrogancia y
desconocimiento que caracterizaban al Che y a todos los dirigentes
revolucionarios
-personas,
además, sin la menor experiencia empresarial-,
se atreve a asegurar, en Uruguay, en 1961, que en 1980 el per cápita de los
cubanos sería superior al de los estadounidenses.
¿En qué basaba Guevara su optimismo? Primero, en la ignorancia. No tenía la
menor idea sobre cómo, realmente, se creaba o se destruía la riqueza, pero
quizás más graves eran sus absurdas convicciones sobre la naturaleza humana.
Guevara, como buen aprendiz de marxista, creía que al desaparecer las viejas
relaciones de propiedad, mágicamente se modificaría la psicología profunda
de los cubanos y surgiría el hombre nuevo, una criatura desinteresada
y generosa capaz de trabajar con entusiasmo sin que mediara una remuneración
adecuada. De acuerdo con su visión, los verdaderos incentivos no deberían
ser de carácter material sino moral. Los cubanos trabajarían incansable y
eficazmente, sacrificando alegremente toda compensación sustancial, a cambio
del placer revolucionario de construir un futuro maravilloso para gloria de
la humanidad.
¿Pero hubo alguna vez un hombre nuevo en Cuba? Por supuesto:
el propio Guevara. Para él los incentivos materiales carecían de atractivo.
Por otra parte, estaba convencido de que ese rasgo de su personalidad era el
único que debería exhibir la especie humana. Como un auténtico apóstol de la
revolución, Guevara se percibía a sí mismo como el arquetipo de lo que debía
ser un revolucionario e intentaba clonarse entre los que lo rodeaban. Les
exigía que fueran austeros, arrojados, y siempre dispuesto al sacrificio.
Quien no tenía esos atributos (o quien no sabía cómo simularlos) merecía su
desprecio y debía ser castigado, excluido o reeducado.
Guevara, además, era homofóbico, y suponía que el hombre nuevo
no podía tener otras preferencias que las heterosexuales, convencido de que
cualquier desviación homosexual, rezago de los viejos tiempos de la
corrompida burguesía, podía ser corregida con privaciones y castigos severos
hasta que se erradicara ese maligno comportamiento. En consecuencia, a
mediados de la década de los sesenta se crearon unas unidades especiales de
confinamiento y maltrato, orwellianamente llamadas Unidades
Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), en las que internaron en
campos de trabajo forzado a miles de homosexuales, junto a otras personas
que tenían el pelo largo u otros rasgos “sospechosos” a los ojos de los
celosos revolucionarios, con el objeto de curarlos de esas
enfermedades sociales[7].
El Che vuelve a la batalla
¿Por qué Guevara abandonó rápidamente las responsabilidades de gobierno y
volvió a las actividades subversivas en otras partes del mundo hasta que fue
ejecutado en Bolivia en octubre de 1967? Tal vez, en primer término, por la
sensación de fracaso que debió haber sentido como encumbrado funcionario de
un régimen que se hundía en el terreno económico. Era mucho más fácil
dirigir un pelotón de fusilamientos o atacar un cuartel que lograr un mínimo
de eficiencia en la dislocada economía de un país que en 36 meses liquidó a
la clase empresarial y le puso fin a la economía de mercado, sustituyéndola
por una variante colectivista de la planificación centralizada, daño
terrible al que se agregó, por recomendación del propio Che, el fin de la
contabilidad de costos, dado que esa vital cautela administrativa, según el
guerrillero argentino, era innecesaria en el socialismo, lo que en poco
tiempo acabó por pulverizar las finanzas del país.
Se produjo, también, cierto distanciamiento entre el Che y Fidel por culpa
de las relaciones con la URSS, y esas fricciones contribuyeron a alejar a
Guevara de Cuba. El Che tenía algunos reparos ante la Unión Soviética, pero
no por el carácter represivo de Moscú, ni por los atropellos imperiales que
les infligía a los satélites, sino porque el argentino parecía inclinarse
más hacia el experimento maoísta, en la medida en que los chinos siempre
estaban dispuestos a ayudar a los movimientos revolucionarios con armas y
pertrechos, mientras la URSS veía muchas de esas actividades como muestras
de un peligroso aventurerismo condenado al fracaso, más cercanas al
putsch que a una verdadera revolución marxista. Fidel, en cambio,
prefería el patrocinio más prudente de los soviéticos, y en su momento llegó
a tener un encontronazo público con Mao.
También debe haber pesado en el ánimo del Che su carácter de condottiero
moderno. De la misma manera que en 1954 se fue a la aventura
guatemalteca, y dos años más tarde a la cubana, más allá de sus ideales
comunistas, que sin duda los tenía, acaso había descubierto su verdadera
vocación en la lucha armada, como tantos mercenarios que se enrolan en
sucesivos conflictos por el íntimo placer que les proporciona la emoción de
la guerra y las constantes descargas de adrenalina, sin ni siquiera
detenerse a pensar en sus responsabilidades como padre de una joven familia
constituida en Cuba, más la hija que había tenido con la peruana Hilda Gadea,
su primera mujer.
En todo caso, al Che pronto se le vio en el Congo organizando las
guerrillas, pero sin ningún éxito. El territorio africano le resultaba
extraño y ajeno, y los líderes a los que debía formar en la lucha armada no
resultaron peleadores y disciplinados, como él deseaba, sino desorganizados,
hedonistas y dados a la corrupción. Su librito, Guerra de guerrillas,
resultaba totalmente inútil en el continente negro. Frustrado, fue entonces
cuando el Che comenzó a pensar en regresar a América, a un escenario que
conocía mucho mejor, mientras Fidel Castro, que prefería mantenerlo alejado
de la Isla[8],
lo alentó a que siguiera ese camino. Más tarde, cuando la pequeña expedición
fue derrotada por el ejército boliviano, los soldados ocuparon un diario de
campaña, escrito con gran amargura, en el que Guevara daba cuenta de su
fracaso, y de cuya lectura inevitablemente se deducía que desde el principio
se trataba de un plan totalmente disparatado. ¿A quién se le podía ocurrir
que un grupo de cubanos, junto a unos cuantos bolivianos, dirigidos por un
médico blanco argentino, carentes de cualquier expresión de arraigo nacional,
iban a convertirse en una fuerza política capaz de congregar a Bolivia tras
la bandera revolucionaria?
El Che y los progres
Vuelvo al origen de estas reflexiones: con semejante biografía, ¿dónde está
el asidero moral o la línea lógica de argumentación para que 250 redactores
de El País hayan rechazado el editorial Caudillo Guevara?
Quienes firmaron esa carta no son muchachos confundidos y deslumbrados con
la foto de Korda, incapaces de saber si Guevara es un cantante de rock o un
actor de cine, sino profesionales bien informados, presumiblemente
comprometidos con la verdad, la libertad y la democracia. Recapitulemos en
seis aspectos fundamentales:
-
Estamos ante una persona violenta dispuesta a asesinar con sus propias
manos o a ordenar la ejecución de cualquiera que le pareciera un enemigo
de la revolución (“ante la duda, mátalo”). Alguien que tenía (o debía
tener) sobre su conciencia dos centenares de muertos, y a quien le
parecía que un buen revolucionario debía ser una “fría máquina de matar”.
-
El objetivo declarado de Guevara para tratar de crear “un Vietnam, dos
Vietnam, muchos Vietnam” no era luchar por una humanidad más justa,
sinoreproducir en todas partes un mundo infinitamente más injusto que el
occidental: el modelo de sociedad maoísta o soviética que tanto luto y
dolor les trajo a los seres humanos.
-
Apoyó la persecución y la reeducación forzosa de homosexuales,
creyentes religiosos y jóvenes aquejados por conductas extravagantes
como tener el pelo largo o escuchar música americana. Fue un
represor extremista y fanático a quien le parecía que la compasión con
el enemigo era una expresión de debilidad.
-
Tenía e impuso ideas económicas absurdas que empobrecieron a los cubanos
terriblemente. Casi medio siglo después de su paso por el Banco Nacional
de Cuba y por el Ministerio de Industrias continúan vigentes la libreta
de racionamiento y la miseria. Ni siquiera hizo el menor aporte serio al
pensamiento político de la izquierda comunista.
-
Invocando unas ideas equivocadas y unos valores torcidos, fue un pésimo
padre de familia. Abandonó a su primera mujer e hija para marchar a la
aventura cubana. Abandonó a la segunda y a sus dos hijos para dirigir
las guerrillas en el Congo y luego en Bolivia, donde perdió la vida.
-
Ni siquiera fue un extraordinario estratega al que se pueda reivindicar
por su genialidad militar. Sólo tuvo éxito cuando peleó bajo las órdenes
de Fidel Castro.
¿Dónde están, pues, esas luces, esos grises que supuestamente
debían estar y no aparecen en el editorial de El País? ¿Que era un
hombre audaz hasta la temeridad? De acuerdo: los asaltantes de bancos y los
traficantes de droga también suelen serlo. ¿Que estaba dispuesto a morir por
sus ideales? Cierto: como Hitler, que resistió en el bunker hasta el
último minuto y luego se quitó la vida. ¿Que tenía un fortísimo compromiso
con una causa política y por ella estaba dispuesto a entregar la vida?
Naturalmente: como los etarras que volaron un supermercado lleno de gente en
Barcelona o como los terroristas islámicos que asesinaron a decenas de
españoles en la estación de Atocha.
En realidad, si de algo sirve la figura del Che a estas alturas del siglo
XXI es para medir la integridad moral de las personas y su coherencia ética.
Nadie que se considere un verdadero demócrata, respetuoso de la dignidad
humana, puede invocar su ejemplo sin incurrir en una grave y descalificadora
contradicción. ¿Quién puede, en cambio, ser genuinamente guevarista? Sin
duda, las personas que creen en las virtudes y ventajas de las sociedades
totalitarias y están dispuestas a admitir cualquier método para lograr
establecerlas, incluido el asesinato. ¿Cuántos de los 250 firmantes de la
carta de marras responden a ese perfil? Sospecho que no demasiados. Tal vez
una docena. ¿Por qué, en ese caso, se prestaron a ello? No sé. Supongo que
son cosas que hacen los progres.
ADDENDUM
El estudio más exhaustivo de la represión ejercida por la dictadura
castrista es el realizado por el economista Dr. Armando Lago con la
asistencia de María Werlau. El estudio (El costo humano de la revolución
social), todavía inacabado, puede examinarse en
www.CubaArchive.org Hasta el 31 de octubre de 2006 Lago y Werlau habían
documentado un total de 116.540 muertos, de los cuales 5.775 corresponden a
ejecuciones, 1.231 a asesinatos extrajudiciales, mientras calculan en 77.879
el número de balseros muertos o desaparecidos. Las víctimas de directas o
indirectas del Che Guevara pasan de los dos centenares.
Ejecutados por el Che en la Sierra Maestra durante la lucha contra Batista
(1957-1958 )
1. Aristio - 10-57
2. Manuel Capitán - 1957
3. Juan Chang - 9-57
4. “Bisco” Echevarría Martínez - 8-57
5. Eutimio Guerra - 2-18-57
6. Dionisio Lebrigio - 9-57
7. Juan Lebrigio - 9-57
8. El ” Negro ” Napoles- 2-18-57
9. “Chicho ” Osorio - 1-17-57
10. Un maestro no identificado (“El Maestro”) - 9-57
11-12. Dos hermanos, espías del grupo de Masferrer -9-57
13-14 Dos campesinos no identificados-4-57
Ejecutados o enviados a ejecutar por el Che durante su breve comando en
Santa Clara ( 1-3 de enero de 1959)
1. Ramón Alba - 1-3-59**
2. José Barroso- 1-59
3. Joaquín Casillas Lumpuy - 1-2-59**
4. Félix Cruz - 1-1-59
5. Alejandro García Olayón - 1-31-59**
6. Héctor Mirabal - 1-59
7. J. Mirabal- 1-59
8. Felix Montano - 1-59
9. Cornelio Rojas - 1-7-59**
10. Vilalla - 1-59
11. Domingo Alvarez Martínez 1-4-59**
12. Cano del Prieto -1-7-59**
13. José Fernández Martínez-1-2-59
14. José Grizel Segura-1-7-59** ( Manacas)
15. Arturo Pérez Pérez-1-24-59**
16. Ricardo Rodríguez Pérez-1-11-59**
17. Francisco Rosell -1-11-59
18. Ignacio Rosell Leyva -1-11-59
19. Antonio Ruíz Beltrán -1-11-59
20. Ramón Santos García-1-12-59
21. Pedro SocarrásS-1-12-59**
22. Manuel Valdés – 1-59
23. Tace José Veláquez -12-59**
** Che firmó la pena de muerte antes de partir de Santa Clara.
Ejecuciones documentadas en la prisión Fortaleza de la Cabaña bajo el
comando del Che (3 de enero al 26 de noviembre del 1959)
1.
Vilau Abreu - 7-3-59
2. Humberto Aguiar - 1959
3. Garmán Aguirre - 1959
4. Pelayo Alayón - 2-59
5. José Luis Alfaro Sierra - 7-1-59
6. Pedro Alfaro - 7-25-59
7. Mriano Alonso - 7-1-59
8. José Alvaro - 3-1-59
9. Alvaro Anguieira Suárez – 1-4-59
10. Aniella - 1959
11. Mario Ares Polo- 1-2-59
12. José Ramón Bacallao - 12-23-59**
13. Severino Barrios - 12-9-59**
14. Eugenio Bécquer - 9-29-59
15. Francisco Bécquer - 7-2-59
16. Ramón Biscet– 7-5-59
17. Roberto Calzadilla - 1959
18. Eufemio Cano - 4-59
19. Juan Capote Fiallo - 5-1-59
20. Antonio Carralero - 2-4-59
21. Gertrudis Castellanos - 5-7-59
22. José Castaño Quevedo - 3-6-59.
23. Raúl Castaño - 5-30-59
24. Eufemio Chala - 12-16-59**
25. José Chamace - 10-15-59
26. José Chamizo - 3-59
27. Raúl Clausell - 1-28-59
28. Angel Clausell - 1-18-59
29. Demetrio Clausell - 1-2-59
30. José Clausell-1-29-59
31. Eloy Contreras- 1-18-59
32. Alberto Corbo - 12-7-59**
33. Emilio Cruz Pérez - 12-7-59**
34. Orestes Cruz – 1959
35. Adalberto Cuevas – 7-2-59**
36. Cuni - 1959
37. Antonio de Beche - 1-5-59
38. Mateo Delgado-12-4-59
39. Armando Delgado - 1-29-59
40. Ramón Despaigne - 1959
41. José Díaz Cabezas 7-30-59
42. Fidel Díaz Marquina – 4-9-59
43. Antonio Duarte - 7-2-59
44. Ramón Fernández Ojeda - 5-29-59
45. Rudy Fernández - 7-30-59
46. Ferrán Alfonso - 1-12-59
47. Salvador Ferrero - 6-29-59
48. Victor Figueredo - 1-59
49. Eduardo Forte - 3-20-59
50. Ugarde Galán - 1959
51. Rafael García Muñiz - 1-20-59
52. Adalberto García 6-6-59
53. Alberto García - 6-6-59
54. Jacinto García - 9-8-59
55. Evelio Gaspar - 12-4-59**
56. Armada Gil y Diez y Diez Cabezas- 12-4-59**
57. José González Malagón - 7-2-59
58. Evaristo Benerio González - 11-14-59
59. Ezequiel González-59
60. Secundino González - 1959
61. Ricardo Luis Grao – 2-3-59
62. Ricardo José Grau - 7-59
63. Oscar Guerra – 3-9-59
64. Julián Hernádez -2-9-59
65. Francisco Hernández Leyva – 4-15-59
66. Antonio Hernández - 2-14-59
67. Gerardo Hernández - 7-26-59
68. Olegario Hernández - 4-23-59
69. Secundino Hernández - 1-59
70. Rodolfo Hernández Falcón – 1-9-59
71. Raúl Herrera -2-18-59
72. Jesús Insua-7-30-59
73. Enrique Izquierdo- 7-3-- 59
74. Silvino Junco – 11-15-59
75. Enrique La Rosa- 1959
76. Bonifacio Lasaparla- 1959
77. Jesús Lazo Otaño -1959
78. Ariel Lima Lago – 8-1-59- (Menor)
79. René López Vidal -7-3-59
80. Armando Mas – 2-17-59
81. Ornelio Mata- 1-30-59
82. Evelio Mata Rodriguez- 2-8-59
83. Elpidio Mederos -1-9-59
84. José Medina -5-17-59
85. José Mesa 7-23-59
86. Fidel Mesquía Díaz 7-11-59
87. Juan Manuel Milián - 1959
88. Jose Milián Pérez – 4-3-59
89. Francisco Mirabal – 5-29-59
90. Luis Mirabal - 1959
91. Ernesto Morales - 1959
92. Pedro Morejón – 3-59
93. Carlos Muñoz M.D.- 1959
94. César Nicolardes Rojas- 1-7-59
95. Víctor Nicolardes Rojas- 1-7-59
96. José Nuñez – 3-59
97. Viterbo O’Reilly – 2-27-59
98. Félix Oviedo – 7-21-59
99. Manuel Paneque – 8-16-59
100. Pedro Pedroso – 12-1-59**
101. Diego Pérez Cuesta - 1959
102. Juan Pérez Hernández – 5-29-59
103. Diego Pérez Crela - 4-3-59
104. José Pozo – 1-59
105. Emilio Puebla – 4-30-59
106. Alfredo Pupo – 5-29-59
107. Secundino Ramírez – 4-2-59
108. Ramón Ramos - 4-23-59
109. Pablo Ravelo Jr. – 9-15-59
110. Rubén Rey Alberola – 2-27-59
111. Mario Risquelme – 1-29-59
112. Fernando Rivera – 10-8-59
113. Pablo Rivero- 5-59
114. Manuel Rodríguez – 3-1-59
115. Marcos Rodríguez -7-31-59
116. Nemesio Rodríguez – 7-30-59
117. Pablo Rodriguez – 10-1-59
118. Ricardo Rodriguez – 5-29-59
119. Olegario Rodriguez Fernández-4-23-59
120. José Saldara – 11-9-59
121. Pedro Santana – 2-59
122. Sergio Sierra – 1-9-59
123. Juan Silva – 8-59
124. Fausto Silva – 1-29-59
125. Elpidio Soler- 11-8-59
126. Jseús Sosa Blanco – 2-8-59
127. Renato Sosa- 6-28-59
128. Sergio Sosa – 8-20-59
129. Pedro Soto – 3-20-59
130. Oscar Suárez – 4-30-59
131. Rafael Tarrago – 2-18-59
132. Teodoro Tellez Cisneros- 1-3-59
133. Francisco Tellez-1-3-59
134. José Tin- 1-12-59
135. Francisco Travieso -1959
136. Leonrardo Trujillo – 2-27-59
137. Trujillo - 1959
138. Lupe Valdéz Barbosa – 3-22-59
139. Marcelino Valdéz – 7-21-59
140. Antonio Valentín – 3-22-59
141. Manuel Vázquez-3-22-59
142. Sergio Vázquez-5-29-59
143. Verdecia - 1959
144. Dámaso Zayas -7-23-59
145. José Alvarado -4-22-59
146. Leonoardo Baró- 1-12-59
147. Raúl Concepción Lima - 1959
148. Eladio Caro – 1-4-59
149. Carpintor - 1959
150. Carlos Corvo Martíenz - 1959
151. Juan Guillermo Cossío - 1959
152. Corporal Ortega – 7-11-59
153. Juan Manuel Prieto - 1959
154. Antonio Valdéz Mena – 5-11-59
155. Esteban Lastra – 1-59
156. Juan Felipe Cruz Serafín-6-59**
157. Bonifacio Grasso – 7-59
158. Feliciano Almenares – 12-8-59
159. Antonio Blanco Navarro – 12-10-59**
160. Albeto Carola – 6-5-59
161. Evaristo Guerra- 2-8-59
162. Cristobal Martínez – 1-16-59
163. Pedro Rodríguez – 1-10-59
164. Francisco Trujillo- 2-18-59
** El Che firmó la sentencia de muerte, pero la ejecución se efectuó luego
de que dejara su comando.
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Febrero 27, 2007
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