El camino del desastre
Carlos Alberto Montaner
Hugo Chávez va a estatizar las siderúrgicas y las grandes fábricas de
cemento de Venezuela. En lugar de hacer una revolución comunista, la está
comprando a plazos con su río particular de petrodólares. No se propone
fusilar a los capitalistas sino, simplemente, comprarles sus propiedades. Ya
lo hizo con la electricidad de Caracas y la compañía de teléfonos, y planea
repetir el ejemplo con todos los sectores importantes de la economía. El
ecuatoriano Rafael Correa y el boliviano Evo Morales, cada uno a su ritmo,
van por el mismo camino.
Esta gente es incapaz de aprender de la experiencia ajena. En las veinte
sociedades más prósperas del planeta todo el aparato productivo cae dentro
del ámbito privado. Son países permanentemente estimulados por la
competencia y regidos por el imperio de la ley. En este tipo de sociedad el
rol del Estado es clarísimo: no es un jugador, sino un árbitro justo y un
factor de estímulo que crea las condiciones para que surjan empresas cada
vez más sofisticadas y complejas que le agreguen valor a la producción. ¿Cómo
logran esos objetivos? Hay cinco tareas básicas:
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Generando un marco legal que atraiga a los
inversionistas y favorezca la supervivencia de las empresas.
-
Perfeccionando el Poder Judicial para que los
inevitables conflictos que surgen en el curso de las relaciones humanas
puedan solucionarse rápida y razonablemente conforme al derecho.
-
Favoreciendo el desarrollo general de la
educación y la salud para propiciar la disponibilidad de un robusto
capital humano capaz de sostener un aparato productivo de complejidad
ascendente.
-
Manteniendo los equilibrios macroeconómicos
con una prudente política fiscal y monetaria.
-
Concesionando o ''tercerizando'' todos los
servicios que puedan realizarse en el ámbito de la empresa privada.
Le corresponde al gobierno decidir cuáles son las infraestructuras que se
necesitan construir o los servicios que se deben poner en marcha. Sin
embargo, la experiencia nos enseña que la manera más eficiente y económica
de convertir estas necesidades en obras duraderas es adjudicar su ejecución,
manejo y mantenimiento a empresas surgidas en el seno de la sociedad civil.
¿Por qué? Hay, por lo menos, cinco razones que explican por qué el Estado es
un pésimo empresario:
-
Porque siempre es más costoso e ineficiente.
Las empresas públicas, en general, son enormes focos de corrupción. En
el peor de los casos, los políticos y funcionarios venales se apoderan
de tajadas sustanciales de los presupuestos. En el mejor, convierten a
las empresas públicas en sitios dedicados a contratar y favorecer amigos
y partidarios, sobredimensionando las plantillas con trabajadores
innecesarios.
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En las empresas públicas no es posible
establecer fórmulas de incentivar a los buenos trabajadores o de
penalizar a los incompetentes. Como nadie se beneficia o perjudica
directamente con los resultados de la gestión de los trabajadores, se
destruyen los fundamentos de la meritocracia.
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La empresa pública es mucho más vulnerable
que la privada cuando surgen conflictos laborales. Despedir a un mal
trabajador del sector público suele ser un calvario. Corregir su
indisciplina es punto menos que imposible. Dado que cualquier
enfrentamiento entre el empleador y el empleado tiene un costo político,
la tentación de la administración pública es siempre a ceder, incluso
ante las situaciones y demandas más injustas.
-
La empresa privada tiene incentivos positivos
y negativos para cumplir las metas pactadas en los contratos (el lucro
si hace bien su trabajo y multas que pueden llegar a la pérdida de la
concesión si defrauda a los usuarios), mientras que el Estado carece de
esos mecanismos de recompensa o punición. Cuando un Estado es el
responsable directo de brindar cierto servicio y no cumple o cumple mal
sus objetivos, pareciera que nadie es responsable de esos fracasos. En
cambio, si esos servicios se pactaron con una empresa privada a la que
le fueron adjudicados mediante un contrato transparente y detallado,
cualquier incumplimiento tiene nombre y apellido e inmediatas
consecuencias negativas.
-
Si partimos de la base de que uno de los
objetivos clave de los gobiernos es estimular la creación y
sostenimiento de un tejido empresarial denso y creciente, una de las
vías para lograrlo es concesionar, ''tercerizar'' todo aquello que pueda
realizarse en el ámbito privado. Esto, además, tiene otro componente
adicional muy beneficioso: una parte de los beneficios del concesionario
regresa al tesoro público por la vía de los impuestos.
Hoy sabemos, en fin, cómo se alcanzan la prosperidad y el progreso
colectivos. Chávez, Correa y Morales van en dirección contraria. Por el
camino que han elegido van a hundir más a sus pueblos.
Abril 13, 2008
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