El
tigre semita
Carlos Alberto Montaner
Primero se comenzó a hablar de los cuatro ''tigres
asiáticos'': Taiwan, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong. Eran países que en
el curso de una generación saltaron de la miseria al desarrollo. Luego
siguieron Nueva Zelanda (el tigre anglo), Irlanda (el tigre celta), e
incluso Chile, al que comienzan a llamar el ''tigre latino'', país que
parece decididamente encaminado a formar parte del primer mundo.
Lo curioso es que entre esas historias de éxito nadie
cita la más impresionante de todas: Israel. Por estas fechas se cumplen 60
años de su tumultuosa fundación en el inhóspito arenal del Medio Oriente.
Entonces casi nadie apostaba por la supervivencia de aquel pequeño Estado
surgido en la tensa primavera de 1948 en medio de los primeros combates de
la guerra fría. Los padres fundadores eran apenas un puñado de soñadores
asediados por decenas de millones de árabes dispuestos a aplastarlos. No
tenían ejército ni dinero, y provenían, algunos de ellos, del espantoso
matadero nazi donde seis millones de judíos acababan de ser ejecutados en el
más siniestro genocidio que registra la historia de la humanidad. Tenían,
eso sí, una desesperada convicción: construir un espacio seguro y decente en
el que el atormentado pueblo judío pudiera sobrevivir al brutal
antisemitismo esporádicamente practicado por casi todas las otras naciones
monoteístas surgidas de Abraham, el padre común de judíos, cristianos y
mahometanos.
Israel lo tenía todo en contra: la geografía, los
vecinos, el suelo miserable y seco, la escasa y variada población, incluso
el idioma, porque el hebreo era una lengua ritual, prácticamente muerta,
confinada a la sinagoga y a la lectura de los libros sagrados, que hubo que
revitalizar mientras la población judía se comunicaba en los idiomas
vernáculos de los países de donde provenía. Unos lo hacían en alemán, otros
en polaco o en yiddish; los había que sólo dominaban el turco, el árabe o el
griego. La etnia, además, se dividía profundamente en dos comunidades no
siempre bien avenidas: los asquenazí, generalmente de origen germano-polaco,
y los sefarditas, originalmente procedentes de España, de donde fueron
expulsados en 1492.
No existía, pues, un pueblo judío, sino diversos pueblos
judíos forjados en la diáspora, incluidos los que emigraban desde Yemen,
Marruecos, Etiopía y, sobre todo, de Rusia. Tampoco poseían ningún fenotipo
dominante que los caracterizara físicamente. Se vinculaban, además, de
distintas maneras a la tradición religiosa y cultural del nuevo y
desconocido país, ostentando muy diferentes grados de desarrollo intelectual
y académico. Variedad que, sin duda, no era el mejor cohesivo para unificar
a la vacilante nación que dio sus primeros pasos en medio de una invasión
destinada a ``echar a los judíos al mar''.
¿Qué hicieron en sesenta años los israelitas con ese
mosaico abigarrado y difícil? Hicieron una complejísima democracia
parlamentaria, reflejo de la diversidad de una vibrante sociedad que hoy
cuenta con más de siete millones de habitantes, radicados en un diminuto
país de apenas 20,000 kilómetros cuadrados, que disfrutan de todos los
derechos individuales, en la que las poderosas fuerzas armadas están
subordinadas a la autoridad de los civiles. Hicieron un gobierno
razonablemente eficaz, más honrado que la media, pese a las turbulencias en
las que han tenido que vivir. Hicieron un país con una población altamente
educada, con el menor índice de violencia social del mundo, incluido ese 16%
de personas de religión islámica, una minoría, también israelí, difícilmente
asimilable, aun cuando constituye el grupo árabe --hombres y mujeres-- que
más libertades y prosperidad posee de cuantos pueblan la tierra.
Israel hoy tiene un per cápita (PPP) de US$29,000 y, de
acuerdo con el Indice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que
mide la calidad de vida, forma parte de los treinta países punteros del
mundo, entre Alemania y Grecia, donde no comparece ninguna otra nación del
Medio Oriente (ni de América Latina), pese a que tiene que dedicar a su
defensa nada menos que el 8% de cuanto el país produce, porque ya se ha
desangrado en por lo menos tres costosas guerras y mañana pudiera comenzar
la cuarta.
¿Cómo Israel ha logrado este milagro económico?
Esencialmente, cultivando su enorme capital humano y sus virtudes cívicas, a
base de inteligencia, rigor, trabajo intenso y respeto a la ley, lo que le
ha permitido ser muy eficiente en la agricultura, las comunicaciones, la
electrónica, la fabricación de equipos médicos, aviación e industria
armamentística, y hasta en el ámbito espacial, dado que ya hay satélites
israelíes girando en torno a la tierra.
No todo, por supuesto, es perfecto en el país, pero para
juzgar a Israel siempre hay que preguntarse dónde existe otra sociedad libre
y desarrollada que en apenas seis décadas, surgiendo de la nada y contra
viento y marea, ha conseguido los logros obtenidos por el pueblo hebreo. Es
hora de empezar a hablar del tigre semita. Hay que estudiar muy bien lo que
allí se ha hecho. Es casi milagroso.
Mayo 4, 2008
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