El director de Gramma quiere más sangre
Carlos Alberto Montaner

Camiseta que imprimieron los corresponsales extranjeros en
La Habana para burlarse de las constantes calumnias de Barredo.
El señor Lázaro Barredo, Director de Granma y miembro del parlamento
cubano, acaba de pedir que se castigue con mayor rigor a los demócratas de
la oposición. Supongo que quiere que los golpeen con más saña, que las
condenas sean más elevadas, y que a las Damas de Blanco
-por
ejemplo-
las ultrajen con mayor energía por estar al servicio del imperialismo
yanqui. Me imagino que Barredo habrá disfrutado mucho cuando sus esbirros
patearon hasta casi matarla a la madre de los hermanos Sigler, una ancianita
diminuta que pesa ochenta libras y pide sin descanso la libertad de sus
hijos presos, suficiente razón por la que le partieron varias costillas.
Barredo, de quien amigos y enemigos se burlan llamándolo “Berrido”, según su
camarada Martin Medem, ex corresponsal de Radio Televisión Española en Cuba
y persona muy vinculada a los comunistas, es un miembro de la Seguridad.
Otros ex compañeros suyos aseguran que es un viejo peón del Departamento
Tres de la Contrainteligencia, dedicado al acoso de los intelectuales, y lo
describen como un organizador de turbas y de actos de repudio que disfrutaba
golpeando y escupiendo a las personas que deseaban abandonar el país durante
el éxodo del Mariel. No sé qué habrá pensado cuando su hijo Josué, un buen
poeta, totalmente inocente de la conducta de su padre, decidió exiliarse.
A Barredo, que le sobra vocación para maltratar a sus semejantes, le falta,
en cambio, rigor lógico. Por una punta, proclama fieramente el derecho de la
dictadura a practicar intensamente el “internacionalismo revolucionario” en
cualquiera lugar del planeta y en cualquiera de sus modalidades (dinero,
propaganda, armas, adiestramiento, guerrillas, terrorismo), mientras, por la
otra, sustenta su petición de que se extermine a los disidentes y a los
opositores por beneficiarse de algunas tímidas manifestaciones de
“internacionalismo democrático” consistentes en solidaridad política,
pequeñas donaciones, computadoras, cámaras fotográficas, medicinas y otros
elementos que les permitan resistir el embate del aparato represivo mientras
sostienen en las cárceles a sus familiares presos.
Barredo, además, no conforme con pedir más atropellos contra los demócratas
cubanos, quiere que me extraditen a Cuba. No me gusta utilizar este espacio
para examinar cuestiones personales, pero como el asunto se ha convertido en
una cuestión pública creo que debo abordarlo. El director de Granma
ha pedido mi extradición porque supuestamente soy prófugo de la justicia,
algo que constituye una media verdad: hace casi medio siglo, en marzo de
1961, cuando tenía 17 años, me escapé de la cárcel junto a otro estudiante
menor de edad, también preso político. Entonces tratábamos, como decenas de
millares de estudiantes y campesinos, de impedir que la dictadura comunista
consiguiera consolidarse. ¿Por qué Barredo dijo una media verdad? Porque yo
no huía de la justicia, sino de la injusticia de un juicio absolutamente
ilegal que duró media hora, con pruebas y testigos falsos, como me confesó
avergonzado, en un testimonio valiosísimo que todavía conservo, uno de los
miembros del tribunal que años más tarde se exilió en España.
¿Por qué esta extemporánea payasada del gobierno cubano? Si intentaran, en
serio, extraditarme a Cuba, se armaría un escándalo monumental en todos los
medios de prensa y la dictadura saldría muy mal parada. Y si lo lograran y
me llevaran a Cuba, tendrían dos caminos: me fusilan o me encarcelan. Si me
fusilan, la condena universal ante ese crimen injustificado sería tremenda
porque yo soy totalmente inocente. Si me encarcelan, me convertirían en una
víctima célebre por la que todos los días la dictadura pagaría un precio
político. O sea, la dictadura sabe que el costo de tener éxito con esta
payasada de Barredo es mucho más alto que los escasos beneficios de
apresarme, especialmente porque no pueden acusarme de nada, salvo de haber
huido de una condena injusta cuando era casi un niño.
Pero, si la policía política sabe esto, ¿por qué ha montado este show
ridículo? Supongo que por dos razones: primero, para tratar de
desacreditarme o asustarme, cosa que jamás han podido lograr con todas sus
campañas sucias a lo largo de décadas de calumnias e infundios; y, segundo,
para intentar destruir a Yoani Sánchez, la muchacha que en La Habana, muy
valientemente, escribe el blog Generación Y. Persona a quien admiro
mucho, pero a quien no conozco ni directa ni indirectamente, pese a que
tratan de asociarla conmigo.
Debo advertir que no es la primera vez que el aparato represivo cubano
intenta silenciar mi voz. En el otoño de 1987 los servicios de inteligencia
cubanos, grandes cultivadores del terrorismo, me enviaron una bomba dentro
de un libro a mi oficina de Madrid. Yo mismo abrí el paquete. El libro se
llamaba Una muerte muy dulce y el detonador no estaba conectado. No
querían matarme. Era otra payasada encaminada a tratar de atemorizarme con
el obvio mensaje de “cállate, podemos asesinarte cuando queramos”. La
inteligencia española, que investigó el caso con seriedad, hasta me dio el
nombre del diplomático cubano que había organizado la operación: un señor
llamado Eduardo Araoz. Supongo que pertenecía al mismo departamento en que
hoy el director de Granma realiza sus sucias tareas.
Mayo 30, 2008
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