La parálisis psicológica de Raúl Castro
Carlos Alberto Montaner
¿Qué hace Raúl Castro por estas
fechas? Es importante seguirle la pista. Todo el mundo, incluida la
nomenklatura que manda en Cuba, sabe que el comunismo está condenado a
desaparecer de la Isla. Es el capítulo inconcluso de la Guerra Fría y,
eventualmente, el sistema, como sucedió en todas partes, será sustituido por
un modo más racional, humano, plural y eficiente de hacer las cosas.
El problema radica en cómo llegamos a ese punto. En su reciente viaje a
Brasil lo confesó, en privado y sin micrófonos, uno de los cubanos más
prominentes del gobierno: ``sabemos que esto llegó a su fin; lo que deseamos
es transformar el régimen nosotros mismos, poco a poco, para que no se
produzcan grandes descalabros y para que los norteamericanos no secuestren
el proceso''.
El brasilero que me lo contó (el mismo que me aseguró, cuando nadie lo creía
o lo sabía, que Fidel tenía un cáncer incurable en los intestinos), agregó
un dato importante: el acercamiento a Brasil tiene precisamente ese
objetivo. Raúl Castro está buscando alternativas al enorme pero poco fiable
apoyo venezolano para tratar de capitanear un cambio suave y por etapas.
Pero poco después habló Raúl ante el parlamento cubano. En Cuba las
expectativas eran enormes. Fue un discurso muy decepcionante, incluso para
los propios castristas, que esperaban anuncios más audaces. De cuanto dijo,
lo único realmente importante fue que decretó la muerte del igualitarismo y
admitió, por fin, que como todos los seres humanos son distintos y crean
riqueza de acuerdo con sus particulares actitudes y aptitudes, les
corresponde, por lo tanto, una recompensa acorde con su trabajo. O sea,
Raúl, al cabo de medio siglo, descubrió los fundamentos éticos de la
economía de mercado: un sistema basado en la existencia de propiedad privada
legítimamente obtenida, aunque de ahí se derive la existencia de clases
sociales caracterizadas por diferentes niveles de vida.
¿Por qué tanta timidez en emprender el camino de la reforma si el propio
gobierno no cesa de dar datos sobre el enorme desastre material que padece
el país? El 85% de los edificios se están cayendo, más de la mitad de la
tierra fértil está cubierta por un arbusto inservible, allí llamado marabú,
que sólo sirve para hacer leña. Tienen que importar casi toda la comida que
consumen (Estados Unidos es el primer suministrador de alimentos). El PIB
per cápita es como el de Bolivia, el país más pobre de Sudamérica. El monto
de las exportaciones es ridículo. No tienen dinero para pagar las deudas a
los empresarios que cometieron el error de darles crédito. En suma: una
nación absolutamente quebrada, que produce muy poco (la mitad de lo que
producen los dominicanos), y en cuyo sistema económico y político ya sólo
parece creer Fidel Castro, el viejo y terco Comandante, cristalizado en sus
disparates y dispuesto a morir abrazado a sus errores.
La clave que explica por qué Raúl Castro no se atreve a poner en marcha los
cambios que el país necesita, pese a que no ignora que ése es el clamor
popular, radica en sus relaciones emocionales con Fidel. Eso se dejó ver,
muy claramente, en el discurso de marras. Tras acabar la lectura contó, muy
orgulloso, que le envió el texto a su hermano para su aprobación y éste se
lo devolvió sin una sola corrección. Raúl estaba radiante de felicidad y
entonces le mandó un mensaje entre jocoso y obsecuente a Fidel: ``¿Sabes por
qué soy tan inteligente? Porque todo lo aprendí de ti''.
Raúl está gobernando para complacer a Fidel, no para solucionar los
infinitos quebrantos del país. Su agobiada biografía psicológica es ésa:
toda una vida tratando de que su admirado hermano mayor lo valore y
distinga. Desde niño, y especialmente desde la adolescencia, cuando sus
padres lo colocaron bajo el tutelaje de Fidel, Raúl ha intentado conquistar
el aprecio de Fidel. Pero Fidel es un narcisista y este tipo de gente está
emocionalmente incapacitado para admirar a otros seres humanos. El otro
siempre existe para aplaudir, no para ser aplaudido. Fidel, además, sabe que
la subordinación psíquica de Raúl le garantiza que su obra, aunque sea un
monstruoso fracaso, no será desmantelada mientras él viva. Esa soga
invisible colocada en el cuello de su hermano menor, que jamás aflojará, es
la garantía de la prolongación (aunque sea provisional) de un régimen en el
que ya nadie cree.
¿Qué pasará cuándo Fidel muera? ¿Seguirá Raúl complaciendo al cadáver de su
hermano o logrará librarse del yugo? No sé. Raúl tiene 77 años y a esa edad
muy poca gente es capaz de cambiar. Su trastorno de personalidad encaja a la
perfección dentro del ancho síndrome de la ''codependencia'' y no es nada
fácil sacudirse esa cadena. En el fondo, el problema de Cuba está más cerca
de la psiquiatría que de la política. Tal vez siempre ha sido así.
Julio 20, 2008
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