Cinco
paradojas derivadas de la crisis
Carlos Alberto Montaner
La primera paradoja es casi
asombrosa: el culpable se ha convertido en el héroe. Estados Unidos, país
causante de la mayor crisis financiera planetaria de los últimos cincuenta
años, es la única economía en la que confían en el resto del mundo. El euro,
el yen, el franco suizo, la libra esterlina se devalúan rápidamente con
relación al dólar. Todos saben que la catástrofe se inició con la truculenta
ingeniería financiera norteamericana de las hipotecas subprime --unas
oscuras operaciones que bordeaban el fraude--, pero mientras más se ahonda
el desastre, más crece la convicción de que la economía de Estados Unidos es
la mejor preparada para capear el temporal.
Segunda. Estados Unidos está sorteando la crisis mediante el expediente,
bastante discutible, de imprimir billones de dólares (trillions en inglés)
para inyectar liquidez a la economía. Supuestamente, es dinero que la
sociedad norteamericana, mediante su gobierno, les presta a las empresas
financieras para que, a su vez, continúen prestando, pese a que el gran
problema se originó en el endeudamiento irresponsable y en la falta crónica
de ahorro. Con esta medida, el país retarda el ajuste en lugar de acelerarlo,
distorsiona la competencia, y elimina el factor riesgo en las transacciones
comerciales, con lo que adultera totalmente la esencia de la economía de
mercado. ¿Para qué comportarse prudentemente si el papá Estado vendrá a
rescatarnos? Por otra parte, esa inmensa masa de dinero nuevo, que no
responde a un aumento de la producción o de la productividad,
inevitablemente se convertirá en inflación o se utilizará para mantener los
precios artificialmente altos.
Tercera. El éxito mata. No hay nada más peligroso que las conquistas
sociales en épocas de crisis. Cuando las prestaciones y los salarios son muy
elevados y se han convertido en derechos adquiridos, las empresas no pueden
sobrevivir a las crisis. Es lo que les sucede a los fabricantes
norteamericanos de autos. No mueren (o agonizan) porque fabrican peores
automóviles que los japoneses o los alemanes --aunque haya algo de eso,
según se quejan los usuarios--, sino porque carecen de flexibilidad para
adaptarse a los periodos de contracción económica. Hasta que los sindicatos
no entiendan que la economía de mercado es como una especie de acordeón, que
a veces se expande y a veces se contrae de acuerdo con miles de factores
imponderables que escapan a cualquier cálculo o planeación, los trabajadores
van a resultar perjudicados cada vez que llegue una época de vacas flacas.
Cuarta. Los expertos son casi inútiles. Hay que acabar de admitir que la
economía no es una ciencia que se rige por las matemáticas, sino una
actividad guiada por las cambiantes percepciones psicológicas, como sostiene
Ludwig von Mises en La acción humana. De donde se deduce que las opiniones
de los expertos siempre hay que tomarlas con mucho cuidado. Las famosas ''burbujas'',
causantes de los grandes descalabros, son todas parecidas: un número
creciente de personas se entusiasma con la posibilidad de obtener grandes
ganancias en una actividad (internet, bienes raíces, simples préstamos), lo
que funciona bien durante un tiempo, hasta que comienzan a desaparecer los
inversionistas, a veces por simples sospechas, y, bajo el estímulo del miedo,
se produce el colapso en cascada. (La burbuja es siempre una variante más o
menos honorable de la ''pirámide'', también llamada ''fraude Ponzi''. Carlo
Ponzi fue un inmigrante italiano que a principios del siglo XX organizó en
Estados Unidos una ''pirámide'' basándose en la diferencia de precio entre
el valor de los sellos postales internacionales adquiridos en Europa y
redimidos en Estados Unidos. Acabó en la cárcel, naturalmente).
Quinta. La reducción del precio del petróleo es, al mismo tiempo, una
maldición. La única manera de que las fuentes alternas de energía sean
rentables (el viento, el sol, el etanol, las plantas atómicas) es si el
barril de petróleo resulta muy caro, especialmente mientras no se le impute
al oro negro el inmenso costo militar que implica mantener una presencia
occidental en el Medio Oriente, o la destrucción de capital que provocan las
subidas estrepitosas del precio del barril de crudo, como ha sucedido varias
veces. Desde la época de Nixon, los siete presidentes que han pasado por la
Casa Blanca han incumplido su promesa de eliminar la dependencia del
petróleo importado. Me temo que al señor Obama le sucederá lo mismo si los
costos se mantienen bajos.
Diciembre 7, 2008
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