Lo que América Latina puede aprender de Israel
Carlos Alberto Montaner
Universidad de Tel Aviv
Israel, 12 de diciembre de 2008
Hace unos meses, con motivo del sesenta aniversario de la creación del
Estado de Israel, escribí y divulgué en varios diarios un artículo titulado
El tigre semita. La afirmación básica, sustentada por varios datos
elocuentes, era muy clara: la experiencia social y política más exitosa del
siglo XX ha sido el nacimiento y posterior desarrollo del Estado de Israel,
acontecimiento ocurrido en medio de las mayores vicisitudes concebibles. Se
hablaba de los “tigres de Asia” (Hong-Kong, Corea del Sur, Taiwan y
Singapur), y hasta del “tigre celta”, Irlanda, pero nadie mencionaba el
sorprendente caso de Israel.
Un amigo latinoamericano que había leído la columna en El País de
Montevideo, admirador, como yo, de la experiencia israelí, me llamó para
felicitarme, pero también para hacerme una pregunta no exenta de cierta
melancólica humildad: “¿hay alguna lección que podamos aprender de Israel?”.
A mi amigo, como me sucede a mí, le resulta desconsolador que América Latina
sea la porción más tenazmente pobre e inestable de eso a lo que llamamos “el
mundo occidental”. Le dije que pensaría sobre ello.
Pobreza y estabilidad: la lección posible
¿Qué puede aprender del pequeño Israel una porción del Nuevo Mundo, América
Latina, de 17,700,000 kilómetros cuadrados, fragmentada en una veintena de
países muy diferentes entre sí, y casi quinientos millones de habitantes, de
los que al menos un ochenta y cinco por ciento se declara cristiano?
A primera vista, son dos realidades absolutamente diferentes: Israel, un
estado fuertemente influenciado por el judaísmo, es un diminuto país de
apenas 20,770 kilómetros cuadrados, algo más reducido que El Salvador, la
nación más pequeña de América Latina, dotado con una población que excede
ligeramente los siete millones de habitantes, también semejante, por cierto,
a la del citado país centroamericano.
Pero antes de entrar en el tema hay que precisar qué es exactamente lo que
América Latina pudiera aprender de Israel o de cualquier país exitoso que
consiga explicárselo. Primero, cómo Israel, en apenas sesenta años, pese a
los inmensos inconvenientes que ha debido afrontar, ha conseguido forjar una
nación democrática y estable; y, segundo, cómo, en medio de frecuentes
guerras y constantes sobresaltos, ha logrado un alto nivel de desarrollo
científico y técnico, en donde predominan las clases medias, hasta alcanzar
un ingreso per cápita de $26,600 dólares, medido en capacidad de compra o
purchasing power parity.
Como nota de comparación, anotemos que en América Latina el país con el per
cápita más alto es Chile, con $14,300, y el que exhibe el más bajo es
Nicaragua, con apenas $2,800. Entre estas dos cifras, la gama de ingresos
varía notablemente, pero el promedio general debe situarse en torno a los
$7,500.
Otro dato que conviene retener es el de la distribución de esos ingresos: si
el Índice o coeficiente Gini, efectivamente, determina el nivel de equidad
en la distribución de la riqueza, Israel es un país mucho más justo que toda
América Latina. El Índice Gini de Israel es 0.38, mientras que en América
Latina casi todos los países se acercan o exceden a 0.50. Como es sabido, en
este tipo de medición, mientras las sociedades más se acercan a cero, más
igualitariamente repartida está la riqueza, y mientras más se aproximen a
uno, mayor será la desigualdad.
Naturalmente, eso no quiere decir que en Israel no exista pobreza. De
acuerdo con la información del World Fact Book que publica anualmente
la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos –y de donde he obtenido
la mayor parte de estos datos-, el 21.6 % de los israelíes se sitúa bajo los
niveles de pobreza. Sólo que en Israel clasifican como pobre a todo aquel
que recibe menos de $7.30 al día, algo muy diferente a lo que ocurre en
América Latina.
En América Latina, de acuerdo con la CEPAL, el 44.2% de la población es
pobre. Eso significa que aproximadamente 224 millones de latinoamericanos
son pobres. Pero allí el umbral de pobreza es sólo de dos dólares al día.
Sin embargo, de esa inmensa población de personas sin recursos, gentes que
sobreviven milagrosamente, el 19.4%, más de 90 millones, son indigentes que
reciben menos de un dólar al día. Lo que nos lleva de la mano a afirmar algo
bastante obvio: ser un pobre latinoamericano es infinitamente más grave que
ser un pobre en Israel, donde prácticamente la totalidad de la población
tiene acceso a educación, cuidados de salud, agua potable y electricidad, y
en donde es difícil encontrar familias que, literalmente, pasen hambre
física.
Las desventajas comparativas
Los expertos suelen utilizar la frase “ventajas comparativas” para designar
aquellos aspectos de la realidad material que suelen favorecer a las
sociedades y a las personas, y que sirven para indicar cuál debe ser el
mejor camino que se debe emprender para lograr el éxito económico. Israel,
no obstante, casi todo lo que puede exhibir son “desventajas comparativas”.
Aun a riesgo de repetir en Israel algunas observaciones harto conocidas,
anotemos varias de las más estridentes, dado que esta conferencia, pese a
ser dictada en Tel Aviv, tendrá bastante divulgación en América Latina,
objetivo final de estas palabras:
1.
Israel es un país muy pequeño con una escasa dotación de tierra
cultivable.
2.
Como está situado en una zona desértica, carece de agua en cantidades
significativas, tanto para el consumo como para la irrigación.
3.
Tampoco posee petróleo, aunque consume y debe importar unos 250,000
barriles diarios.
4.
Dado que está rodeado de países enemigos, potenciales o activos, y
frecuentemente ha tenido que participar en guerras u operaciones militares,
aun en tiempos de paz se ve obligado a emplear el 7.3% de su PIB en gastos
de defensa, al tiempo que una parte sustancial de su fuerza de trabajo
invierte largos periodos en actividades militares que le impiden participar
en tareas productivas. Brasil, por ejemplo, sólo dedica el 2.6 de su PIB a
gastos militares. México, apenas el 0.5%.
5.
Por su posición geográfica –un rincón del Medio Oriente-, y por la
tensa relación que mantiene con las naciones del entorno, a Israel ni
siquiera le es dable integrarse en grandes bloques comerciales que le
permitan crear una economía de escala, debiendo conformarse con establecer
acuerdos comerciales internacionales y dedicarse a servir un mercado interno
cuyo número es más o menos el de la ciudad de Buenos Aires o Bogotá.
6.
La población, por otra parte, es muy heterogénea. La etnia judía, que
es la mayoritaria, y la que le da sentido y forma al país, aunque el 67% ya
ha nacido en Israel, está formada por una compleja suma de personas cuyos
orígenes culturales proceden de al menos una docena de países y culturas
diferentes, lo que desmiente cualquier visión simplista o cualquier
estereotipo que intente definir al judío racial o culturalmente. Si hay algo
que caracteriza a los judíos israelíes es su inabarcable diversidad,
enriquecida en los últimos años por el arribo en aluvión de un millón de
rusos que escaparon de la debacle soviética.
7.
En el terreno religioso sucede exactamente lo mismo. Prevalece la
pluralidad: entre los judíos existe un abanico que va desde la minoría de
los ultra ortodoxos que siguen al pie de la letra las Escrituras, a un alto
porcentaje de personas que no suscriben ningún tipo de creencia religiosa, a
lo que se añade un 16% de la población compuesto por árabes israelíes que
profesan la religión islámica, casi un 2% que son árabes cristianos, y una
similar cantidad de drusos y otros feligreses de religiones escasamente
representativas.
A esta breve reseña de enormes desencuentros se pueden sumar otras
calamidades muy notables que hacen más admirable aún el milagro israelí:
aunque los judíos constituían una viejísima nación, carecían de Estado desde
hacía milenios, a mediados del siglo XX no tenían experiencia en
autogobierno, y ni siquiera se comunicaban en un idioma común, dado que el
hebreo era una lengua litúrgica que hubo que revitalizar, porque sólo la
dominada una minoría muy educada y versada en cuestiones religiosas. En
español existe un extrañísimo verbo, “desamortizar” -literalmente “sacar del
mundo de los muertos”-, que se puede utilizar con relación al hebreo: es una
lengua desamortizada, un idioma traído de nuevo a la vida por la
indómita voluntad de la sociedad.
Excusas y coartadas
¿Para qué nos sirve este memorial de dificultades? Fundamentalmente, para
desmentir prácticamente todas las excusas y coartadas convencionales con que
pretendemos explicar nuestro relativo fracaso latinoamericano o los
mediocres resultados de nuestras sociedades.
·
No es verdad que el tamaño y las riquezas naturales expliquen el desarrollo
y la prosperidad de los pueblos. Es difícil encontrar en el planeta un país
menos naturalmente dotado que Israel.
·
Tampoco es cierto que la variedad étnica y cultural constituye un valladar
infranqueable, como escuchamos a menudo de quienes piensan que la presencia
masiva de indígenas en países como Guatemala y Bolivia, o, en menor grado,
Ecuador y Perú, hacen imposible el gran salto a la riqueza.
·
Se equivocan quienes opinan que la falta de integración regional está detrás
de la inmensa pobreza latinoamericana. Israel es una especie de pequeña
isla, sin ninguna posibilidad a corto o medio plazo de integrarse
económicamente en el mundo que lo rodea.
·
Pensar que el problema latinoamericano radica en el diseño institucional
contradice totalmente la experiencia israelí. El perenne debate
latinoamericano sobre presidencialismo y parlamentarismo, y sobre
federalismo o unitarismo, es entretenido, pero fundamentalmente inútil.
Israel es gobernado por un sistema parlamentario endemoniadamente frágil,
deficiente y complejo, y vive en medio de un perpetuo sobresalto político
que casi siempre tiene al país al borde de la crisis de gobierno, lo que no
significa que sea una nación inestable. Una cosa es la crisis de gobierno,
que es lo que sufren con frecuencia los israelíes, y otra mucho más grave y
diferente es la crisis de Estado, que es lo que padecemos los
latinoamericanos con los golpes militares, las revoluciones y las
refundaciones periódicas de la patria cada vez que un caudillo iluminado
decide corregir los males que nos afligen.
·
La idea, tan latinoamericana, de que los problemas se solucionan redactando
una nueva y perfecta constitución, es una tonta manera de perder el tiempo y
crear falsas esperanzas. Israel, pese a que era un requisito solicitado por
Naciones Unidas en 1948, cuando se constituyó el país, no ha conseguido
redactar una Constitución, y por ahora ha debido conformarse con lo que
llaman “Leyes básicas”, probablemente por la complejidad del Kenneset y las
apasionadas tendencias que ahí se dan cita, y también, seguramente, por
haberse decantado poco a poco por la escuela jurídica británica basada en la
costumbre y la jurisprudencia, alejándose del modelo constitucional de
Estados Unidos.
·
Atribuirle los éxitos de Israel a la ayuda norteamericana es una injusta
exageración. A lo largo de los 60 años de la existencia del Estado de
Israel, la generosa ayuda norteamericana, esencialmente militar, excede
ligeramente los cien mil millones de dólares. Es verdad que se trata de una
cifra impresionante (especialmente cuando recordamos que el Plan Marshall
sólo alcanzó los once mil millones de dólares), pero lo es menos cuando
recordamos que una ayuda de esa misma magnitud es la que recibió Cuba de
manos de la URSS durante los treinta años que duró el subsidio soviético,
entre 1961 y 1991, sin lograr otra cosa que el empobrecimiento crónico del
pueblo cubano. México, sólo durante el sexenio en que gobernó Vicente Fox,
recibió ciento ocho mil millones de dólares por medio de remesas enviadas
por los mexicanos radicados en Estados Unidos, suma que, sin duda, alivió
las penurias de una parte de los mexicanos, pero que no redujo
sustancialmente los índices de pobreza que atraviesa el país. Por otra
parte, no puede olvidarse que el gasto militar es, fundamentalmente,
improductivo, entre otras razones, por el costo de oportunidades perdidas:
el soldado alojado en una barraca es un trabajador que falta en el taller, y
el costoso tanque que patrulla la frontera sustituye a la máquina que
fabrica zapatos o al robot que realiza cirugías de corazón abierto. La ayuda
norteamericana quizás contribuye a explicar la supervivencia de Israel, pero
no su éxito económico ni la calidad de vida alcanzada por sus pobladores.
Las razones del éxito
¿Dónde radica el secreto del éxito relativo de Israel, país situado en el
lugar número 23, entre Alemania y Grecia, del total de 177 que clasifica
Naciones Unidas en el Índice de Desarrollo Humano que el organismo
compila anualmente?
Tal vez no sea muy difícil de entender, dado que prácticamente todos los
países que ocupan las treinta primeras posiciones en el citado Índice
tienen comportamientos similares, aunque entre ellas sean tan diferentes
como Japón, Canadá e Islandia. Si Tosltoi afirmaba que todas las familias
felices lo eran de la misma manera, y todas las infelices lo eran de forma
distinta, es posible apropiarnos de la idea del novelista ruso y aplicarla
al desempeño de las naciones.
·
Las sociedades exitosas son aquellas en las que la inmensa mayoría de
quienes la componen, comenzando por los gobernantes, se someten al imperio
de la ley, se respetan los derechos humanos, se garantiza el ejercicio de
las libertades individuales, y la prensa juega celosamente el papel de
fiscal permanente de la conducta de los funcionarios electos o designados.
·
Son sociedades gobernadas democráticamente dentro de límites claramente
establecidos por la ley, en las que los líderes se comportan con arreglo a
ciertos estándares mínimos de cordialidad cívica que norman las relaciones
interpersonales, y en las que se rinde culto a la meritocracia, lo que las
precipita a considerar cualquier forma de favoritismo como un deleznable
agravio comparativo que descalifica a quien lo lleva a cabo.
·
Son sociedades abiertas, en las que el aparato productivo descansa en el
sector privado y las transacciones se realizan dentro de las reglas del
mercado. Sociedades donde funciona la competencia económica, se cumplen los
contratos, y se pueden hacer planes a medio y largo plazo porque los
derechos de propiedad están realmente garantizados y el Estado no va a
atropellarlos arbitrariamente.
En estas treinta sociedades de “acceso abierto”, para utilizar la expresión
del Premio Nobel Douglass North, los individuos perciben una cierta
sensación de fair play que les induce a creer que sus
esfuerzos legítimos producirán recompensas, que las violaciones de las
normas serán castigadas, y que existe un sistema de justicia que les
permitirá defender sus derechos cuando crean que son conculcados o cuando
entren en conflicto con otros individuos o con el Estado. De ahí, de esa
sensación de fair play, es que se deriva la vinculación
emocional del ciudadano al Estado: vale la pena defenderlo porque está a
nuestro servicio y no en nuestra contra, como frecuentemente percibimos en
América Latina.
Por otra parte, hoy sabemos que el éxito de las sociedades deriva de la suma
de dos capitales intangibles, más el medio social en que ambos se conjugan,
a lo que se agrega la calidad de los gobiernos que administran el espacio
público. Los dos capitales son el humano, compuesto por la educación de las
personas, y el cívico, que incluye los valores y actitudes que perfilan el
comportamiento. Es un elemento clave, además, la calidad del sistema de
reglas en el que las personas interactúan, es decir, la idoneidad de las
leyes y las instituciones de que disponen, y las medidas de gobierno o
políticas públicas que se ejecutan con el producto de los impuestos
recaudados.
También puede hablarse de capital material, acaso el menos decisivo, que se
refiere a la disponibilidad de inversiones, de bienes de equipo y de
infraestructura con que se cuenta. No obstante, el capital material, sólo
puede fomentarse y sostenerse si los otros dos (el humano y el cívico)
tienen suficiente entidad, si el sistema de reglas en el que estas fuerzas
operan conduce al desarrollo, y si las medidas de gobierno son
razonablemente acertadas. Cuando estos factores no se engarzan
adecuadamente, el capital material se estanca o se destruye.
Los tres capitales
La riqueza de Israel, primordialmente, como sucede en todas las naciones
técnicamente desarrolladas, está en las cabezas de sus gentes: en su gran
capital humano. Por diversas razones históricas y culturales, los judíos
constituyen una de las etnias que con mayor intensidad cultivan la formación
intelectual. Sé que es un lugar común subrayar ese rasgo del pueblo hebreo
(se ha dicho que al inventar un día, el sábado, para dedicarlo a las cosas
del espíritu, comenzó a acumular capital intelectual), pero, sea cual fuere
su origen, ahí está una de las claves del desarrollo económico del Estado de
Israel, extremo que suele tratar de demostrarse con la impresionante lista
de judíos de todas las nacionalidades que han ganado el Premio Nobel, a la
que habría que agregar la de músicos y artistas notabilísimos.
La explicación es muy simple y se despliega ante nosotros casi como un
silogismo: la riqueza sólo se crea en las empresas; para generar grandes
sumas de riqueza es indispensable agregarle valor a la producción de esas
empresas mediante procesos sofisticados que requieren conocimientos y
expertise; esto sólo es posible si la sociedad cuenta con un número
significativo de personas bien educadas. En eso, esencialmente, consiste el
capital humano. Sin él, no hay desarrollo.
Pero el capital humano apenas da frutos si no va acompañado de un gran
capital cívico. Es en ese punto en el que intervienen los valores y
actitudes. En sociedades en las que predominan las personas respetuosas de
las reglas -las reglas morales y las legales-, y en las que existe respeto
por las jerarquías legítimas, y los ciudadanos tienen un compromiso real con
la búsqueda de la excelencia, el capital humano florece.
Esto no quiere decir que en Israel, como en cualquier otra sociedad, no hay
psicópatas o seres inescrupulosos que violan las leyes, o gentes que carecen
de buenos hábitos laborales, pero las personas que muestran esos rasgos son
percibidas con desdén por el conjunto de los ciudadanos y no son suficientes
para descarrilar al país de la senda del desarrollo en que se encuentra o
para destruir los fundamentos de la convivencia.
No me gusta sonar como un predicador religioso, pero sin valores morales y
cívicos sólidos, las sociedades fracasan y las instituciones dejan de rendir
su cometido. Lo que quiero decir es que en Israel, como en todas las
naciones exitosas, hay sanción moral para los transgresores de las normas,
actitud que no siempre está presente en grandes zonas de los pueblos
latinoamericanos, donde el comportamiento corrupto o ilegal de los
dirigentes no los invalida ante los ojos de muchísimas personas dispuestas a
tolerar esas violaciones de las normas si ellas también pueden beneficiarse.
Cuando el presidente de México declaraba, recientemente, que al menos la
mitad de las fuerzas policiacas mexicanas eran cómplices de los
delincuentes, estaba reconociendo algo gravísimo: admitía, seguramente muy a
su pesar, que una parte sustancial de la sociedad carecía de valores cívicos
y de juicio moral, porque esas docenas de miles de personas de todos los
estratos y de todos los rincones del país coludidas con los delincuentes de
alguna manera eran una representación transversal de la propia sociedad
mexicana, en la medida que los policías no son una casta especial de seres
humanos.
La lección final
¿Qué han hecho, en suma, los israelíes? Insisto: lo mismo que la mayor parte
de las naciones exitosas. Hace unos años invitaron a un parco filántropo
norteamericano a dar el discurso de graduación en una universidad católica
centroamericana, y le pidieron que reflexionara sobre los principios de la
ética. Se limitó a repetir los “Diez mandamientos” y a reducirlos todos a
una recomendación final nada original, pero absolutamente válida: compórtate
con el prójimo como quisieras que él se comportara contigo. Su discurso duró
tres minutos.
Si hay una lección que podamos extraer del ejemplo israelí es muy simple: si
en medio del desierto, y luchando contra todas las adversidades este pequeño
país ha podido convertirse en el “tigre semita”, no hay ninguna excusa
válida para que cualquier país de América Latina no pueda lograr una
trayectoria similar. Pero, obviamente, para calcar esos resultados también
hay que reproducir el modo de alcanzarlo. Ese comportamiento que, como a
todas las familias felices a que aludía Tolstoi, caracteriza a todas las
naciones exitosas. Ése es el camino. Es largo y complejo, y no hay ningún
atajo que nos conduzca a la meta. Lamentablemente, ése es el secreto.
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