La América amoral
Carlos Alberto Montaner
Treinta y tres países de América
Latina y el Caribe se reunieron en Sauípe, Brasil, para discutir y estimular
la integración latinoamericana. Los convocaba Lula da Silva, con su enorme
prestigio nacional e internacional. Deliberadamente, excluyeron a Estados
Unidos y Canadá, lo que dejaba a Brasil como la gran potencia regional. Ese
es el regalo de despedida que Lula quiere hacerle a su pueblo: el liderazgo
del subcontinente.
En principio, parece una meta positiva y no hay nada censurable en vetar la
presencia de las potencias anglosajonas, pero es ingenuo esperar grandes
logros de ese esfuerzo diplomático. No es verdad que la economía de escala
soluciona los problemas de la pobreza. China y la India tenían los dos
mayores mercados potenciales del planeta y hasta hace muy poco eran dos de
las naciones más miserables del mundo. ¿Cuándo comenzó a cambiar ese triste
panorama? Cuando fueron capaces de crear empresas eficientes y competitivas
que producían bienes o servicios con gran valor agregado. La clave no está
en las dimensiones del mercado sino en la calidad de la oferta.
Tampoco es verdad, como supone el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que
eso se hubiera podido lograr mejor con una común divisa latinoamericana, con
bancos regionales de desarrollo que gestionen el ahorro colectivo y con
organismos supranacionales como el ALBA que coordinen el comercio
internacional. Eso fue el rublo cuando existía la URSS, eso fue el CAME que
conciliaba los intercambios comerciales en el llamado ''bloque del Este'',
en lugar de estimular la competencia, y ya sabemos el cuadro de atraso y
pobreza que caracterizaba al ''fraterno bloque socialista''. Correa, que se
formó como economista, tal vez posee una vaga idea sobre cómo se distribuye
la riqueza, pero ignora totalmente cómo se crea.
El dólar, el euro, el yen, la libra esterlina, el franco suizo, son divisas
internacionales porque, aún en épocas de crisis, como sucede hoy, los
Estados que las emiten son estables, se respetan los derechos de propiedad,
y cuentan como respaldo tangible con un poderoso aparato productivo moderno
e innovador. ¿Por qué tener confianza en la moneda de naciones que repudian
arbitrariamente la deuda externa e incumplen sus compromisos cada vez que
les viene en gana? Chile, por ejemplo, Costa Rica o Uruguay, que son países
razonablemente gestionados, cometerían la peor locura si entregaran su
destino económico a una burocracia regional administrada por representantes
de gobiernos terriblemente corruptos, como son casi todos los de América
Latina, de acuerdo con los espeluznantes informes de Transparencia
Internacional. ¿Se imagina el lector lo que sería un banco continental
emisor de moneda bajo la dirección, por ejemplo, de Néstor Kirchner?
Pero, al margen de los delirios integracionistas, hay algo mucho más grave
en la Cumbre de Sauípe: la absoluta ausencia de requisitos éticos. Ahí
estaba, dando gritos, el señor Daniel Ortega, culpable de tantas cosas feas
en su lamentable pasado, que acaba de robarse descaradamente unas elecciones
en Nicaragua. Ahí estaba, como una de las estrellas, el pintoresco Hugo
Chávez, que intenta fraudulentamente perpetuarse en el poder mientras
encabeza la peor cleptocracia que ha padecido ese pobre país. Y ahí estaba,
como gran invitado, el general Raúl Castro, hoy presidente de la más larga y
empobrecedora dictadura de la historia latinoamericana. Nadie, por supuesto,
les hizo la menor crítica: los aplaudieron como si se tratara de honorables
representantes de sus pueblos. Era la vieja tradición latinoamericana de
complacencia con el delito e indiferencia ante el dolor de las víctimas:
todos festejaban o callaban.
En la Cumbre se invocó el ejemplo de la Unión Europea: ¿qué tiene que ver
esa América amoral que no defiende la libertad ni la decencia, con una unión
de países que, para pertenecer a ella, pone como requisito el comportamiento
democrático, el respeto por los derechos humanos, la subordinación de todos
al imperio de la ley y la sensatez y la honradez en las labores de gobierno?
Mientras las élites políticas latinoamericanas no entiendan que el objeto
fundamental de los gobiernos democráticos debe ser luchar por mantener las
libertades y garantizar la dignidad de las personas, no sólo van a fracasar
en el terreno administrativo, sino que, además, van a continuar provocando
en los ciudadanos el desprecio más rotundo y las actitudes más cínicas. Por
eso estamos como estamos.
Diciembre 21, 2008
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