Lo que Obama debe lograr en Cuba
Carlos Alberto Montaner
Poco antes de su discurso del 1
de enero, profundamente antiamericano, Raúl Castro, entonces en Brasil,
insistió públicamente en su deseo de hablar con el presidente Obama. ¿Por
qué? ¿Qué se propone? Tiene tres objetivos en la manga: acceder a créditos
blandos para importar productos americanos, pese a la bien ganada fama de
insolvente que padece el gobierno; atraer a cientos de miles de turistas
estadounidenses, y la excarcelación de cinco de los catorce espías cubanos
capturados en 1999 por el FBI. (Nueve de ellos se declararon culpables,
pactaron con jueces y fiscales, recibieron condenas muy leves y ya están
discretamente integrados en el mundo americano.)
Con los dos primeros objetivos alcanzados, Raúl Castro liquidaría
prácticamente lo que queda del embargo. Con el tercero, contentaría a Fidel
Castro, quien está empecinado en no morirse hasta que no regresen a Cuba sus
agentes más ''duros''. Naturalmente, pese al clamor general en demanda de
cambios políticos profundos, ni Fidel ni Raúl piensan abrir los márgenes de
participación de la sociedad cubana. Se proponen mantener un Estado
comunista de partido único y ausencia total de libertades. Por eso es tan
acertada la crítica reciente de Pablo Milanés: el cantautor no espera nada
de esa esclerótica dirigencia.
El señor Obama tampoco debe hacerse ilusiones con relación a Cuba. Diez
presidentes antes que él han tenido conflictos con el régimen de los
hermanos Castro. Sin embargo, es probable que durante sus primeros cuatro
años de gobierno las cosas comiencen a modificarse dentro de la isla. El
punto de partida de esos cambios pudiera ser la muerte de Fidel Castro,
quien agoniza lentamente desde el verano del 2006. Se sabe que la mayor
parte de la estructura de poder quisiera una reforma profunda, pero el viejo
comandante, tercamente estalinista, lo impide.
Esta observación es importante: mientras Fidel Castro viva, cualquier
concesión significativa que el gobierno de Obama le haga a La Habana es
contraproducente. Será interpretada como ''Fidel Castro tiene razón y no hay
que hacer ningún cambio sustancial a nuestro modelo totalitario''. Sin
embargo, en el momento en que desaparezca (y tal vez no le quede mucho
tiempo) Washington debe hacer un gesto de buena voluntad, incluso a Raúl
Castro, como una señal de aliento a las fuerzas reformistas, con el mensaje
explícito de que Estados Unidos está dispuesto a ayudar generosamente a los
cubanos para transformar el país en una democracia pacífica y razonablemente
próspera.
Para el gobierno de Obama ése debe ser el objetivo: el cambio pacífico de
Cuba en una democracia estable, con libertades y respeto por los derechos
humanos, dotada de un aparato productivo que les permita a los cubanos vivir
en su país sin tener que emigrar ilegalmente a Estados Unidos. Una nación
semejante a Costa Rica, con buenas relaciones con sus vecinos y con Estados
Unidos, que, lejos de expulsar a su población por falta de oportunidades,
sea capaz de absorber a los millares de exiliados que regresarían a Cuba si
las condiciones de vida fueran aceptables.
El establecimiento de ese objetivo conduce a descartar cualquier tentación
de pactar en Cuba con una tiranía como la china o la vietnamita, con una
cleptocracia como la que hay en Rusia, o con una dictadura militar. Eso
solamente aplaza el problema, no lo resuelve. Durante casi todo el siglo XX
Estados Unidos jugó la carta de ''our s.o.b.'', y le dio un pésimo resultado.
Washington quedó totalmente desacreditado por predicar la democracia y
proteger las dictaduras. Tras Somoza, vinieron los sandinistas. Después de
Batista llegó el comunismo a Cuba. No tiene sentido revivir esa estrategia
en el postcastrismo.
¿Qué puede hacer Obama para estimular los cambios?
Hay varias medidas: reducir gradualmente las sanciones económicas si la
dictadura excarcela presos políticos o alivia la presión sobre los
disidentes, elevar el rango de la representación diplomática a la categoría
de embajada, facilitar los intercambios deportivos y académicos. Pero ante
cualquier iniciativa que se tome Washington debe plantearse siempre una
pregunta clave: ¿impulsa a los cubanos hacia la democracia y hacia la
apertura económica o contribuye a consolidar en el poder a una oligarquía
autoritaria que se reparte abusivamente las rentas del país? Ese es el
litmus test. Si es lo segundo, no vale la pena intentarlo.
Enero 4, 2008
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