Edmundo y su coletilla
Carlos Alberto Montaner
Hacía
tiempo que no veía una “coletilla”. La coletilla fue la primera forma de
coacción que utilizó la dictadura cubana contra los periodistas que
manifestaban su criterio libremente. Esta práctica nefasta duró un par de
años, entre 1959 y 1960. El periodista o articulista emitía su opinión e
inmediatamente los simpatizantes de la dictadura la calzaban con una versión
contraria o con groseras descalificaciones personales. Ése fue el ensayo
general para la posterior confiscación de todos los medios de comunicación.
Cuando desapareció la prensa libre, se esfumaron las coletillas.
Hasta
ahora. Edmundo García
ha tenido el mal gusto de revivirlas en pleno siglo XXI. Eso es mal
periodismo y, en este caso, hasta mala gramática, como puede comprobar
cualquiera que se asome a esa curiosa amalgama de anacolutos e
incoherencias. En todo caso, de las docenas de entrevistas radiales que
Edmundo ha efectuado y luego ha transcrito, ésta es la primera a la que le
ha agregado una coletilla. ¿Por qué? Seguramente, porque quedó muy mal y
dijo cosas absurdas que lo pusieron en ridículo ante cualquier cubano o
extranjero que conozca la realidad de la Isla. También, supongo, porque le
pareció más conveniente contentar a sus patrocinadores cubanos y venezolanos
que mantener un trato profesionalmente respetuoso con una persona que aceptó
acudir a su programa para ser entrevistada.
En efecto, tras
la emisión de la entrevista, cientos de cubanos (y algunos no cubanos)
regocijados comenzaron a pasarse el audio por Internet, me llamaban por
teléfono para felicitarme o escribían a numerosos blogs celebrando el
pobrísimo desempeño de García. Muchos se apresuraron a enviar copias a Cuba
y hasta retransmitieron el programa por onda corta. Entendían que Edmundo
asumía el punto de vista de la dictadura, pero de una manera tan torpe que
sus argumentos quedaban demolidos. Y no es verdad que quienes celebraban el
programa fueran “extremistas e intransigentes”. Muchos eran jóvenes que
habían nacido bajo el comunismo, habían formado parte del sistema y luego
habían conseguido huir. Para ellos, Edmundo, simplemente, mentía sin el
menor pudor.
¿Cómo negar que
en Cuba hay gravísimos problemas de vivienda, alimentación, transporte,
comunicación o agua potable? ¿Cómo negar que la mayor parte de los cubanos
detestan a un gobierno que les niega los derechos fundamentales y ni
siquiera les soluciona los problemas materiales más elementales? ¿Es que la
falta de libertad no significa nada para los cubanos? ¿Es que los cubanos no
quieren tener partidos políticos diversos, examinar ideas diferentes, leer
los libros que les tienen prohibidos o recobrar el control de sus vidas?
¿Son idiotas o diferentes los cubanos a los demás seres humanos del planeta?
¿Son distintos a las víctimas de las otras dictaduras comunistas? ¿Cómo
negar que Cuba fue durante muchos años un soporte constante de los
movimientos terroristas y subversivos de medio mundo? ¿Quién se cree en Cuba
(o fuera de ella en los medios bien informados) que los Castro no sabían de
los vínculos entre los miembros del gobierno y el narcotráfico hasta que
estallara el escándalo de Ochoa?
Si fuéramos a
aceptar la cándida tesis de Edmundo García, resulta que los narcotraficantes
colombianos, de la mano de los oficiales cubanos, utilizaban las bases
navales y aéreas, los recintos diplomáticos y el sistema bancario cubano,
mientras Fidel y Raúl Castro lo ignoraban. ¿Puede algún conocedor de la
realidad policiaca de la Isla creerse esa fantasía? Es muy probable que el
gobierno de Cuba renunciara a la complicidad con los narcotraficantes tras
los fusilamientos de 1989, cuando sus agentes fueron sorprendidos por la DEA
con las manos en la masa, pero desde fines de los setenta (la primera
denuncia oficial norteamericana es de 1981) hasta fines de los ochenta, esos
lazos existieron y tenían la tácita aprobación de las autoridades cubanas,
extremo cuyo reconocimiento aparentemente le costó la prisión y la vida al
general Abrantes.
No obstante, al
margen de esas lagunas de información que padece Edmundo, o de su pasmosa
indiferencia ante la realidad, me resulta más sorprendente aún su
perplejidad ante mis respuestas. Esta era la tercera o cuarta entrevista que
me ha hecho y se suponía que conocía mis opiniones. He publicado media
docena de libros sobre Cuba, y en el último, Cuba: la batalla de ideas,
aparecido hace ya unos meses, he debatido extensamente todas las
cuestiones que me preguntara. ¿Por qué no hizo su tarea? ¿Por qué no se
preparó como un profesional responsable para llevar a cabo una buena
entrevista?
La respuesta a
esta pregunta tal vez me la dio un buen amigo que tuvo la cortesía de
llamarme por teléfono para felicitarme: porque Edmundo, en realidad, no
tenía interés en hacer una buena entrevista, y mucho menos en discutir
inteligentemente la situación cubana y sus posibles desenlaces. Lo que
realmente quería era repetir las tonterías, acusaciones e injurias de la
policía política de acuerdo con el guión de Granma: terrorista,
agente de la CIA y plattista. ¿Le había pedido el aparato que
me hiciera esa encerrona para tratar de desacreditarme y todo le había
salido mal? No lo sé, pero mientras escuchaba esta hipótesis de este buen
conocedor del funcionamiento de la inteligencia cubana, que a su vez es un
buen conocedor de García, recordé que Edmundo me había dicho que Rafael
Hernández (un apparatchik de la cultura cubana) le había pedido que
entrevistara en Puerto Rico al ingeniero Manolo Ray, uno de los héroes de la
lucha contra la dictadura de Batista y luego una de las cabezas de la
oposición al castrismo. ¿Quién le había sugerido, y para qué, que me
invitara a su programa?
Francamente, si
todo le salió mal a García fue porque intentó rebatir mis opiniones en lugar
de concretarse a preguntar o, como es legítimo, a “contrapreguntar” si valía
la pena alguna aclaración. Si se hubiera limitado a ser un buen periodista y
no un propagandista de la dictadura, no habría hecho el ridículo. Él me
había invitado a una entrevista y no a un debate. Yo no tenía ni tengo el
menor interés en debatir con él. Su función era preguntar y la mía
responder. Antes de reunirnos, con la mejor buena fe, y para evitar una
discusión estéril, le dije que me gustaría dedicar el programa al futuro, al
postfidelismo, y olvidarnos un poco del pasado para beneficio de los
oyentes. Me respondió, falsamente, que ésa era su intención, y me agregó un
dato alentador: pensaba publicar un libro con medio centenar de entrevistas,
y entre ellas estaría la mía. La obra se editaría simultáneamente en Cuba y
en el exilio. Su contacto en Cuba haría una tirada oficial de tres o cinco
mil ejemplares y él se encargaría de imprimir un millar en Miami, para lo
cual le hice un par de sugerencias prácticas. Espero que cumpla su palabra y
publique el libro dentro y fuera de Cuba, incluyendo la entrevista que me
hizo, con o sin coletilla. Si opta por agregar la coletilla, supongo que
tendrá la decencia de añadir también esta respuesta.
Enero 2008
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