China y la insoportable fortaleza
del dólar americano
Carlos Alberto Montaner
El juramento de los reyes de
Mallorca en la Edad Media incluía un asunto fundamental: los monarcas debían
comprometerse a defender el valor de la moneda. Si el pretendiente no
suscribía ese compromiso, no le rendían vasallaje. Pueblo viejo y sabio de
comerciantes del Mediterráneo, hecho con fenicios, judíos chuetas y
navegantes aventureros, sabía que con el dinero no se juega. No sólo es un
modo insustituible de facilitar los intercambios, sino es un depósito de
valor para conservar el capital, y cada vez que un gobernante irresponsable
genera inflación o acuña moneda alegremente, empobrece al conjunto de la
población y le roba sus ahorros.
La historia viene a cuento de un artículo publicado hace unos días por Zhou
Xiaochuan, gobernador del Banco Central de China. El angustiado funcionario,
custodio de bonos del tesoro emitidos por Washington valuados en setecientos
cincuenta mil millones de dólares americanos, pide que se cree una divisa
internacional que sustituya a la moneda estadounidense. Le parece muy
riesgoso confiar la solidez de la economía china, los ahorros nacionales
tras quince años de monstruoso crecimiento, y hasta el valor del yuan, a la
posesión de una montaña de papeles que pueden comenzar a perder valor
vertiginosamente si Estados Unidos continúa comportándose como una república
bananera, incapaz de frenar sus gastos, entregada a la alegre emisión de
moneda y al estímulo del crédito, sin un aumento paralelo de la producción y
la productividad.
Como reza la irónica frase brasilera, el señor Xiaochuan tiene razón, pero
poca, y la poca que tiene no le sirve de nada. Desde el punto de vista
económico, China no es otra cosa que una gigantesca fábrica norteamericana
situada en la otra orilla del Pacífico: una monstruosa maquila notablemente
sofisticada. La rápida creación de unos sectores sociales medios que hoy
alcanzan al 25% de la población, el progresivo aumento del salario de los
trabajadores chinos, y la transformación de sus ciudades es la consecuencia
de los vínculos comerciales con el mercado norteamericano. Para China,
Estados Unidos es mucho más que una enorme cantidad de bonos del tesoro
norteamericano: es el elemento dinamizador de su sociedad, es el cerebro que
decide la dirección en que se mueve el país, es la oportunidad de
convertirse, como está sucediendo, en un actor principal del primer mundo.
En suma, Estados Unidos puede vivir sin China, como ocurría hace apenas 20
años; pero China, si quiere mantener su ritmo de crecimiento, y hasta su
estabilidad interna, no puede vivir sin Estados Unidos, porque no está nada
claro qué sucedería si se produjera una súbita parálisis del comercio, de
las transferencias tecnológicas y del espasmo occidentalizador que
experimenta el gran país asiático. ¿Qué puede hacer China con su modelo de
capitalismo salvaje, basado en exportaciones masivas, sin el voraz mercado
norteamericano de 10 billones de dólares anuales (trillions en lengua
inglesa)?
Es verdad que el comportamiento norteamericano en materia financiera es
escandalosamente irresponsable y viola reglas básicas de la economía
establecidas tras siglos de experimentación, pero mientras el país sea una
democracia estable y predecible donde funcionan las instituciones de derecho
y la presión fiscal sea menor que en otras regiones del primer mundo;
mientras genere el 25% del producto bruto mundial, con apenas el 6% de la
población; mientras sus redes comerciales y bancarias alcancen a todo el
planeta; y mientras sus universidades y centros de investigación, vinculados
a empresarios audaces, continúen modificando la realidad con innovaciones y
hallazgos constantes, pueden actuar casi impunemente en la esfera económica
internacional porque no existe otra opción mejor que el dólar.
Qué duda cabe de que el franco suizo, la libra esterlina y, sobre todo, el
euro, son divisas respetables y libremente convertibles más seriamente
manejadas que el dólar americano, ¿pero qué país emisor tiene la envidiable
potencia económica, política y militar de Estados Unidos? Por otra parte,
dado el menor valor relativo de las propiedades inmuebles norteamericanas,
comparadas con las europeas, sigue siendo más sensato y rentable mantener
los ahorros en dólares que en las otras divisas, o invertir esos ahorros en
Estados Unidos o en sus instrumentos financieros, aunque estén manejados por
aprendices de brujos, como se comprueba con la reevaluación del dólar en
medio de la catástrofe, aunque haya sido provocada por las entidades de
crédito estadounidenses.
Obviamente, Estados Unidos no va a complacer al señor Xiaochuan, y no va a
acceder a que el Fondo Monetario Internacional acuñe una nueva divisa
planetaria. No le conviene. Estados Unidos puede comportarse
irresponsablemente, pero sus autoridades no se succionan el pulgar. No
suelen hacerlo.
Marzo
29, 2009
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