Impidamos un baño de sangre en Honduras
Carlos Alberto Montaner
El embajador norteamericano en Honduras, Hugo Llorens, un diplomático
extremadamente competente, intentó con toda seriedad que el Congreso no
destituyera al presidente Manuel Zelaya. Cuando se le agotaron los argumentos
y las presiones, hizo algo que lo enaltece ante lo que parecía inevitable:
protegió en su residencia al hijo del gobernante para salvarlo de cualquier
desenlace violento.
Afortunadamente, la expulsión de Zelaya de la presidencia y del país ocurrió
de manera incruenta. No fue exactamente un golpe militar: el ejército obedeció
las órdenes de la Corte Suprema ante las continuadas violaciones de la ley de
un gobernante empeñado en hacerse reelegir, aunque violara la Constitución, y
en arrastrar al país al campo chavista del “socialismo el siglo XXI” contra la
voluntad de sus compatriotas.
No obstante, parece que todavía hay algo peor que el deprimente espectáculo de
un presidente libremente electo que es forzado a abandonar el país a punta de
fusil: tratar de imponer su regreso por la fuerza. Si Zelaya pone un pie en el
país lo van a detener y acusar de diecisiete delitos diferentes que
probablemente ha cometido. Lo van a encarcelar y va a ser muy embarazoso para
quienes, irresponsablemente, decidan acompañarlo en esa loca aventura.
Esto es gravísimo. Esa situación, agitada por Hugo Chávez y por Daniel Ortega,
que ya hablan de invasiones y de recurrir a la fuerza, puede desencadenar un
baño de sangre en el país y destruiría la débil institucionalidad política
trabajosamente lograda desde hace tres décadas, cuando terminó, felizmente, la
época de las dictaduras militares. Lo ha dicho Peter Hakim, presidente del
Diálogo Interamericano, sin abandonar su condena enérgica a la forma en que
fue destituido: “Zelaya is fighting with all the institutions in the country.
He´s in no condition really to govern”.
Y es cierto. Según el encuestador mexicano Mitofsky, en una investigación
llevada a cabo en abril, el gobernante más impopular de América Latina era
Manuel Zelaya. Sólo el 25% del país lo respaldaba, mientras otra encuesta
diferente revelaba que el 67% jamás votaría otra vez por él. ¿Por qué? Porque
los hondureños le achacaban una profunda corrupción, le suponían vínculos con
el narcotráfico, especialmente el proveniente de Venezuela, como revela el ex
embajador norteamericano ante la OEA Roger Noriega en un documentado artículo
publicado en su blog, y porque la violencia y la pobreza, los dos grandes
flagelos que castigan al país, han aumentado dramáticamente durante sus tres
años de gobierno.
Sencillamente, la inmensa mayoría del país, sin exceptuar a los sectores más
populares, los dos grandes partidos políticos (incluido el del propio Zelaya),
las iglesias cristianas, los otros estamentos del Estado y las fuerzas
armadas, no lo quieren como presidente, aunque todos concordaban en que debía
terminar su mandato y dejar el poder en enero de 2010. Sin embargo, no estaban
de acuerdo en que vulnerara las leyes para tratar de perpetuarse en la
presidencia, como ha hecho Hugo Chávez y tratan de hacer Daniel Ortega, Evo
Morales y, probablemente, Rafael Correa. Los hondureños, sin la menor duda, no
quieren seguir el camino del caudillismo colectivista y antioccidental, aliado
a Irán, Cuba y a Corea del Norte, que preconiza Hugo Chávez.
¿Qué hacer en estas circunstancias? Lo peor, insisto, es recurrir a la fuerza
contra la voluntad del propio pueblo. El gobierno del presidente interino
Roberto Micheletti ya está llamando a los reservistas y el ejército se prepara
para defender la soberanía nacional. Se calienta el discurso nacionalista y
empieza a forjarse entre los ciudadanos una mentalidad de “defensa de la
patria” frente a los enemigos exteriores. La inmensa mayoría piensa que en el
extranjero, hábilmente impulsados por los chavistas, se está preparando una
agresión, en la que inexplicablemente esta vez están implicados los
norteamericanos del lado de los enemigos de la democracia y el respeto a la
ley. Si estalla el conflicto, uno de los países más pobres de América sufrirá
la sangría que ya padecieron Guatemala, El Salvador y Nicaragua durante la
Guerra fría.
Sin embargo, hay una solución satisfactoria al alcance de casi todos:
adelantar las elecciones generales previstas para noviembre. Ya existen los
candidatos, libremente elegidos en primarias abiertas, y ambos gozan de mucha
popularidad. ¿Para qué precipitar irresponsablemente a esa sociedad en un
torbellino de violencia? Una vez seleccionado el nuevo gobierno, provisto de
la legitimidad que genera un proceso democrático, los hondureños podrán dejar
en el pasado este lamentable episodio. Eso es lo mejor para casi todas las
partes en conflicto. Mel Zelaya habría perdido la partida, pero los hondureños
no pagarían con su sangre el precio de los errores y las violaciones de la ley
de un mal gobernante.
Julio 2, 2009
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