La difícil tarea de Óscar Arias
Carlos Alberto Montaner
ABC, Madrid, 11 de julio, 2007
A duras penas, comienza a abrirse paso el sentido común en la crisis de
Honduras. El presidente depuesto Manuel Zelaya y el presidente interino
Roberto Micheletti han aceptado la mediación de D. Oscar Arias, gobernante de
Costa Rica y premio Nobel de la Paz. Lo propuso, acertadamente, Hillary
Clinton ante la auto exclusión de José Miguel Insulza, Secretario General de
la OEA, debido al descrédito que padece el político chileno por su parcialidad
a favor de Chávez y a la pésima imagen que dejó entre los hondureños durante
su reciente visita al país cuando fue portador de un ultimátum
humillante.
Arias es la persona idónea para desempeñar ese papel de mediador. Es un
demócrata con las ideas muy claras, pero no será un instrumento de Washington
ni de nadie. En la década de los ochenta, en la última etapa de la Guerra
fría, se opuso a las presiones del gobierno de Reagan y creó las condiciones
para que nicaragüenses, salvadoreños y guatemaltecos, entonces enfrentados a
tiros, negociaran la paz. Es verdad que tuvo a su favor la perestroika, la
fatiga de la URSS y la resistencia armada de las guerrillas antisandinistas
auspiciadas por la CIA, pero el mérito mayor de aquellos acuerdos le
corresponde a Arias. Por eso le otorgaron el Nobel.
Aparentemente, esta nueva tarea parece más sencilla, pero Arias debería viajar
a Honduras a conversar con otros actores fundamentales para tener un cuadro
más claro de la situación. Manuel Zelaya y Roberto Micheletti llevan treinta
años de amistad y sólo ocho meses de crecientes desavenencias. Sus familias
tenían relaciones cordiales. Son dos empresarios dedicados a la política y no
dos ideólogos empedernidos. Pertenecen al mismo partido. Zelaya, incluso, a
fines del 2008 respaldó la candidatura de Micheletti dentro del Partido
Liberal para que lo sucediera en el cargo. Paradójicamente, esa ayuda provocó
la derrota de Micheletti en las primarias, debido a la impopularidad crónica
de Zelaya, dándole el triunfo a Elvin Santos, vicepresidente enemistado con
Zelaya, quien, por cierto, tiene una alta probabilidad de convertirse en el
próximo gobernante de Honduras.
¿Qué separa a estos hombres? En realidad, lo mismo que hoy divide a la
sociedad hondureña en el terreno político: la terca e inconstitucional
insistencia del presidente Mel Zelaya en arrastrar a su país al llamado
“socialismo del siglo XXI” que preconiza Hugo Chávez, contrariando la voluntad
de su partido, del resto de las instituciones de la república y de la mayoría
de la sociedad. Esto fue lo que precipitó la crisis y, lógicamente, la
reconciliación de Zelaya con el país, y quién sabe si hasta su regreso a la
presidencia, deben comenzar por renunciar explícitamente a esa temeraria
aventura socialista a la que se sumó sin consultar con su partido ni con
nadie.
¿Qué puede hacer fracasar la mediación de Arias? Tres razones: primero, el
carácter empecinado de Zelaya. Es una persona inflexible, indiferente a la
realidad, que no acaba de aceptar que tiene en contra a prácticamente todas
las instituciones, a su partido, al ejército, a la Iglesia católica y a la
mayoría del país. Segundo, las presiones morales y materiales de Hugo Chávez
encaminadas a dinamitar cualquier acuerdo que signifique una merma de su zona
de influencia. Tercero, la convicción de que el fracaso de Arias será una
especie de luz verde para iniciar la reconquista violenta del poder por
métodos subversivos con la ayuda de venezolanos, cubanos, salvadoreños y
nicaragüenses.
Ya hay síntomas de que Zelaya no entiende la negociación como la búsqueda de
un acuerdo en el que las dos partes ceden hasta alcanzar una fórmula
mutuamente aceptable. Desde que habló con la Secretaria de Estado Hillary
Clinton, hasta que aterrizó en Costa Rica acompañado por Patricia Rodas, su
muy radicalizada canciller, Zelaya fue endureciendo su discurso, como si
buscara la rendición incondicional de sus adversarios, pese a que estos tienen
el control real y total dentro del país.
Sin embargo, Estados Unidos todavía conserva cierta capacidad para presionar a
Zelaya y obligarlo a tomar en serio las negociaciones: no abandonar al
gobierno de Micheletti ni privarlo de ayuda hasta no ver el resultado final de
la mediación de Oscar Arias. Si Estados Unidos comprueba que el objetivo de
Zelaya no es rescatar la legalidad, sino entronizar el chavismo, lo
responsable es hacer lo posible por impedirlo. Nada complacería más a los
hondureños. Nada sería más conveniente para Estados Unidos.
Julio 11, 2009
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