Un dictador, todos los dictadores
Carlos Alberto Montaner
En
Venezuela se vende la más extraña biografía de Hugo Chávez que uno pueda
imaginarse. Se trata de un libro titulado ``El Dictador'' que resume con
prosa eficaz, abundantes datos y gran sutileza las vidas de siete tiranos
muy diferentes entre ellos, pero también, en alguna medida, muy parecidos:
Mussolini, Stalin, Trujillo, Hitler, Mao, Fidel y Franco (el más atípico y
silencioso de todos). Chávez no figura en la nómina, pero la gran discusión
nacional consiste en acertar a cuál de esos personajes se parece más el
pintoresco gobernante. Aparentemente, la opinión más repetida es que el
militar venezolano es un cruce entre Mussolini (histriónico, voluntarioso) y
Castro (inconteniblemente locuaz, carente de escrúpulos, poseído por
iniciativas disparatadas que siempre acaban en el fracaso).
El
autor, Ramón Guillermo Aveledo, es un ensayista, abogado, periodista y
profesor universitario que conoce las entrañas del poder político. Fue tres
veces congresista por el partido de los democristianos y presidió la Cámara de
Diputados en dos ocasiones. En su país tiene fama merecida de hombre serio y
honrado. Cuando escribió su obra se propuso no mencionar ni una vez a Hugo
Chávez para dejar las especulaciones y las cábalas a sus compatriotas.
Intentaba, simplemente, descubrir, si los había, los rasgos que unificaban a
esta tremebunda colección de tiranos. A su manera, el libro era una incursión
en una rama triste y novedosa de la antropología política: la tiranología. Los
lectores lo convirtieron en una charada.
Parece
indudable que los tiranos comparten ciertas características. Suelen tener una
hipertrofiada autopercepción rayana en el narcisismo. Se creen infinitamente
mejor dotados que sus compatriotas. Hablan horas y horas porque disfrutan
escuchándose. ¡Son tan brillantes! Eso los lleva a confiar más en sus propias
intuiciones que en el consejo de sus asesores. Incluso, rechazan la idea de
tener asesores. Eso sería admitir que hay unas personas más perspicaces y
competentes que ellos.
Los
dictadores, además, carecen de empatía: no consiguen imaginarse ni les importa
el dolor del otro. El otro, incluso, debe entender dulce y comprensivamente
que le conviene sufrir por la sabia decisión tomada por el líder. A Mao lo
traía sin cuidado la muerte de millones de personas. ¿Qué significa una
montaña de cadáveres ante la realización de una epopeya histórica en la que él
era el principal protagonista? Por eso los tiranos pueden matar a sus
adversarios, torturarlos, encerrarlos en calabozos o humillarlos sin el menor
vestigio de remordimiento. Por eso son capaces de castigar a sus partidarios
cuando creen adivinar el menor síntoma de debilidad. Sin embargo,
simultáneamente, se sienten motivados por una intensa solidaridad con el
género humano. Aman a la especie en abstracto, pero desprecian al prójimo de
carne y hueso.
Para
ellos las relaciones de poder están fundadas en la obediencia incondicional y
en la percepción de la admiración. El dictador necesita saber que su
subordinado lo venera sin el menor elemento de duda. De eso se alimenta su
insaciable ego. Son patológicamente suspicaces. Cuando creen adivinar una
cierta debilidad en la intensidad de la adoración de alguna persona de su
entorno, comienzan a sospechar de sus intenciones. Es la paranoia del
dictador. Stalin la tenía en grado sumo. Fidel Castro se precia de mirar a los
ojos de las personas, taladrarlas inquisitivamente y poder adivinarles sus más
secretas intenciones. Esa supuesta capacidad para leer la mente se transforma
en miedo. En las tiranías, la militancia no es una emoción controlada por el
corazón, sino por la vejiga.
En
efecto, quienes se mueven en el círculo íntimo de los tiranos viven
estremecidos por el terror. Temen que el dictador adivine sus verdaderos
sentimientos. Esto los lleva a extremar sus muestras de sometimiento y
adulación. Esa incómoda disonancia generalmente se convierte en un
desagradable malestar psicológico. Fingir constantemente es una actitud contra
natura que acaba por generar trastornos neuróticos. El dictador, por su parte,
disfruta intimidando a sus subordinados. Le gusta que lo teman. Lo excita,
como sucede en las relaciones sadomasoquistas. Eso aumenta su sensación de
poder y superioridad.
¿Cuál es
el peor de los dictadores biografiados por Ramón Guillermo Aveledo?
Probablemente, Mao. Tal vez, Hitler. El dominicano Trujillo fue muy cruel,
pero la distancia que lo separa de Mao o de Hitler es la que va de un pequeño
carnicero a unos genocidas enloquecidos. Todos, sin embargo, se parecen.
Julio 26, 2009
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