Nueve
guardianes contra los excesos
de la democracia
Carlos Alberto Montaner
La
señora Sonia Sotomayor será juez de la Corte Suprema de Estados Unidos. Eso
está bien. Tiene magníficas credenciales académicas, experiencia y es una
persona inteligente. Me da igual si es hispana y mujer. Parece una jurista
responsable y sólida. La acusan de haber dicho que aporta a la justicia su
condición de mujer latina, lo que ella supone agregaría a sus decisiones una
sabiduría especial, opinión que simultáneamente muestra un cierto prejuicio,
pero ésa es una conclusión hipócrita de sus adversarios que en modo alguno
la descalifica.
Todos
tenemos un punto de vista único construido con nuestras circunstancias
personales. Opinamos y actuamos desde nuestros prejuicios, estereotipos,
experiencias, lecturas, influencias y un infinito etcétera que incluye algo
tan inmensurable y opaco como la carga genética y el aprendizaje familiar.
Cada uno de los otros ocho miembros de la Corte Suprema también es el producto
único de una similar elaboración.
Precisamente, la labor de estos jueces, de todos los jueces, es luchar
conscientemente contra esas fuerzas ciegas e irracionales presentes en ellos,
incluso contra sus propias convicciones morales y sus emociones, para tratar
de analizar y sentenciar con arreglo a lo que objetivamente determina la ley.
Algo muy incómodo y desagradable, probablemente contra natura, porque el
componente racional del bicho humano tiene menos peso que la influencia del
viejo cerebro de reptil que nos acompaña desde hace millones de años en el
trayecto evolutivo. A Arthur Koestler, el gran escritor, le gustaba recordar
la anécdota sangrienta del brillante físico de Cambridge que descubrió a su
mujer con un amante y los mató a hachazos. El cerebelo cruel y antiguo triunfó
sobre el apacible lóbulo frontal.
La
institución de la Corte Suprema es, además, muy peculiar. Una de sus más
difíciles labores es el control judicial de la Constitución. Les toca a ellos,
a estos nueve jueces, en última instancia, decidir si los legisladores con sus
leyes o los jueces con sus sentencias están respetando la letra, el espíritu
y, lo que es más difícil de conocer, las intenciones originales de los
redactores del texto, unos señores que vivieron hace cientos de años en un
mundo bastante diferente al nuestro.
En todo
caso, es importante entender que la principal función de una Constitución, más
allá de regular la convivencia de la sociedad en el espacio público, es
impedir que los representantes del pueblo tomen decisiones soberanas
contrarias al texto fundamental que rige en el país. La Constitución también
es un freno al uso de la democracia o regla de la mayoría. Es lo que nos
salva, por ejemplo, de que la mayoría decida que las mujeres no deben
educarse, los homosexuales puedan ser perseguidos y las minorías étnicas
puedan ser privadas de sus derechos.
Si
comprendemos esa función, se hace más clara la tarea de la Corte Suprema
cuando ejerce su control judicial: es un freno a los excesos a que nos puede
llevar la democracia cuando la mayoría no respeta o no reconoce ciertos
derechos a los que hemos llamado
“naturales”' y a los que arbitrariamente les hemos asignado un origen divino
para que los hombres no puedan arrebatárnoslos.
Guillermo Lousteau, profesor de Florida International University ha escrito un
libro magnífico sobre el tema: Democracia y control de constitucionalidad.
Es conveniente leerlo si uno quiere entender los fundamentos filosóficos del
constitucionalismo y del pensamiento republicano (aunque su alcance llega a
las monarquías parlamentarias). La intención última de los padres fundadores
que derribaron el antiguo régimen era, en primer término, preservar los
derechos individuales y no necesariamente instaurar el gobierno de la mayoría.
We, the people, sí, pero con limitaciones y muchas reservas.
Ese era
el objetivo primordial del andamiaje republicano que echó a andar en 1787, con
su frágil mecanismo de poderes que se equilibran y contraponen. Para ello,
efectivamente, los constitucionalistas reunidos en Filadelfia transfirieron la
soberanía del rey al “pueblo”', pero sujetando a este díscolo sujeto
estrechamente con una camisa de fuerza constitucional concebida para impedir
la tiranía de la mayoría. Y entonces, como colofón, pusieron a la puerta de
esa casa a nueve guardianes bien entrenados, a los que nadie había elegido y a
los que resulta casi imposible despedir, dispuestos a defender la institución:
la Corte Suprema de Justicia. Bienvenida al grupo, señora Sotomayor.
Agosto 2, 2009
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