Colombia y las siete bases de la discordia
Carlos Alberto
Montaner
Publicado en El
Expectador, Colombia, 8 de agosto de 2009
Ardió Troya. El
presidente Álvaro Uribe y el Departamento de Estado norteamericano anunciaron
la utilización conjunta de siete bases militares colombianas. Inmediatamente,
Hugo Chávez, Fidel Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega
comenzaron a chillar. Uribe era un traidor y la presencia militar
norteamericana una amenaza para el Continente. Fidel Castro se estrenó como
bolerista con una lírica reflexión sobre “siete puñales clavados en el corazón
de América”. La pintoresca “banda de los cinco” perteneciente al socialismo
del siglo XXI se sentía en peligro. Pero no sólo ellos. Brasil, por medio de
su canciller Celso Amorim, más la diplomacia chilena, mostraron su
preocupación en primera instancia. Luego la señora Bachelet y Lula da Silva,
tras la persuasiva visita de Uribe, se mostraron más comprensivos. Uribe le
había ganado la partida diplomática a Chávez antes de la reunión de Unasur.
Cinismo e
hipocresía
La dosis de
cinismo e hipocresía que encierra este episodio es copiosa. Nadie pareció
preocuparse cuando Chávez, hace unos meses, dijo que pensaba crear 20 bases
militares en Bolivia, o más tarde cuando invitó a la armada rusa a recorrer
las aguas americanas en maniobras conjuntas con la marinería venezolana.
Tampoco sonaron las alarmas con el esfuerzo armamentista del coronel
venezolano y su anuncio de crear una milicia de un millón de hombres, o con
sus peligrosos pactos con Irán y con Corea del Norte que nada bueno le traerán
a la región. Súbitamente, se olvidaron las bases soviéticas en Cuba, entre
ellas la mayor del planeta dedicada al espionaje electrónico, y los cuarenta
mil militares de ese país que llegaron a residir en la Isla durante los peores
momentos de la Guerra fría.
Hay que admitirlo
con todo realismo: el antiamericanismo parece ser una pulsión ideológica mucho
más fuerte que la preocupación por el destino de una sociedad como la
colombiana amenazada por la peor pandilla de asesinos del mundo. Ningún país
latinoamericano jamás le ha ofrecido ayuda a Colombia en su agónica lucha
contra los narcoterroristas de las FARC o del ELN. Por el contrario: los
documentos ocupados a los cabecillas colombianos muertos en combate o
detenidos demuestran la complicidad de los gobiernos de Ecuador, Venezuela y
Brasil con las guerrillas comunistas.
Los generales
venezolanos Cliver Alcalá y Hugo Carvajal, nada menos que el jefe de
inteligencia militar, encabezaban los contactos con las FARC en representación
de un Chávez empeñado en otorgarles el carácter de “beligerantes legítimos” a
unos delincuentes que viven del narcotráfico y la extorsión. El ex ministro
ecuatoriano Gustavo Larrea y el alto funcionario José Ignacio Chauvín,
personalidades muy cercanas al presidente Rafael Correa, un gobernante
curiosamente convencido de que “no hay nada malo en ser amigos de las FARC”,
desempeñaban un papel parecido. Mientras tanto, el brasilero Marco Aurelio
García, consejero áulico de Lula da Silva y su hombre de confianza (luego
separado del cargo por un episodio de corrupción), también le daba diversas
formas de ayuda diplomática y política a la sanguinaria banda armada del
desaparecido Tiro Fijo, colega del Partido del Trabajo brasilero, en el Foro
de Sao Paulo.
Detrás de la
alianza
La verdad es que
Uribe ha tenido que buscar la solidaridad norteamericana porque sus “hermanos”
latinoamericanos se la niegan y sus vecinos intentan hundirlo. Y ni siquiera
se trata de una actitud nueva. Hace unos años, en tiempos de Pastrana, cuando
Washington y Bogotá anunciaron el Plan Colombia para asistir militarmente al
país, los estados limítrofes también protestaron. Les traía sin cuidado que
miles de colombianos fueran secuestrados o asesinados por las guerrillas
comunistas o por paramilitares. Lo único que parecía preocuparles es que el
conflicto se extendiera fuera de las fronteras colombianas, aunque supieran
que eso ya había ocurrido, dado que no hay actividad más globalizada que el
tráfico de drogas y ésa era la principal fuente de recursos de las FARC, el
ELN y de los hoy felizmente desbandados paramilitares.
Por supuesto,
estos revitalizados vínculos militares entre Estados Unidos y Colombia no
están fundados en la solidaridad moral, sino en una evidente coincidencia de
intereses. Para los dos países el narcotráfico es un enemigo formidable.
Colombia quiere erradicarlo porque es la savia de la que se nutren las
guerrillas narcoterroristas, mientras Estados Unidos, que comenzó su lucha
para evitar que millones de drogodependientes norteamericanos tuvieran acceso
a estas sustancias, hoy lo combate, fundamentalmente, porque los cárteles de
la cocaína ya operan en 209 ciudades norteamericanas y se han convertido en
una amenaza para la seguridad del país cien veces mayor que la vieja y
familiar mafia siciliana.
Y existe, además,
el riesgo de la proliferación nuclear. Israel lo ha denunciado vigorosamente:
la Venezuela de Hugo Chávez, además del antisemitismo que exhibe sin ningún
pudor, está colaborando con Irán en el terreno militar de dos maneras muy
peligrosas. Le proporciona uranio y adquiere sistemas electrónicos
sofisticados que luego transfiere a Irán para la fabricación de misiles
capaces de alcanzar a Israel. De acuerdo con el análisis de los servicios
israelíes, Irán se está preparando para la guerra y Hugo Chávez es su cómplice
más entusiasta. Es obvio que a Estados Unidos le interesa conocer exactamente
los pasos que da Venezuela en esa dirección. La desestabilización de esa
región del mundo es un tema de seguridad nacional.
El fiasco
brasilero
Implícitamente,
esta nueva etapa de la alianza entre los dos países también pone en evidencia
otro asunto muy importante: se terminó la ilusionada fantasía de que Brasil
podía convertirse en una potencia internacional seriamente decidida a
contribuir con la democracia, la estabilidad regional y el comercio libre.
Brasil,
sencillamente, no es un aliado fiable. Objetivamente, está más cerca de las
FARC que de Colombia. Respalda a Hugo Chávez sistemáticamente, ignora todos
los atropellos cometidos contra la oposición democrática venezolana y es un
aliado firme en el campo diplomático de la dictadura cubana. Dejó morir
deliberadamente el Tratado de Libre Comercio o ALCA cuando le tocaba
impulsarlo. No es capaz de controlar la Triple Frontera, en donde campean a
sus anchas terroristas y narcotraficantes de todos los pelajes, y ni siquiera
consigue poner orden en sus propias favelas.
Para dolor y
desgracia de todos, Brasil sigue siendo un país del Tercer Mundo, cuya cúpula
dirigente, al menos mientras gobierne Lula da Silva, pese a la prudencia con
que se maneja en los asuntos internos, en el terreno internacional continúa
dominado por las disparatadas ideas tercermundistas que en la década de los
noventa le llevó a crear el Foro de Sao Paulo junto a Fidel Castro. Tal vez un
Brasil diferente, más responsable, coherente y solidario, hubiera hecho
innecesaria la presencia norteamericana en Colombia, pero ese Brasil no
existe.
Es asombroso que
las genuinas democracias latinoamericanas se preocupen por la presencia
militar norteamericana en unas bases colombianas, y no adviertan que los dos
grandes peligros para la supervivencia de las libertades en el continente
surgen del espasmo intervencionista del chavismo y de las bandas de
narcotraficantes que operan en el continente, dos fenómenos fuertemente
vinculados. Es muy triste que el único aliado real de Colombia sea Estados
Unidos, pero así son las cosas. América Latina, sencillamente, es un mundo de
gobiernos indefensos incapaces de percibir los peligros que acechan, y mucho
menos de formular una estrategia defensiva colectiva. Así nos va.
Agosto 9, 2009
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