Estados Unidos no quiere y Brasil no puede
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Estados Unidos
no tiene el menor interés en seguir siendo la potencia responsable de la
estabilidad y el buen gobierno en América Latina. Esa fue una incómoda tarea
del siglo XX. Todo eso se acabó. Al desaparecer la URSS, los políticos
norteamericanos ya no sienten ningún peligro potencial para la seguridad
nacional procedente de la región. Cuba les parece una dictadura decrépita
que desaparecerá a corto o medio plazo por consunción, como les sucede a los
ancianos golpeados por la caquexia. A Chávez lo ven como un loquito
pintoresco, exportador de petróleo, capaz de hacerles mucho daño a los
venezolanos y a sus vecinos, pero no a ellos.
Es verdad que Castro y
Chávez están embarcados en una cruzada delirante encaminada a revivir la
conquista del planeta para la causa del socialismo del siglo XXI, pero la
consecuencia de ese disparate (por ahora) sólo afecta a las víctimas directas
de sus maquinaciones. Incluso, en un conflicto como el ocurrido en Honduras, a
Washington no le ha importado coincidir con los objetivos de sus enemigos,
aunque el control de ese país por el chavismo eventualmente signifique otro
par de millones de hondureños ilegales en Estados Unidos, huyendo de la
hambruna, el cierre de la base de Palmerola, como ya ocurrió con la de Manta
en Ecuador, y otra pista de despegue para los narcotraficantes. En definitiva,
peccata minuta.
Naturalmente, Estados
Unidos preferiría que los países latinoamericanos fueran democráticos,
prósperos y sensatos, como los de la Unión Europea, por ejemplo, pero
Washington ya no siente ninguna urgencia de guiarlos en esa dirección. Le
gustaría, eso sí, que Brasil lo sustituyera en ese abandonado liderazgo, y
tratan de engatusar a sus líderes para que asuman ese rol, pero este deseo no
pasa de ser una ingenua ilusión absolutamente irreal.
Brasil es, en efecto, del
tamaño de Estados Unidos, tiene 200 millones de habitantes y posee ciertas
zonas parcialmente desarrolladas, como sucede en Sao Paulo, pero dista mucho
de ser una potencia. Basta revisar el CIA Fact Book por internet para
comprobarlo: la economía brasilera es de apenas dos billones de dólares (trillions
en inglés), y en ningún campo realmente importante resulta puntera e
innovadora. Más del 30% de su población es muy pobre. Tiene una de las
distribuciones de ingresos más desiguales del planeta (56.7 en el índice
Gini), mientras su per cápita anual, medido en paridad de poder adquisitivo,
es de apenas $10,000. Ocho países latinoamericanos lo superan en este rubro, y
uno de ellos, Chile, lo hace por un 50%. Su nivel de corrupción, 3.5 de
acuerdo con ``Transparencia Internacional'', es vergonzoso y peor que el de
varios países africanos. Mantiene una economía protegida que impide la
competencia y el comercio internacional intenso. El Indice de libertad
económica le asigna una puntuación de 56.7, que se traduce como ``economía
no libre'' (hay 104 países más libres que Brasil en ese Indice). Su
burocracia es lenta y torpe. Sus universidades son mediocres, con muy pocos
centros de excelencia. El número de patentes científicas originales es
ridículamente bajo, más reducido que el de Israel, que apenas tiene 8 millones
de habitantes.
Pero hay algo más
trascendente que todo eso: Brasil no tiene la menor vocación de potencia
regional. Siempre ha vivido de espaldas a Hispanoamérica (y viceversa), y, por
lo menos desde el establecimiento de la república (1889), no siente el deseo
de imponerse y dirigir a sus vecinos, lo que no le ha impedido despojar de
algunos territorios limítrofes a Argentina, Paraguay, Bolivia, Guyana, Perú y
Colombia.
iderar cuesta dinero, a
veces hay que utilizar la fuerza, y el país, que ni siquiera consigue poner
orden en las favelas, lleva demasiado tiempo volcado hacia dentro para
reinventarse a estas alturas como los Estados Unidos de Sudamérica. No le
interesa. No lo desea. No puede. No tiene fuerzas. Pretende, en efecto, ser
importante, pero sin asumir responsabilidades internacionales. Nada de esto
quiere decir que Brasil no sea un sitio agradable y divertido para vivir, más
grato que muchos países hispanoamericanos, sino que es absurdo pedirle peras
al olmo. Nunca funciona.
Septiembre 13, 2009
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