Internet y la
agonía de Gutenberg
Carlos Alberto Montaner
Hace más de 500 años, un artesano
alemán llamado Juan Gutenberg, piadoso hasta el misticismo y poco hábil como
negociante, le dio un golpe fortísimo a la Iglesia cuando editó la Biblia en
la primera imprenta de tipos móviles utilizada en el occidente cristiano.
Sin proponérselo, Gutenberg destruyó la vasta industria de los monjes
copistas --miles de escribanos esparcidos por todos los conventos--,
mientras, además, privaba a la institución de las generosas donaciones que
hacían los fieles para ganar indulgencias y ascender al cielo en mejores
condiciones mediante el sencillo expediente de pagar por copias de ciertos
libros religiosos.
La Iglesia intentó defender sus intereses. Algunos predicadores llegaron a
calificar la imprenta como “pecado” e intentaron prohibirla. Otros,
esgrimieron como argumento contra el malévolo invento el triste destino que
les esperaba a los monjes copistas, santos varones (era un oficio de hombres)
condenados a la insignificancia y la inutilidad. Dios no podía estar de
acuerdo con tamaña injusticia.
Pero Dios, en esa oportunidad, pudo menos que la productividad y el
mercado. En una jornada de diez horas, con buena luz, un copista, que debía
afilar constantemente la pluma de ave, solía escribir tres páginas, mientras
un impresor, tras levantar los tipos y armar la caja, producía 150. No era
posible combatir ese nivel de eficiencia con argumentos morales. Los copistas,
pues, perdieron la batalla y desaparecieron rápidamente. Aumentaron, sin
embargo, los artistas que iluminaban las páginas con colores y dibujos, los
encuadernadores y los talladores de tipos móviles. La Iglesia, resignada,
buscó otras formas de vender indulgencias y de nutrir sus cofres.
La historia viene a cuento de internet. Ya casi nadie tiene duda: comenzó
el final del papel impreso. Dentro de unos años, los museos exhibirán los
últimos ejemplares de las grandes revistas y de los diarios famosos, como hoy
exhiben los libros incunables, los manuscritos medievales o los rollos del Mar
Muerto. Internet, combinada con la edición electrónica, está liquidando rápida
e implacablemente toda la industria editorial y ese fenómeno es imparable.
Pero internet no sólo va a terminar con la prensa de papel, incluidos casi
todos los libros. De la misma manera que puso de cabeza la industria musical y
hundió a cientos de estudios de producción y editores de CDs, también hará
desaparecer la radio y la televisión convencionales, que acabarán totalmente
asentadas en la red, cambiará (ya lo hace) radicalmente la venta minorista (la
mayor parte de las compras se harán por internet) y, combinada con el
teléfono, le dará un giro total a la forma en que se comunican las personas.
La educación, por ejemplo, será otra cosa muy diferente en apenas una década.
No tiene demasiado sentido trasportar a millones de niños o universitarios
diariamente para congregarlos en aulas cuando pueden juntarse e interactuar en
una pantalla.
¿Desaparecerán los periodistas y los periódicos de la misma manera que
desaparecieron los copistas y sus obras? Sí, pero serán sustituidos por una
masa imponente de comunicadores que irán surgiendo espontánea e
incontrolablemente en una internet que irá fragmentando la información hasta
el punto en que será muy difícil establecer voces dominantes. En el mundo
periodístico que se avecina no existirán gurús como The New York Times,
la AP, CNN, Fox o cualquiera de las grandes cadenas. Surgirán, en cambio,
comunicadores solitarios que despertarán la curiosidad de los lectores o de
los espectadores, puesto que es posible, como sugiere el éxito de YouTube, que
los mensajes orales y con imagen acaparen el interés de unas personas que irán
reduciendo su aprecio y su capacidad de atención por la palabra escrita.
¿Qué le resultará atractivo al consumidor de información en la era de
internet? Lo de siempre: lo que despierta su curiosidad desde hace miles de
años: noticias sobre los peligros que se ciernen sobre ellos, sobre las
oportunidades de mejorar su calidad de vida, sobre violaciones de las normas
y, como forma especial de diversión e inspiración, variaciones sobre personas
que triunfan ante la adversidad.
Sobre esos cuatro ejes, seguramente necesarios para la supervivencia, los
seres humanos organizan la información que dan y la que reciben. Así sucede en
París y New York, en una aldea de Senegal o en la selva peruana. Así era
cuando Gutenberg convirtió en una máquina de imprimir lo que era una prensa
para aplastar uvas, y así ha sido desde que al Departamento de Defensa de
Estados Unidos se le ocurrió crear una manera de comunicarse que no pudiera
ser destruida por un ataque nuclear. Eso es lo único que nunca va a cambiar.
Octubre 25, 2009
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