La culpa fue de Marx
Carlos Alberto Montaner
Hace
20 años, los escombros del muro de Berlín cayeron estrepitosamente sobre el
marxismo y lo pulverizaron. Algo que, paradójicamente, confirmó la opinión
de Marx sobre las teorías, tal y como lo explicó en sus Tesis sobre
Feuerbach: “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la
verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su
pensamiento”.
El
marxismo, sencillamente, no resistió el enfrentamiento con la realidad.
Prometía el paraíso en la tierra y parió veinte dictaduras espantosas. Dejó
cien millones de muertos en el camino. Empobreció a medio planeta. Retardó el
progreso científico y técnico de numerosos pueblos y, tal vez lo peor de todo,
envileció a varias generaciones de personas obligadas a mentir y a celebrar un
régimen al que detestaban profundamente.
Cuando
Marx murió, su discípulo, compañero y amigo Federico Engels --tan amigo que
hasta reconoció como suyo un hijo de Marx concebido por la criada de la casa--
describió los dos “grandes aportes”' del pensador alemán: el materialismo
histórico y la plusvalía. ¿En qué consistían?
El
materialismo histórico (una hipótesis ridícula que ignoraba la inmensa
complejidad de la naturaleza humana) postulaba que la religión, el sistema
político, las instituciones de derecho, la moral, el arte, etc. constituían la
“superestructura” generada por los intereses de la clase dirigente que
controlaba la “infraestructura”, es decir, los medios de producción. De
acuerdo con Marx y Engels, al desaparecer la propiedad privada y obtener los
trabajadores el control del aparato productivo, cambiaría radicalmente la
superestructura.
En
cuanto a la plusvalía, se trataba de un error surgido de la teoría del valor
de los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo: Marx creía que el
valor de la producción dependía del trabajo humano que se le incorporaba, de
manera que el capitalista se enriquecía apropiándose de la diferencia entre el
precio de venta y los costos reales de los bienes o servicios producidos. Esa
era la plusvalía. Un par de años antes de su muerte (1883), un joven
economista austriaco, Eugen von Bohm-Bawerk, le demostró sus errores y, de
paso, señaló las contradicciones sobre este tema que existían entre el tomo
primero y tercero de El capital.
¿Por qué
estos dos disparates intelectuales generaron una catástrofe tan gigantesca
como las dictaduras comunistas? En primer término, porque para poder desmontar
el Estado burgués y rehacer las relaciones de propiedad de acuerdo con la
utopía que había diseñado, Marx prescribió, y sus discípulos le hicieron caso,
una etapa dictatorial dirigida por el proletariado. Es decir, se acogió a una
ética de fines capaz de justificar cualquier monstruosidad siempre y cuando
condujera a los seres humanos en la dirección de la felicidad y el progreso
que él les señalaba. Luego, Lenin y otros comunistas especialmente crueles
crearon un método de control social por medio de la represión policiaca que
resultó imbatible. Una vez construida la jaula, era muy difícil evadirse.
¿Por qué, en definitiva, se hundió el comunismo? Fundamentalmente, por la
desmoralización de la clase dirigente ante el fracaso material y espiritual
del marxismo-leninismo. Los comunistas no podían ignorar la comparación entre
las dos Alemania o las dos Corea. Veían con envidia cómo todos los hallazgos
científicos y técnicos se producían en las democracias occidentales dotadas de
economías capitalistas. Habían comprobado hasta la saciedad que Marx estaba
equivocado en el plano teórico, y que la puesta en práctica de sus ideas había
conducido inútilmente al matadero a millones de seres humanos y al
estancamiento y la pobreza a las sociedades que lo habían intentado.
Ante esa situación, comenzaron las reformas, pero el marxismo no era
reformable. La arrogante pretensión de Marx de haber descubierto las leyes por
las que se rigen la historia y el desarrollo económico, era una superchería
hueca que no podía corregirse. Había que desecharla. Su tesis de la plusvalía,
y en definitiva su incapacidad para entender el concepto del valor subjetivo,
tampoco podía modificarse. Era como creer que la tierra es plana. Estaba
equivocado. Punto.
El período provisional de la dictadura del proletariado, dirigida por la
vanguardia comunista, se había convertido en una pesadilla permanente. No era
una fase, sino una meta repugnante administrada por el aparato de seguridad.
Por eso, cuando trataron de arreglar el sistema, el edificio se desplomó. Se
había construido sobre cimientos falsos. Sólo quedan un par de antiguallas de
aquella época (Cuba y Corea del Norte) tercamente empeñadas en el error, pero
es sólo cuestión de tiempo. En esos países tampoco la clase dirigente cree una
sola palabra del discurso oficial.
Noviembre 8, 2009
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