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La columna semanal de
Gina Montaner

 

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Cuando un amigo se va

Gina Montaner

La recuerdo como la canción inevitable a altas horas de la madrugada y con una copa de más, a punto de despedir al amigo o a la amiga que se marchaba. Con emoción y la lágrima fácil canturreábamos aquello de ''cuando un amigo se va / algo se muere en el alma...'' A la mañana siguiente amanecíamos con resaca y la neblina de la morriña. Se nos había ido alguien querido, pero lo llevábamos prendido al corazón para siempre.

Ahora sabemos que no es exagerada la idea de que algo muere cuando nos separamos de un buen amigo. Según una información publicada recientemente en el New York Times, un estudio que se llevó a cabo en Australia demuestra que la gente mayor con un amplio círculo de amistades tiene un 22% menos de probabilidades de morir que aquellas personas que practican la misantropía. Hay más: al parecer el buen estado del cerebro está muy ligado a la vida social, tanto, que contar con una red de amigos contribuye más a la salud que la propia familia o tener pareja. Lo cierto es que hay pocas cosas que deterioren más que un mal matrimonio, una existencia desdichada junto a alguien torturante. Podría asegurar que las parejas más felices son las que cultivan una complicidad de camaradas que respetan el espacio y la individualidad del otro sin vivir la asfixiante mentira de que dos son uno.

No me extrañan los resultados que arrojan estas investigaciones. Tener amigos es un bálsamo en el océano de las tribulaciones diarias. Además, se ha comprobado que los efectos benéficos de las amistades no se producen por la cercanía física. Basta con tener una red de apoyo repartida por el mundo y el soporte psicológico se pone en marcha por medio del teléfono, los correos electrónicos o el socorrido mensaje de texto. Hasta las enfermedades son más superables y llevaderas cuando recibimos el aliento de quienes nos quieren sin pasar por los lazos sanguíneos o los vínculos del hogar. Por ejemplo, se sabe que la mortandad en las mujeres con cáncer de pecho que apenas tienen amigos es cuatro veces mayor que aquellas que son más gregarias. Resulta tan saludable tener compañía para salir y pasar un buen rato que hasta ayuda a padecer menos catarros.

Para quienes las amistades han resultado más duraderas que las historias de amor con principio y fin, no nos sorprenden estos alentadores datos sobre el valor de los afectos. La conexión entre los buenos amigos burla los obstáculos del tiempo y el espacio. Una conversación intensa se reanuda donde mismo la dejamos la última vez que nos vimos. Recordamos cada una de las películas que vimos juntos, sobre todo las que nos hicieron llorar o reír a carcajadas. ¿Cómo olvidar que el estreno de El paciente inglés lo vi con María en el Real Cinema de la plaza de Opera? ¿Y que con Rogelio pasé una Nochebuena en la que calentamos unas latas en el microondas porque no conseguimos ser invitados a una cena como Dios manda? O que Sandra reaparece intermitentemente tras forjar una vieja querencia allá en la época de Laguna Niguel, cuando éramos tan jóvenes que no lo sabíamos. O que mis compañeras del colegio de monjas me contactaron treinta años después y en el encuentro charlamos como si hubiese sido ayer cuando le hacíamos perrerías a la madre Dolores. O que, en cuanto aterrizo en Madrid cada verano, no descanso para ver a mis amistades de los tiempos que dejé atrás, tal vez porque nunca se fueron, sino que me acompañan donde quiera que vaya. El tiempo pasado y los amigos.

Hay quien ve en sus amigos una extensión de la familia, un norte para guiarse, un refugio seguro, una llamada anticipada, un amor para toda la vida. La telaraña de afecto es infinita y abarca varios continentes y diferencias horarias. Ahora sabemos que seremos longevos. Que nuestros corazones viven en la plenitud. Que no hay noche de abandono, sino solidaridad y camaradería. Para quienes lo tuvimos claro desde siempre, como premio nos queda mucho por vivir. Se lo debemos a nuestros queridos amigos.

Mayo 3, 2009

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