Viaje
alrededor de una plaza
Gina Montaner
Pensé que visitaría muchos monumentos
y conocería Washington de una punta a la otra. Pero al final no fue así.
Paseé mucho y recorrí calles que me llevaron por hermosos barrios. Hubo
momentos en los que creí estar en una villa del norte de Europa, con sus
coquetos edificios bajos y jardines de insólitos girasoles. Me resultó
imponente la zona gubernamental, pero esta vez preferí conocer la ciudad
alrededor de una plaza que se me antojó como el universo.
Dupont Circle encierra un parque que me recuerda a los que abundan en
Londres: recoletos y con árboles que invitan a tumbarse a la sombra o hacer un
picnic en un día de calor. Hacía mucho que no leía el periódico tirada sobre
la hierba y junto a otros que habían decidido, como yo, ver pasar la mañana en
la placidez del ocio. Las parejas comparten sándwiches, los ciclistas bordean
la plaza, los jóvenes atienden la música de sus iPods. Tal vez debería visitar
otro museo o hacer la larga cola para acceder a la Casa Blanca, pero en la
circunferencia perfecta de Dupont encuentro todo lo necesario para embarcarme
en un viaje de los sentidos. Es el final de verano y los habitantes de la
metrópoli agradecen la luminosidad que irá apagándose con las hojas muertas.
A un paso de la plaza la librería Krammerbooks & Afterwords permanece
abierta 24 horas durante el fin de semana. Es inevitable evocar el East
Village de Nueva York, donde se puede comprar un capricho en cualquier momento
de la noche. En el animado establecimiento con café y música en vivo adquiero
The Art of Travel, de Alain de Botton. No hay nada como un buen libro
de viajes para que te acompañe en la travesía. De casualidad elijo el manual
idóneo para este periplo redondo que empieza y acaba en los alrededores de
Dupont Circle. En uno de sus escritos Botton rememora una estancia en
Amsterdam, donde lo que más le llamó la atención no fue lo obvio, sino las
señales con colores brillantes indicando direcciones. El autor reflexiona
sobre lo que nos resulta exótico: lo habitual es pensar en confines lejanos,
encantadores de serpientes o en los minaretes de las mezquitas. Pero en muchas
ocasiones, añade, lo que nos seduce y desarma es identificarnos más con algo
novedoso que con lo que nos ofrece nuestra vida cotidiana. Si no, de qué otra
manera explicar la fascinación que siento sentada en una plaza que no es más
hermosa que la de Navonna en Roma ni más animada que la de Vendme en París.
Dupont Circle me devuelve a otro tiempo, a otra ciudad, a otra vida pasada que
ahora despiden aromas tan foráneos como las especias en el mercado de Estambul
o las caléndulas a la salida de un templo en Mumbai.
Alain de Botton señala que desde niño Flaubert soñó con huir de la vida
provinciana en Rouen para refugiarse en el desbordante exotismo de Egipto,
donde aspiraba a ser camellero y perder la virginidad en un harén. No fue
hasta los veinticinco años cuando el autor de Madame Bovary pudo viajar
a El Cairo y de sus dos deseos sólo uno se cumplió: en la localidad de Esna
pasó más de una noche con una cortesana de la que se llevó el recuerdo de su
tez oscura, sus pechos generosos y una enfermedad venérea. El alter ego
de Emma Bovary pasó el resto de su vida instalado en la monotonía de una
existencia burguesa y con nostalgia por el caos, la luminosidad y los fuertes
olores de un país con el que creía estar más conectado espiritualmente que con
la belle France.
Podría quedarme a vivir en el círculo de Dupont con su librería insomne,
una casa de té transplantada de Ceylán, las vías adyacentes, los paseantes.
Todo me resulta próximo, reconocible y con sabor a déja` vu, pero
a la vez exótico porque estoy de paso como un extra en un filme. Ver mundo sin
salir de una plaza.
Septiembre 14, 2009
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