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Para
vivir en el gueto
Madrid -- Doce de cada cien residentes en Estados Unidos son de
origen hispano. De acuerdo con su población, esa comunidad forma
el cuarto ``país'' iberoamericano, sólo superado por México,
Argentina y Colombia. El PIB percápita anual, no obstante, es el
más alto: unos 15,000 dólares. Los argentinos --los
latinoamericanos más ricos-- andan por los 10,000. Debido a la
inmigración y a la mayor tasa de fertilidad (un 30 por ciento
más alta que la media nacional), próximamente desplazarán a los
negros, convirtiéndose en la mayor minoría dentro de ese país.
Hoy son unos treinta millones de hispanos mal contados. En el
2050, cuando la población total de la nación se acerque a los
400 millones, serán casi 100, el 80 por ciento de ellos de origen
mexicano, mientras los negros serán algo más de 50, los anglos
200 y el resto asiáticos, nativos y otras criaturas de más
difícil clasificación según la caprichosa antropología del US
Census Bureau.
Dentro de esa categoría de ``hispanos''
--esencialmente mexicanos, puertorriqueños y cubanos-- los que
exhiben mayores ingresos son los cubanos. ¿Por qué?
Esencialmente, porque son notablemente emprendedores: sólo
constituyen el 6 por ciento de los hispanos, pero han creado el 10
por ciento de los negocios, mas con una característica: facturan
el doble como promedio. El dato de 1992 no debe haber variado
sustancialmente, aunque los volúmenes deben ser considerablemente
más altos: las 400,000 empresas mexicoamericanas ingresaban
anualmente treinta mil millones de dólares; las 100,000 cubanas
alcanzaban dieciséis mil millones. Con un elemento adicional: los
cubanos actuaban básicamente en un estado más pobre. Mientras el
ingreso familiar de California es de 38,000 dólares, el de
Florida es sólo 30,000. Cuando el contraste se establece entre
los promedios generales y las familias de origen cubano,
inmediatamente se percibe el éxito de esta pequeña minoría de
la Florida: grosso modo, los cubanos y sus descendientes --un
millón y medio dentro de un total de quince-- mantienen cien mil
del millón de empresas que posee el estado, sus ingresos
familiares están cercanos a la media, así como sus niveles de
escolaridad o delitos. Ha sido, pues, un positivo grupo de
inmigrantes, que ha contribuido al enriquecimiento del país
anfitrión en una proporción mucho mayor de lo que ha costado
absorberlos dentro de la sociedad norteamericana.
A pesar de ese cuadro, los cubanos acaban de descubrir una
incómoda verdad: sus vecinos negros, anglos y un buen porcentaje
de los propios hispanos no los quieren demasiado. ¿Por qué? En
primer término, porque no se conoce ninguna sociedad que ame a
los miembros de otro grupo calificado como ``diferente''. Los
cubanos de Miami, o los de ningún sitio, tampoco aprecian a las
demás comunidades, por muy próximas que les resulten
culturalmente. En los años treinta miles de negros caribeños
fueron expulsados de Cuba, a veces por medio de la fuerza, y
apenas hubo protestas por parte de los cubanos blancos (ni de los
negros). Hubo, en cambio, una callada complacencia. El temor, el
prejuicio y la sospecha frente al ``otro'' forman parte de la
naturaleza humana. Un admirable sociólogo del siglo XX, Georg
Simmel, incluso llegó a ver en esa hostilidad uno de los grandes
cohesivos de la sociedad: las gentes se unen para odiar al otro,
y, de paso, ese rechazo colectivo adquiere el valor positivo de
unir a la tribu para un propósito común. Ese es el secreto de la
asombrosa estabilidad de la atomizada sociedad hindú y su
fragmentación en castas. La división es lo que los mantiene
unidos. Como en el poema de Borges a Buenos Aires, ``no los une el
amor, sino el espanto''.
Es así como hay que entender las manifestaciones anticubanas
de anglos y negros (algunos) organizadas en Miami. Elián era el
pretexto y la defensa aguerrida de la señora Reno o de la bandera
americana una coartada racional para esconder una oscura
motivación que casi nadie confiesa tener. La verdad profunda es
que desde hacía mucho tiempo molestaba ese grupo con poder
económico que había instalado un mainstream o cultura dominante
paralelo al tradicional de los anglos. Los extranjeros molestan si
son pobres e insignificantes, pero molestan más si alcanzan un
buen nivel económico y adquieren poder político. Por eso los
manifestantes coreaban: ``Si usted está en América, hable
inglés o váyase''. Lo que estaban pidiendo era: ``Deje de ser
diferente y compórtese como nosotros porque nos irritan las
personas distintas'', algo perfectamente predecible en tal vez la
única ciudad de Estados Unidos donde en ciertos lugares un
estadounidense anglo o negro puede experimentar la sensación de
ser un extraño rodeado de sonidos, olores o idiomas que le
resultan poco familiares. ¿Qué deben hacer los cubanos --y todos
los hispanos-- ante el hecho de que viven en el seno de una
sociedad que no los aprecia porque el estereotipo que padecen es
muy negativo?
Deben aprender de los judíos: la única forma de preservar los
rasgos propios y, al mismo tiempo, prevalecer como minoría
respetada es estudiar mucho más y esforzarse mucho más que los
grupos dominantes. Ser estadísticamente más exitosos que ellos
de acuerdo con las propias categorías del grupo. Ser miembro de
una minoría detestada es padecer una especie de minusvalía
social que sólo se compensa con un extraordinario esfuerzo. A
principios de siglo se tenía a los judíos por una minoría de
campesinos analfabetos. Entonces era más fácil ser antisemita.
Hoy constituyen el mejor segmento de la sociedad. El más
constructivo. Y eso hay que explicárselo muy bien y muy
persuasivamente a cualquier niño perteneciente a una etnia
minoritaria que se desarrolle en una sociedad en la que su cultura
no es apreciada: ``Tienes que ser más perseverante y luchar más,
porque es la única forma de vencer los prejuicios de los grupos
dominantes''. Y a eso, además, hay que añadirle mecanismos de
defensa legal semejantes a la Liga contra la Difamación, que muy
certeramente mantienen los judíos, hasta conseguir que el insulto
a los cubanos --o a los puertorriqueños, o a los colombianos--
sea tan políticamente incorrecto como burlarse o denostar a los
homosexuales o a los inválidos. Cuando los cubanos sean más
educados y poderosos, como los judíos, por ejemplo, tampoco los
van a querer, pero los demás se abstendrán de atacarlos. Y ése
es el objetivo.
Mayo 14, 2000 |