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Uribe y su
epitafio
Carlos
Alberto Montaner
Alvaro Uribe llegó al poder con algo más
del cincuenta por ciento de los votos y hoy tiene el respaldo del setenta y
cinco por ciento de la sociedad colombiana. Eso parece sencillo, pero
no lo es. En un país como Colombia, hundido en medio de la violencia, la
pobreza y el desempleo, lo predecible es el desencanto rápido de las
multitudes, y en cuatro meses de gobierno es muy poco lo que puede haber
cambiado el panorama nacional. Por ahora a Uribe lo están juzgando por la
imagen que proyecta y no por los resultados. Eso vendrá luego, de manera
creciente, cuando al menos haya transcurrido un año de su mandato.
Hablemos, pues, de su imagen: ¿que han visto los
colombianos en él? Varias facetas. Primero, a un gobernante capaz de formular
una visión general de dónde está el país, a dónde hay que llevarlo y a qué
ritmo. Uribe sabe establecer las prioridades y su diagnóstico coincide con el
de la mayoría de sus compatriotas: la tarea más urgente es eliminar la
violencia. Si el estado no recupera el control del territorio y el monopolio
de la fuerza, y si no se somete a la sociedad al imperio de la ley, el resto
de los problemas carecen de solución. En segundo lugar, es imprescindible
crear un clima económico en el que puedan generarse miles de pequeñas y
medianas empresas capaces de aliviar el desempleo y multiplicar la riqueza.
Uribe sabe suficiente economía para entender que el estado colombiano no puede
acabar con la pobreza. Esa gigantesca hazaña tiene que realizarla la sociedad
civil. Pero Uribe también sabe que lo que sí puede lograrse desde la casa de
gobierno es crear las condiciones para que ese fenómeno sea posible. El
gobierno no puede sustituir al mercado, pero puede potenciarlo (o destruirlo)
en el terreno moral y educativo, fomentando el capital cívico y el capital
humano sobre los que se asienta el desarrollo sostenido.
¿Qué más han visto los colombianos en Uribe? Han visto el
método. Se le percibe como un hombre honrado al que no lo tienta el dinero,
febrilmente enérgico, serio, que toma sus decisiones con firmeza. No obtiene
su recompensa emocional --esa remuneración biológica que explica los
sacrificios y los extraños afanes del bicho humano-- bajo los reflectores ni
en el boato, sino en vencer las adversidades. Ahí radica su definición de
alcanzar la gloria. No parece sentirse cómodo en las grandes ceremonias
protocolares, sino en las reuniones de trabajo, sin corbata, escuchando o
proponiendo políticas públicas eminentemente prácticas. Nunca le he escuchado
--y esta es una pregunta clave que debe hacérsele a todos los políticos-- qué
epitafio le gustaría que se colocase sobre su tumba, pero me figuro que su
respuesta pudiera decir algo así: ``Presidente de Colombia que pacificó el
país, lo estabilizó en el terreno político y consiguió encaminarlo en la
dirección de la prosperidad creciente''.
El problema radica en que ni Uribe ni nadie puede
solucionar los infinitos problemas de Colombia en el corto turno presidencial
que autoriza la constitución del país. Cuatro años, sin posibilidades de
reelección, es un periodo muy corto. Pero a eso se añade un elemento que
agrava la situación: Uribe no llegó al poder al frente de un partido político
que compartiera su visión o su método de gobierno. Llegó prácticamente solo,
entre otras razones porque la sociedad colombiana había perdido la fe en los
dos viejos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, e instintiva y
simultáneamente desconfiaba de las propuestas de la izquierda vecina al
populismo socialista.
Eso quiere decir que Uribe tiene que agregar otra urgente
prioridad a sus tareas presidenciales: congregar a un grupo de colombianos
capaces de recibir la autoridad y continuar la labor de gobierno. Y eso se
llama, en buen castellano, crear un partido político, probablemente con los
escombros todavía utilizables de lo mejor del liberalismo y del
conservadurismo. El outsider, pues, tiene que renunciar a la identidad de
francotirador que lo llevó al poder, y, sin abandonar el resto de sus labores,
dedicarse a construir una institución política que le dé continuidad a su obra.
La prosperidad es hija, entre otros factores, del sosiego
y del tiempo. El capital necesita largos periodos de ''clonación'' incesante
--ese ineludible ciclo de beneficios, ahorros e inversiones--, y nada conspira
más contra el progreso que el sobresalto, la incertidumbre y la improvisación.
Uribe tiene muy buenos ministros, como Fernando Londoño, el excelente jurista,
por ejemplo, y ha sabido rodearse de gentes competentes para ser un gran
presidente, pero de muy poco va a servir su gobierno si al cabo de cuatro años
no logra prolongar su obra. Esa es la gran paradoja de los outsiders: surgen
al margen de las instituciones, o alzados contra ellas, pero sólo triunfan
realmente cuando tienen el talento de construir otras instituciones capaces de
sustituir las que ya perdieron el favor popular. Sólo así los outsiders tienen
quienes luego puedan escribirles el epitafio soñado.
Diciembre 1, 2002
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