América Latina contra
América Latina
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Magnífico. George Bush dejó a un lado las
vergonzosas fotografías de las cárceles iraquíes y encontró tiempo para
firmar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Centroamérica. Lo hizo
discretamente, sin demasiada alharaca. La libertad económica tiene muchos
enemigos en Estados Unidos y estamos en época de elecciones. Si hace mucho
ruido se le tiran al cuello Pat Buchanan, Dick Gephardt y el resto de la
banda proteccionista situada a la derecha y a la izquierda del espectro
político nacional. El argumento de que Estados Unidos está exportando
puestos de trabajo es una seductora falacia que puede costar algunos votos.
Los centroamericanos deben estar orgullosos de haber
vencido las reticencias de los negociadores de Washington y las resistencias
nacionales. No es fácil luchar contra los ''antiglobalizadores''. Son gente
intelectualmente limitada, pero patológicamente terca y llena de energía, lo
que suele constituir una combinación desesperante. Para el salvadoreño
Francisco Flores, a punto de entregar la presidencia, es un triunfo personal
con el que culmina una brillante etapa de su vida. Lo mismo puede decirse
del costarricense Abel Pacheco, del hondureño Ricardo Maduro o del
nicaragüense Enrique Bolaños. Lucharon duro y lograron forjar el acuerdo. El
guatemalteco Oscar Berger acaba de alcanzar el poder, así que no es suyo el
mérito de la negociación, pero es justo reconocerle su entusiasmo. Sabe que
a medio y largo plazo el TLC beneficia a su país.
Ya están a bordo México y Chile. Las próximas naciones
en pactar con Estados Unidos y Canadá serán República Dominicana y Panamá.
Después seguirán, probablemente, Perú, Colombia y Ecuador, si es que en
estos tres últimos países no se descarrila la tendencia hacia la libertad
económica y la voluntad de colaboración con el primer mundo que postula la
minoría más educada. Pero a partir de este punto el panorama es más dudoso y
puede hablarse de una epidemia de presbicia histórica: es la vista cansada
de los políticos ideológicamente viejos. La clase dirigente oficialista de
Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia y Venezuela, alentada desde La Habana
por Fidel Castro, defiende otro modelo de desarrollo, refractario a la
integración y a la apertura comercial, anclado en las supersticiones
populistas de mediados del siglo XX. Si las próximas elecciones uruguayas
son ganadas por el Frente Amplio, hacia esa dirección también basculará
Uruguay: viajará fatalmente al pasado.
Manuel Rocha, brillante ex embajador de Estados Unidos
en Bolivia y diplomático con más de veinte años de experiencia en la región,
lo explica y sintetiza en pocas palabras: En el mundo hispano se están
conformando dos Américas. Hay una moderna, cuyo exponente más exitoso es
Chile, que cree en la economía de mercado y en la emulación de los países
más prósperos, que colabora en todos los órdenes con las naciones punteras
de Occidente, y hay otra que insiste en rechazar el capitalismo, reafirma su
fe inquebrantable en el estado como motor de la economía, y continúa
buscando una invariablemente esquiva tercera vía que la redima de la miseria.
La América que progresará será la primera. Pero la otra, la que andará
retrasada, la que insensiblemente verá aumentar su porcentaje de pobres,
será la que la izquierda calificará de ``progresista y revolucionaria''. Son
perversiones del lenguaje.
Las relaciones entre estas dos Américas no siempre
serán cálidas. Ahora mismo es evidente la existencia de una rencorosa
ofensiva contra Chile. Molesta que ese país hoy tenga el más alto nivel per
cápita del continente y continúe creciendo a ritmo acelerado. El éxito de
Chile es la insoportable prueba de la superioridad del modelo del mercado y
la libertad económica. Hugo Chávez y Fidel Castro no cesan de atacar al
gobierno de Ricardo Lagos. La Argentina incumple sin ningún recato los
contratos de suministro de energía con Chile, y Bolivia, frívolamente, le
plantea a su vecino una opción imposible: sólo tendrá gas natural a cambio
de ceder parcelas de soberanía en el Pacífico.
Por ahora el enfrentamiento se limita a escaramuzas
verbales, pero no hay ninguna garantía de que las tensiones entre las dos
Américas no evolucionen en el futuro hacia la violencia. Cada día que pasa
parece más probable que en Bolivia llegue al poder una persona como el
cocalero Evo Morales, suma y resumen del disparate tercermundista en su
modalidad indigenista más delirante. Con Chávez en Caracas, Castro en La
Habana y Morales en La Paz, sumados a la complaciente indiferencia del
argentino Kirchner y a la perplejidad de Lula, hay suficientes ingredientes
para que surja la conflagración. Todavía estamos a tiempo de evitarlo. Ya se
sabe que para ahuyentar al diablo lo primero que hay que hacer es
mencionarlo. Por eso, tal vez, escribo esta columna.
Mayo 30, 2004