Fracasa penosamente la educación latinoamericana
Carlos Alberto Montaner
Madrid
-- Los chilenos y los mexicanos están asustados. Los estudiantes de cuarto y
de octavo grado de esas dos naciones, cuando contrastan sus conocimientos de
matemáticas, ciencias y comprensión de lectura con los de otros países del
mundo, suelen quedar en los últimos puestos.
Las dos pruebas internacionales más
acreditadas se conocen por sus iniciales: PISA y TIMSS. En ambas, de una
manera objetiva y aleatoria se examina a decenas de miles de estudiantes de
treinta a cuarenta y seis países mediante una batería de tests
adaptados a las diferentes culturas y basados en el contenido de los
programas educativos declarados por estas naciones. Luego se computan los
resultados y se establecen las clasificaciones.
Los primeros de la lista suelen ser
pueblos asiáticos: Singapur, Corea, Taiwan o Japón. Junto a ellos, y a veces
sobre ellos, la sorprendente Finlandia. En general, las naciones
escandinavas y las bálticas obtienen buena puntuación. Entre los pueblos de
estirpe británica, el peor colocado es Estados Unidos, tras naciones como
Inglaterra, Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Irlanda. Pero Estados Unidos,
pese a todo, no exhibe un desempeño escolar muy negativo. Generalmente se
aproxima a la media de los países escrutados. Obtiene resultados mediocres,
pero no malos. En cambio, la Europa grecolatina --España, Italia, Grecia--
sale bastante peor. Sus promedios están entre los más bajos de los países
económicamente desarrollados.
Los datos latinoamericanos son
escasos, porque los gobiernos no quieren exponerse a la crítica y optan por
no participar, pero cuando aparecen son lamentables. Chile, que es el país
más próspero y exitoso de América Latina, en el terreno de las matemáticas
ocupa el lugar 39 y en las ciencias el 36 de entre 46, más o menos como
Marruecos, Egipto o Filipinas. En otras pruebas parecidas, Colombia, Brasil
y Perú caen por debajo de Chile. México en PISA 2003 descubrió que el 50% de
los estudiantes de 15 años que han terminado la enseñanza obligatoria ni
siquiera pueden seguir instrucciones para solucionar problemas matemáticos.
Son semianalfabetos funcionales.
Parece que las causas de este
desastre son múltiples, pero la de más peso puede ser una combinación entre
la mala calidad de los maestros y la poca presión familiar para forzar el
rendimiento escolar de niños y jóvenes. Donde existe una gran pulsión social
hacia la obtención de logros y el cumplimiento de metas, lo probable es que
ese rasgo cultural se aprecie en los resultados escolares.
Pero también es pertinente hacerse
una pregunta de fondo: hasta qué punto es realmente decisivo que los
estudiantes sean excelentes, mediocres o malos en el dominio de las
matemáticas, las ciencias o la lectura de textos complejos. Tal vez mucho
más importante que la calidad del sistema educativo es la calidad general
del modelo de sociedad donde opera la educación.
Esto es lo que explicaría la
paradoja suiza de ser una nación con estudiantes mediocres que posee $32,000
de PPP (Power Purchase Parity) mientras los más avispados taiwaneses
sólo alcanzan $23,000. Por supuesto, lo ideal es contar con un robusto
estado de derecho capaz de educar a los mejores estudiantes del planeta,
pero no debe olvidarse que el grado de conocimientos que se adquiere en la
escuela es menos determinante que el peso de las instituciones y los valores
y actitudes de las personas para lograr el desarrollo de una comunidad
próspera y armónica. Lo grave es cuando la escuela ni informa ni forma
convenientemente. Y algo de eso parece que sucede en América Latina.
Enero 2, 2005
Imprimir
esta página