El problema no está en el modelo
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- En una reciente
encuesta sobre las causas de la miseria popular efectuada entre
universitarios limeños, una clara mayoría de los estudiantes culpó al
sistema capitalista. En un parecido ejercicio efectuado en Argentina los
resultados fueron aún más abrumadores: un 62 por ciento responsabilizó a la
economía de mercado y, por supuesto, a los pérfidos norteamericanos de casi
todas las desdichas que atraviesa el mundo. No en balde el economista Carlos
Rodríguez Braun afirma que el mejor amigo del hombre latinoamericano no es
el perro, sino el chivo expiatorio.
Estoy seguro de que en la casi totalidad de América
Latina reinan más o menos esas mismas percepciones. Es lo que se suele
repetir en las cátedras universitarias, lo que se lee en los periódicos y lo
que dicen muchos políticos y líderes religiosos. Por otra parte, es lo que
parece confirmar la realidad: si la mitad de la población latinoamericana es
miserable, y vive en casuchas de barro y latón, en sociedades organizadas en
sistemas que se autotitulan democracias capitalistas, es natural que una
buena parte del pueblo piense que el modelo no funciona. Por eso no decaen
ni el populismo ni las actitudes antidemocráticas: ¿por qué defender lo que,
aparentemente, ha fallado?
En América Latina se entienden mal tanto la economía de
mercado como la democracia. Para que un país cree riquezas y excedentes de
manera permanente no basta con que exista el derecho a crear empresas
privadas y a poseer propiedad. En Haití, por ejemplo, nunca han faltado
empresas privadas o propietarios. Tampoco la existencia de elecciones
periódicas y parlamentos garantiza un buen funcionamiento de las
instituciones. En Ecuador o en Bolivia el pueblo vota y los legisladores se
reúnen, pero la estructura republicana --los tres poderes que se equilibran
y contrapesan-- no es capaz de mantener el orden y garantizar la paz y la
seguridad de los ciudadanos. A veces, incluso, da la impresión de que en
esos países la concurrencia conflictiva de estos tres poderes se convierte
en un gran obstáculo para la convivencia sosegada.
Teóricamente, las sociedades suiza y paraguaya suscriben
los mismos ''modelos'' económicos y políticos, pero en Suiza funcionan muy
bien y en Paraguay bastante mal. El problema, pues, no está en el modelo
teórico, sino en el modo de empleo. En Suiza el Estado de Derecho es
confiable, los políticos y los ciudadanos obedecen las leyes, las personas
tienen acceso a juicios razonablemente justos, las universidades enseñan e
investigan, las empresas crecen e invierten, las diversas comunidades
étnicas, aunque no se amen profundamente no se proponen demoler el Estado, y
los sindicatos no efectúan demandas absurdas. Eso ha sido así durante un
tiempo prolongado (al menos desde 1848), lo que ha potenciado un crecimiento
sostenido y la grata certeza de que mañana será siempre mejor que hoy. En
Paraguay, en cambio ¿para qué repetir lo que todos sabemos?
¿Cómo conseguir que la dichosa combinación entre el
mercado y la democracia proporcione en América Latina a largo plazo los
mismos frutos que ha dado en países como Holanda, Dinamarca, Irlanda e,
incluso, España y Portugal?
La respuesta quizás esté en la experiencia chilena o en
la española tras la muerte de Franco: todo comienza con forjar un claro
consenso entre la mayor parte de la clase dirigente sensata, a la derecha e
izquierda del arco político. Un acuerdo basado en preservar los cuatro
pilares básicos del sistema, tal y como se presentan en las veinte naciones
más exitosas del planeta: respeto total al Estado de Derecho (lo que implica
el fin de la impunidad); democracia como método para tomar decisiones
colectivas (que no puedan vulnerar los derechos individuales); propiedad
privada y mercado (en lugar de estatismo y planificación); y apertura al
exterior con el objeto de interrelacionarse decisivamente en los terrenos
financiero, tecnológico y comercial con el primer mundo. Cualquier sociedad
que ponga rumbo con firmeza en esa dirección durante un tiempo prolongado
acabará por llegar a buen puerto. El problema no está en el modelo. Está en
la forma de utilizarlo.
Julio 31, 2005
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