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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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El problema no está en el modelo

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- En una reciente encuesta sobre las causas de la miseria popular efectuada entre universitarios limeños, una clara mayoría de los estudiantes culpó al sistema capitalista. En un parecido ejercicio efectuado en Argentina los resultados fueron aún más abrumadores: un 62 por ciento responsabilizó a la economía de mercado y, por supuesto, a los pérfidos norteamericanos de casi todas las desdichas que atraviesa el mundo. No en balde el economista Carlos Rodríguez Braun afirma que el mejor amigo del hombre latinoamericano no es el perro, sino el chivo expiatorio.

Estoy seguro de que en la casi totalidad de América Latina reinan más o menos esas mismas percepciones. Es lo que se suele repetir en las cátedras universitarias, lo que se lee en los periódicos y lo que dicen muchos políticos y líderes religiosos. Por otra parte, es lo que parece confirmar la realidad: si la mitad de la población latinoamericana es miserable, y vive en casuchas de barro y latón, en sociedades organizadas en sistemas que se autotitulan democracias capitalistas, es natural que una buena parte del pueblo piense que el modelo no funciona. Por eso no decaen ni el populismo ni las actitudes antidemocráticas: ¿por qué defender lo que, aparentemente, ha fallado?

En América Latina se entienden mal tanto la economía de mercado como la democracia. Para que un país cree riquezas y excedentes de manera permanente no basta con que exista el derecho a crear empresas privadas y a poseer propiedad. En Haití, por ejemplo, nunca han faltado empresas privadas o propietarios. Tampoco la existencia de elecciones periódicas y parlamentos garantiza un buen funcionamiento de las instituciones. En Ecuador o en Bolivia el pueblo vota y los legisladores se reúnen, pero la estructura republicana --los tres poderes que se equilibran y contrapesan-- no es capaz de mantener el orden y garantizar la paz y la seguridad de los ciudadanos. A veces, incluso, da la impresión de que en esos países la concurrencia conflictiva de estos tres poderes se convierte en un gran obstáculo para la convivencia sosegada.

Teóricamente, las sociedades suiza y paraguaya suscriben los mismos ''modelos'' económicos y políticos, pero en Suiza funcionan muy bien y en Paraguay bastante mal. El problema, pues, no está en el modelo teórico, sino en el modo de empleo. En Suiza el Estado de Derecho es confiable, los políticos y los ciudadanos obedecen las leyes, las personas tienen acceso a juicios razonablemente justos, las universidades enseñan e investigan, las empresas crecen e invierten, las diversas comunidades étnicas, aunque no se amen profundamente no se proponen demoler el Estado, y los sindicatos no efectúan demandas absurdas. Eso ha sido así durante un tiempo prolongado (al menos desde 1848), lo que ha potenciado un crecimiento sostenido y la grata certeza de que mañana será siempre mejor que hoy. En Paraguay, en cambio ¿para qué repetir lo que todos sabemos?

¿Cómo conseguir que la dichosa combinación entre el mercado y la democracia proporcione en América Latina a largo plazo los mismos frutos que ha dado en países como Holanda, Dinamarca, Irlanda e, incluso, España y Portugal?

La respuesta quizás esté en la experiencia chilena o en la española tras la muerte de Franco: todo comienza con forjar un claro consenso entre la mayor parte de la clase dirigente sensata, a la derecha e izquierda del arco político. Un acuerdo basado en preservar los cuatro pilares básicos del sistema, tal y como se presentan en las veinte naciones más exitosas del planeta: respeto total al Estado de Derecho (lo que implica el fin de la impunidad); democracia como método para tomar decisiones colectivas (que no puedan vulnerar los derechos individuales); propiedad privada y mercado (en lugar de estatismo y planificación); y apertura al exterior con el objeto de interrelacionarse decisivamente en los terrenos financiero, tecnológico y comercial con el primer mundo. Cualquier sociedad que ponga rumbo con firmeza en esa dirección durante un tiempo prolongado acabará por llegar a buen puerto. El problema no está en el modelo. Está en la forma de utilizarlo.

Julio 31, 2005

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