La fragmentación de España
Carlos Alberto Montaner
Mientras Zapatero intenta unir al planeta mediante un
fantástico diálogo de civilizaciones, España se va resquebrajando
peligrosamente ante su pasmada indiferencia. Los dos fragmentos más
evidentes e inmediatos son Cataluña y las provincias vascas, las zonas más
desarrolladas del país. Pero ahí, naturalmente, no se detendrá el espasmo
centrífugo: en su momento, cuando el regionalismo cobre más vigor, las
tendencias separatistas aumentarán sensiblemente en Galicia y en Canarias.
En Galicia, donde hace unos años el independentismo era apenas perceptible,
ya cogobierna un partido de esa orientación. Se trata de un grupo
severamente radical que en algunos temas bordea las ideas comunistas. En
Canarias, lentamente, va renaciendo un embrión rupturista que se creía
desaparecido desde los años ochenta.
El sentimiento nacionalista no es, por supuesto, un tema
que apasione a la mayoría de los españoles. No se trata de un clamor
popular. Apenas entre un 20 y 30 por ciento de la población vasca o catalana
desea realmente establecer un Estado independiente. Entre gallegos y
canarios la franja independista es aún menor: no alcanza al cinco por
ciento. La mayoría de la sociedad tiene otras prioridades: mejorar de
trabajo y de salario, educar a la familia, cambiar el coche, ir de
vacaciones o ver ganar a su equipo de fútbol. Pero el fenómeno nacionalista
en ninguna parte se alimenta de masas enfervorizadas. Es siempre la obra
tenaz de grupos emocionalmente comprometidos con una causa que consideran
sagrada y por la que los más audaces e inescrupulosos están dispuestos a
matar o a morir. Así ha sido siempre.
Por otra parte, el hecho de que una abrumadora mayoría de
los españoles no desee la fragmentación del país en varios estados
independientes tampoco quiere decir que están decididos a sacrificarse por
tratar de impedirlo. España, al fin y al cabo, es una abstracción. El país
hasta carece de mitos, héroes históricos y símbolos compartidos. Esa era una
visión de la derecha que se desvaneció tras la muerte de Franco. Ni siquiera
existe un claro consenso sobre la bandera o el escudo nacionales. Ello
explica que a escala general entre los españolistas prevalece la misma
indiferencia y la misma tabla de valores diminuta y dulcemente hogareña que
opera en las regiones: lo realmente importante es el sueldo, el coche, o la
fiesta con los amigos para ver el partido de fútbol. Los españolistas
militantes que pueden, como Unamuno, repetir aquello de ''me duele España'',
tampoco exceden del 20 o 30 por ciento del censo.
¿Podría detenerse o al menos retardarse sustancialmente
este proceso creciente de ruptura? En realidad, no parece. Podría, si los
dos grandes partidos nacionales, los socialistas y los populares, forjan un
pacto en defensa del Estado español, pero los socialistas de Zapatero
prefieren gobernar con el apoyo de los independentistas regionales, aunque
deban ceder crecientes cuotas de autoridad, y hasta están dispuestos a
alcanzar acuerdos secretos con los terroristas de ETA, antes que acercarse a
sus adversarios de centro-derecha para fortalecer al Estado central.
Parece, pues, que el pano
rama político español entra en un periodo crítico que
puede desembocar en una alternativa realmente peligrosa: algunas regiones
invocan el derecho a la autodeterminación, se desgajan del Estado y ponen
tienda aparte, o acaso se rediseña un modelo de gobierno donde el poder
central apenas conserve un valor simbólico, sin otras tareas que imprimir
discretos sellos de correo y entretener a los embajadores acreditados en
Madrid.
¿Y la monarquía? En el primero de estos dos escenarios,
lo probable es que sea abolida. La principal función de la Corona es ser el
punto de convergencia de todos los españoles. Si deja de serlo, ¿qué sentido
tiene mantener esa fallida institución? Al fin y al cabo, sería la cuarta
vez que la dinastía de los Borbones desaparece de la historia de España,
pero entonces ocurriría de manera definitiva. Las tres primeras, restaurada
de forma casi milagrosa. En el segundo escenario, tal vez sería posible
salvar la monarquía, sacrificando totalmente al Presidente de Gobierno, pues
ya no tendría sentido la existencia de un poder central. En cualquiera de
los dos casos, España habría muerto. Con ella, por cierto, desaparecería una
de las más extraordinarias aventuras históricas del último milenio.
Septiembre 18, 2005
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