Bolivia o
la terca insistencia en el disparate
Carlos Alberto Montaner
La mitad de los bolivianos votó
por el dirigente cocalero Evo Morales, un consumado neopopulista de la
cuerda política de Hugo Chávez y Fidel Castro. Lo acompañaba en la boleta,
en calidad de vicepresidente, un ex guerrillero que en los años noventa fue
a la cárcel por emplear las armas para tratar de destruir el frágil sistema
democrático que sostenía al país. Durante la campaña, el hoy presidente
electo prometió la inmediata nacionalización de los recursos energéticos y
de las comunicaciones. También aseguró que su elección lo convertiría en una
pesadilla para los Estados Unidos. Cumplirá ambas advertencias.
Las creencias de Morales son muy apreciadas en esa
convulsa porción del planeta: estatismo, dirigismo, colectivismo, rechazo al
mercado y a la apertura comercial, proteccionismo, nacionalismo y
antiamericanismo. Estamos, pues, ante otra aventura revolucionaria de las
muchas que ha vivido ese atribulado continente a lo largo del último siglo,
desde que en 1910 los mexicanos se enfrascaron en una sangrienta guerra
civil que no terminó hasta casi dos décadas más tarde. El único matiz que
Morales aporta es un enérgico compromiso racial con quechuas, aymaras y
guaraníes, acaso la mayoría del censo nacional, así como su defensa del
cultivo de la hoja de coca para consumo nacional.
Naturalmente, el señor Morales fracasará, exactamente
de la misma manera que fracasaron o fracasan Perón, Velasco Alvarado, los
sandinistas, Chávez, Castro y el resto de la infatigable patulea
revolucionaria, a izquierda y derecha del espectro ideológico. Los
revolucionarios siempre terminan en el mayor desastre porque el presupuesto
político del que parten está equivocado. Si algo se pudo aprender y
confirmar innumerables veces a lo largo del siglo XX es que el desarrollo,
la prosperidad general y la armonía social son la consecuencia de la
seguridad jurídica, las inversiones y la colaboración internacional, el
mercado, la libertad para producir o consumir y la educación.
La eficaz interacción entre esos factores durante un
largo periodo -entre
15 y 30 años-,
dentro de un Estado de Derecho razonable, establece un clima propicio para
la creación de empresas capaces de generar beneficios, ahorrar, invertir y
multiplicar ad infinitum el ciclo del desarrollo. Esa, con
diversas variantes, es la historia económica de España, Irlanda, Chile,
Taiwán, Corea del Sur y del resto de los países que han logrado dar un salto
a la prosperidad, reduciendo sustancialmente los niveles de pobreza. Sólo
que esos ejemplos nada tienen que ver con el clima de atropellos, violencia
y arbitrariedad que caracteriza a los gobiernos revolucionarios, tenazmente
empeñados en encontrar un atajo hacia el éxito que sólo existe en las
afiebradas maquinaciones de sus fantasías ideológicas.
Los revolucionarios, además, no sólo se enfrentan a la
experiencia y a la realidad. También, tozudamente, se lanzan contra la
esencia misma del modelo de Estado que conquistan, ya sea por la fuerza o
mediante el voto. En efecto: el modelo republicano latinoamericano con el
que se fundaron nuestras naciones
-muy
influido por Estados Unidos-,
fue concebido para garantizar la propiedad y los derechos individuales, con
poderes que se equilibraban y límites claros a la autoridad oficial. Se
trataba de una arquitectura institucional al servicio de un individuo libre
-el
gran protagonista de la historia-,
absolutamente contraria a la nefasta superstición revolucionaria de que la
justicia, la equidad y el progreso dependen de las acciones de una persona
excepcional y generosa que toma adecuadamente todas las decisiones
importantes en nombre de un pasivo sujeto plural llamado “pueblo”.
¿Hasta cuándo las sociedades latinoamericanas seguirán
repitiendo el mismo disparate? Es difícil saberlo, pero los síntomas apuntan
a que este comportamiento suicida es un rasgo prácticamente inherente al
tipo de formación e información que recibe el bicho latinoamericano desde la
cuna, lo que lo condena a equivocarse incesantemente. Si uno tiene la cabeza
llena de errores, lo predecible es que actúe equivocadamente. La propia
Bolivia parecía ser el terreno menos propicio para intentar, otra vez, el
camino revolucionario, pero no ha sido así. En 1952 el país tuvo una
sangrienta y profunda revolución social, saldada años más tarde en medio del
mayor desbarajuste y una inflación del 50,000 anual. En 1985, Víctor Paz
Estenssoro, el líder de esa revolución y su mejor cabeza política, regresó
al poder con la lección aprendida y dispuesto a someterse a los dictados del
sentido común, lo que le permitió reencaminar a la nación en la dirección
correcta, que era la de los países que habían conseguido escapar del
subdesarrollo. Los bolivianos, sin embargo, han optado por insistir en el
error. Inevitablemente, les saldrá muy mal.
Diciembre 25, 2005
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