Fidel Castro y su `cosa nostra'
Carlos Alberto Montaner
Cuando un amigo común se le quejó a Abel Prieto, ministro de
Cultura en Cuba, de la golpiza dada por una turba a la señora Martha Beatriz
Roque Cabello, una economista enferma de 61 años, éste bajó la cabeza y se
excusó diciendo que ésas ''eran cosas de Fidel''. Le daba vergüenza que se
cometiera un acto tan cobarde. A él le habría gustado poder evitarlo, pero
no estaba en sus manos. En sus manos sólo estaba renunciar al gobierno, pero
le faltaba valor para hacerlo. Pero tenía razón: salvo la presión
internacional, en Cuba nada ni nadie puede detener la ola de violencia y
vejaciones que sufren los demócratas, dentro y fuera de las cárceles, porque
es el propio comandante quien ha dado la orden a sus numerosos matones para
que golpeen, humillen, escupan e insulten a todo aquél que se atreva a
criticar públicamente a su gobierno.
No se trata de actos aislados perpetrados por unos tipos
sádicos. Es un plan cuidadosamente meditado. En las cárceles, los guardias
tienen instrucciones para patear sin compasión a los presos políticos, o
para dejarlos morir si se enferman, como está sucediendo con Héctor Maseda,
con Héctor Palacios, con Oscar Elías Biscet y otras docenas de demócratas
condenados por escribir artículos, prestar libros prohibidos, pedir un
referéndum o distribuir la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Fuera de las cárceles, esa labor de represión violenta les corresponde al
Partido Comunista y a la implacable policía política adscrita al Ministerio
del Interior. El ministro, el general Abelardo Colomé Ibarra, supervisa
hasta los últimos detalles de los llamados ''actos de repudio'' --los
pogromos contra los disidentes--, los hace filmar, y pasa a Fidel y Raúl
Castro una descripción detallada de los ataques a la oposición, junto a los
videos en los que se registran estos actos.
Esta barbarie se deriva de la naturaleza psicológica de
Fidel Castro y de su aprendizaje juvenil. Fidel es un tipo corpulento y
agresivo que necesita constantemente demostrase él mismo y demostrar al
mundo que nadie puede retarlo impunemente en ningún terreno. De adolescente,
en la escuela, apostó a que era capaz de tirarse de cabeza contra una pared.
Lo hizo, y la conmoción cerebral lo mantuvo en cama cuatro días. Luego, en
la universidad, se convirtió en adulto en un ambiente sumamente violento en
el que el liderazgo se imponía mediante la eliminación física del adversario
o por medio de la intimidación total.
Así era la atmósfera del gangsterismo político en La Habana
de los cuarenta. A los 19 años, Fidel Castro intentó asesinar a tiros a otro
estudiante, a Leonel Gómez, sólo para demostrar que él era una persona capaz
de cualquier cosa. La permanente pistola al cinto era una señal.
Sencillamente, estaba estableciendo su superio-
ridad por un procedimiento bastante común entre los
animales: exhibiendo su capacidad para hacer daño sin límites. Pocos años
más tarde, iniciada la década de los cincuenta, cuando la oposición a
Batista se dividió entre electoralistas que buscaban terminar con la
dictadura por medios civilizados y los que habían elegido la vía de la
insurrección armada, Fidel Castro organizó sus primeros pogromos para
aterrorizar a los políticos pacíficos, muchos de ellos ex compañeros de su
mismo Partido Ortodoxo. Para él la revolución sólo era otra forma de
expresar su vocación pandillera, y aprendió, desgraciadamente, que el método
funciona. Infundir miedo le ha servido para llegar al poder y para
mantenerse en él durante casi medio siglo. Una de las frases que en privado
más le gusta repetir --y suele hacerlo en un tono torvo acompañado por
gestos de fiereza-- revela su carácter y sus convicciones: ``Nosotros
conquistamos el poder por la fuerza, el que lo quiera deberá quitárnoslo de
la misma manera''.
Este matonismo ni siquiera se limita a Cuba. Castro les ha
dado instrucciones a sus embajadores para que fuera de la isla reproduzcan
el mismo comportamiento. Por eso las embajadas cubanas, sirviéndose de sus
simpatizantes, y a veces de los propios diplomáticos, ''revientan'' las
conferencias o las apariciones públicas de figuras notables de la oposición,
como los escritores Raúl Rivero, Zoé Valdés, Angel Cuadra, el comandante
Húber Matos, el profesor Orlando Gutiérrez o el activista de derechos
humanos Frank Calzón, golpeado por un funcionario cubano hasta dejarlo
inconsciente, nada menos que en el palacete de Naciones Unidas de Ginebra
donde se discutía si en Cuba se violaban o no las libertades de los
ciudadanos.
Todos los días recibo tres o cuatro mensajes de madres,
hijas o esposas que denuncian los horrores que padecen sus familiares dentro
y fuera de las prisiones y me piden ayuda. A mi alcance sólo está divulgar
lo que me cuentan. Les sugiero, eso sí, que documenten esos agravios para
cuando llegue el día de la libertad. Será, también, la hora de la justicia.
Mayor 7, 2006
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