Cuba y
la oposición democrática
Carlos Alberto Montaner
Cuba, dos perspectivas: Unión Europea y Cubanos
Asociación de Iberoamericanos por la Libertad
Casa de América, Madrid, 3 de febrero de 2009
La Asociación de Iberoamericanos por la Libertad, presidida por el
Dr. Antonio Guedes, me ha pedido que comparta algunas reflexiones sobre la
oposición democrática cubana. Acepto el reto, pero comienzo por decir que no
puedo hablar a nombre de las decenas de organizaciones que dentro y fuera de
la Isla tienen sus puntos de vista y sus estrategias, como corresponde a una
sociedad compleja y con cierto grado de sofisticación, aunque creo mantener
magníficas relaciones con la mayor parte de los líderes que las dirigen. De
manera que mis opiniones sólo deben tomarse como el criterio personal de
alguien, eso sí, que desde hace varias décadas no ha dejado de prestarles
atención y ayuda a los grupos empeñados en lograr que en Cuba se establezca
un régimen político plural en el que se respeten las libertades individuales
y los derechos humanos.
En todo caso, me parece un tema extremadamente importante, dado que la
dictadura cubana, como parte de su estrategia inmovilista, se empeña en
presentar a la oposición como una lamentable pandilla de fascistas al
servicio de Estados Unidos, con el objeto de demostrar que no existe una
mejor opción al gobierno comunista, ni los cubanos dentro de la Isla la
desean, aseveraciones que se dan de bruces con la realidad. Lo cierto es que
dentro de la oposición democrática están dados todos los factores de
conocimiento, moderación y sentido común para contribuir muy
constructivamente con la transición hacia la libertad.
La
tradición revolucionaria
Una inevitable observación ab initio es que la experiencia de
medio siglo de dictadura comunista ha cambiado totalmente el comportamiento
político de la oposición cubana. Durante los 57 años que duró nuestra corta
experiencia republicana, desde la constitución de un estado independiente en
1902 hasta el colapso de la dictadura de Batista el 1 de enero de 1959, los
cubanos solían recurrir a la violencia para dirimir sus crisis políticas o
para imponer la voluntad de los caudillos. Esto nos precipitó a conatos de
guerras civiles en 1906, 1912 y 1917, a la revolución de 1933, al golpe
militar de 1952 y, finalmente, al triunfo de la revolución de 1959, con
Fidel Castro como “Máximo líder” del país, título con que untuosamente lo
bautizaron a partir de entonces.
Esa tradición de violencia continuó durante los primeros años del castrismo,
cuando la oposición, conducida por la inercia y la costumbre, intentó
impedir la entronización de la dictadura comunista recurriendo a los medios
convencionales de lucha que la sociedad solía practicar, y con los que
acababa de liquidar a Batista: desembarcos armados como el protagonizado en
Bahía de Cochinos en 1961, alzamientos guerrilleros como los que se
produjeron en la sierra del Escambray (1961 a 1966), conspiraciones
militares, sabotajes y actos terroristas. Nada de esto era sorprendente para
los cubanos, dado que una buena parte de los líderes de la lucha contra el
comunismo provenían de la guerra contra Batista: Huber Matos, Manuel Artime,
Humberto Sorí Marín, Manuel Ray, David Salvador, Porfirio Remberto Ramírez,
Aldo Vera y un larguísimo etcétera
que pudiera incluir decenas de personalidades notables que dirigieron los
primeros enfrentamientos con el castrismo.
Ese modo violento de intentar reemplazar por la fuerza a la élite dominante
(que tampoco dejaba el menor espacio para la lucha cívica, todo hay que
decirlo) llegó aproximadamente hasta 1966, cuando fueron liquidados los
últimos focos de campesinos guerrilleros en las montañas del centro de la
Isla, periodo en el que el gobierno consiguió armar eficazmente un enorme
aparato represivo, calcado del modelo soviético, que les hizo prácticamente
imposible a sus enemigos apelar a la resistencia armada con el objeto de
derrocarlo.
Un
cambio de visión y de comportamiento
A partir de ese punto, en la siguiente década, bajo la influencia en la
distancia de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y del eco
de la resistencia pacífica de los disidentes en la Europa comunista, comenzó
una lenta evolución ideológica y estratégica en las filas de la oposición
democrática cubana, con un notable punto de inflexión: el arribo al poder en
Washington del presidente Jimmy Carter y su defensa de los Derechos Humanos
como estandarte de la política exterior norteamericana dentro del espíritu
de los Acuerdos de Helsinki firmados a mediados de los años setenta.
Esa atmósfera pacifista y racional, que rechazaba la violencia y
reivindicaba los métodos democráticos, fue el momento en el que algunos
opositores comenzaron a comprender que tal vez había sido un error histórico
de los cubanos recurrir a la fuerza para tratar de solucionar las crisis
políticas, cuando acaso hubiera sido mucho más sensato intentar la vía de
las negociaciones y la búsqueda de mecanismos de consenso que permitieran
salvar los escollos dentro de las instituciones sin necesidad de derribar
periódicamente las estructuras republicanas.
Finalmente, en 1976, media docena de opositores cubanos procedentes de la
izquierda, convocados por el Profesor Ricardo Bofill
fundan en La Habana el Comité Cubano por los Derechos Humanos,
primera organización política en la historia del país que renuncia
expresamente a la violencia como método de batalla y decide colocarse bajo
el imperio de la ley para reclamar los derechos conculcados por la
dictadura. Mientras tanto, en el exilio, en Washington, por aquellas mismas
fechas la señora Elena Mederos, ex ministra del primer gabinete del gobierno
revolucionario, y el activista y politólogo Frank Calzón, fundan Of Human
Rigths con el mismo objetivo: defender por medios pacíficos y legales a
los perseguidos, disidentes y presos políticos cubanos.
Ese aggiornamento de la oposición democrática cubana, que la
acompasaba a los grandes movimientos de lucha cívica entonces vigentes en el
mundo, tuvo como corolario otra previsible evolución: la oposición comenzó a
acercarse a los paradigmas y a los discursos políticos de las principales
corrientes ideológicas vigentes en el mundo contemporáneo, escapando de
alguna manera a las raíces políticas autóctonas y a la nociva dicotomía de
“revolucionarios y contrarrevolucionarios”. Precisamente en Madrid, en 1990,
a los pocos meses del derribo del Muro de Berlín, inmersos en ese espíritu
cívico, tres grupos políticos de exiliados, con algunas ramificaciones
internas, internacionalmente vinculados a sus respectivas familias de
partidos, constituyeron la Plataforma Democrática Cubana
para tratar de propiciar un cambio pacífico hacia la democracia. Poco
después, esta nueva visión ideológica de la lucha política comenzó a
propagarse dentro de la Isla.
Una
oposición semejante a la del resto del mundo democrático
En efecto, hoy, entre los demócratas cubanos radicados en Cuba o en el
exterior existen todos los matices ideológicos que uno puede encontrar en
los parlamentos de cualquier país de Occidente, sólo que los que viven
dentro de Cuba deben sufrir el acoso permanente de la policía política,
mientras los exiliados pueden defender sus ideas sin temores de ninguna
clase. Grosso modo, en la oposición actual abundan los cubanos
democristianos, socialdemócratas, liberales y conservadores. Los hay verdes,
muy preocupados por los destrozos medioambientales que se observan en el
país, los hay fundamentalmente comprometidos con la vigilancia del respeto
por los derechos humanos, y los hay sindicalistas que reivindican los
derechos conculcados a los trabajadores.
¿Cuál de estas tendencias es más poderosa? Probablemente, es inútil
especular sobre este asunto. Más que verdaderos partidos políticos, dentro y
fuera de Cuba lo que existen son corrientes de opinión y unos pequeños
cauces estructurales que, en su momento, evolucionarán hacia verdaderas
formaciones políticas multitudinarias. Estas tendencias, además, han logrado
cierto anclaje internacional con partidos e instituciones ideológicas
afines, las llamadas “Internacionales”, lo que contribuye a fomentar la
existencia de paradigmas ideológicos claros y recetarios de políticas
públicas perfectamente razonables, extremo que de alguna forma garantiza
cuál será la previsible evolución del postcastrismo.
Esta observación tiene mucho interés porque desmiente la hipótesis de que el
fin de la dictadura comunista pudiera desembocar en un gran caos político y
económico. No es cierto: lo probable es que en Cuba se reproduzcan los
mismos esquemas teóricos que observamos en los países que consiguieron
abandonar el comunismo en Europa del Este. Las lecturas y los debates que
prevalecen entre los demócratas de la oposición apuntan en esa dirección: no
sólo quieren propiciar el fin del comunismo; también tienen muy claro hacia
dónde desean que se desplace el país de manera pacífica. Prácticamente todos
piensan en un modelo político caracterizado por el pluralismo, la
tolerancia, la alternancia en el poder y la subordinación a las reglas. Si
algo ha desaparecido del panorama ideológico cubano es la veneración por los
caudillos o el culto por la revolución.
El
régimen congelado
Lamentablemente, esa sana evolución que se observa en la oposición
democrática no está presente en el comportamiento de la dictadura. Una y
otra vez el gobierno de los hermanos Castro reitera la línea dura de los
primeros tiempos de la revolución, como si el mundo se hubiera congelado
dentro de los esquemas de la Guerra fría. Para la cúpula dirigente, el
derribo del Muro de Berlín no ha sucedido, el marxismo-leninismo continúa
vigente, y todo el esfuerzo propagandístico de su enorme maquinaria de
desinformación, dotado de un lenguaje obsceno de la más rancia estirpe
estalinista, se dedica insistentemente a presentar a la oposición
democrática como un apéndice artificial creado por Estados Unidos, y a sus
dirigentes como la “mafia de Miami” compuesta por bandas terroristas al
servicio de la CIA.
No obstante, hay evidencias clarísimas de que, bajo la superficie, la
actitud que realmente prevalece entre los partidarios del gobierno, muchos
de ellos integrados en la clase dirigente, diverge totalmente de la línea
oficial. En ese sentido, las recientes declaraciones del cantautor Pablo
Milanés
a un diario español, de acuerdo con los expertos más acreditados en los
secretos de la sociedad cubana y en el doble lenguaje que allí suele
utilizarse,
constituyen mucho más que una opinión aislada: representan el punto de vista
de la inmensa mayoría del partido comunista cubano, cuyo segmento más
importante suscribe distintos grados de lo que pudiéramos calificar como
“ánimo reformista”, actitud que, en muchos de ellos, no excluye el
pluralismo político y el fin del colectivismo marxista-leninista, como puso
de manifiesto una encuesta
realizada en la Universidad de La Habana por el propio partido (pero no
publicada) en el mes de noviembre pasado, que revelara que sólo el ocho por
ciento de los profesores y apenas el 22 por ciento de los estudiantes
mantienen el punto de vista ortodoxo que Fidel y Raúl Castro postulan.
El
fin de una etapa
¿Cómo va a terminar la dictadura cubana? Probablemente, como sucedió en
varios países que consiguieron enterrar ordenadamente sus viejas y obsoletas
dictaduras: mediante una reforma dentro de la propia estructura de poder que
rápida y progresivamente amplía los cauces de participación de la sociedad,
hasta que, recurriendo a diversos procedimientos democráticos, se procede a
desmantelar pacíficamente el viejo régimen. Eso fue lo que sucedió en
España, en Hungría, en Polonia y en la mayor parte de los países comunistas
de Europa oriental. Hay una alta probabilidad de que algo similar ocurra en
Cuba.
¿Cuándo? El primer paso será el entierro de Fidel Castro, verdadero
obstáculo frente a cualquier síntoma de sensatez y sentido común. El
segundo, se verá cuando afloren las tendencias reformistas supuestamente
alentadas por Raúl Castro como parte de la convocatoria al Sexto Congreso
del Partido Comunista, que supuestamente deberá celebrarse en el segundo
semestre de 2009.
El tercero, surgirá en el momento en que la oposición democrática pueda
comenzar a actuar con mayor libertad dentro del país. A partir de ese punto,
es muy posible que los acontecimientos comiencen a precipitarse de formas
que hoy resultan impredecibles, pero que eventualmente darán al traste con
la dictadura. Lo que parece indiscutible es que Cuba no puede ser
permanentemente la excepción marxista-leninista en una época en la que esa
opción fue totalmente abandonada como consecuencia de sus propios yerros,
atropellos y legendaria improductividad.
En Cuba sucederá lo mismo o algo muy parecido, y cuando hagamos balance de
lo que ha sido esta casi eterna pesadilla, acaso llegaremos a la conclusión
de que tanto sacrificio al menos nos ha traído una inesperada ventaja: los
cubanos hemos aprendido que la violencia revolucionaria, el caudillismo y la
intolerancia conducen siempre al peor de los destinos posibles.
Afortunadamente, pronto llegará la hora de rectificar esos nefastos
comportamientos.
Febrero 3, 2009
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