Obama
choca con los Castro
Carlos Alberto Montaner
El presidente Obama eliminó algunas restricciones que impedían que los
cubanos viajaran frecuentemente a la isla o que les remitieran dinero a sus
familiares. Fue un gesto inteligente. Una oportuna rama de olivo que había
prometido durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Lo hizo en
vísperas de su viaje a la Cumbre Americana de Trinidad y Tobago. Casi
simultáneamente declaró a CNN que esperaba que el gobierno cubano pusiera en
libertad a los presos políticos y respetara los derechos humanos, mientras
publicaba un texto, ampliamente divulgado, en el que mencionaba el marco
político adecuado para recibir plenamente a Cuba en la familia americana: la
Carta Democrática firmada en Lima por los 34 gobiernos miembros de la
OEA, precisamente el 11 de septiembre de 2001, mientras ardían las torres
gemelas.
Raúl Castro, desencantado y desencajado, reaccionó de una manera previsible:
''más de lo mismo''. En ese momento estaba en Venezuela convocado por Chávez
para agitar en el circo del ALBA, una familia excéntrica de países amantes
del colectivismo y enemigos de la democracia representativa y del sentido
común que se reúnen de vez en cuando bajo la carpa del ''socialismo del
siglo XXI'' para jugar al antiamericanismo y practicar otras formas curiosas
de la bobería. No muy lejos de Venezuela, en Haití, Hillary Clinton, la
secretaria de Estado, había dicho algo muy similar: ahora le tocaba a Cuba
responder a la buena voluntad del gobierno de Obama con una señal de cambio.
Para La Habana aparentemente era algo muy fácil: si Estados Unidos facilita
la entrada de los cubanos a la isla, ¿por qué Cuba no hace lo mismo y
propicia que sus ciudadanos puedan entrar y salir libremente del país, como
sucede en casi todo el planeta?
Raúl Castro tenía razón. Lo que Obama está planteando con relación a la isla
es muy parecido a lo que han dicho antes que él otros diez presidentes
norteamericanos (y lo que sostiene la Unión Europea, al menos desde que en
1996 los países miembros concretaron una posición común a instancias de
España): Estados Unidos está dispuesto a entablar relaciones enteramente
normales con Cuba, pero sólo si su gobierno evoluciona en dirección de la
apertura política y el respeto por los derechos humanos y las libertades
civiles. Washington, en suma, propugna un cambio de régimen en el país
vecino. No está dispuesto a aceptar como ''normal'' y permanente esa
dictadura comunista calcada del viejo y desacreditado modelo soviético,
prácticamente ya desaparecido en todo el mundo. Obama, como sus antecesores,
no admite la coartada de la ''soberanía''. Cuba debe cambiar.
¿Por qué esa insistencia? ¿Por qué Estados Unidos no puede convivir
armónicamente con una satrapía comunista de la misma manera que en el pasado
lo hizo con las dictaduras de Trujillo o Somoza? Las razones fundamentales
son tres:
-
Porque Estados Unidos, tras un siglo de fracasos, al fin comprendió que
era un cínico error mantener buenas relaciones con las tiranías en un
continente supuestamente comprometido con las libertades, como se
acredita en la Carta Democrática de la OEA. ¿No criticaban a
Estados Unidos por tener vínculos amistosos con las dictaduras
latinoamericanas?
-
Porque el caso cubano tiene un claro componente de política interna
norteamericana. El 25% de la población cubana, unos tres millones de
personas (nacidos en Cuba o descendientes directos de cubanos), vive en
Estados Unidos y se refleja vigorosamente en la estructura social y
política del país. Hay dos senadores, cuatro congresistas federales, y
numerosos funcionarios y cuadros intermedios dentro de la estructura de
poder norteamericana. Los intereses mayoritarios de la etnia cubana, o
su relativo peso electoral, como sucede con los judíos americanos con
relación a Israel, o con los afroamericanos cuando se formula la
política hacia Africa, hay que tomarlos en cuenta.
-
Porque a Estados Unidos, finalmente, lo que le conviene es que en Cuba
se instale una democracia sosegada y estable, como la costarricense,
para mantener buenas relaciones políticas con la isla, dotada de un
sistema económico productivo, de manera que los cubanos no continúen
emigrando en masa hacia los Estados Unidos. Y nada de eso se puede
conseguir si en La Habana continúa enquistada la vieja e incompetente
oligarquía comunista que tomó el poder hace medio siglo y ha sido
incapaz de evolucionar bajo el peso de la experiencia, lo que hace que
el régimen actual, aunque fuerte en apariencia, sea siempre precario y
provisional. Sabíamos que en el comunismo dinástico, tras Fidel le
tocaba el turno a Raúl, pero ¿qué o quiénes vienen tras Raúl?
Obama
ha tomado la posición correcta. Hacer concesiones sin esperar algo a cambio
hubiera sido un error. Habría sido como decirles a los demócratas de la
oposición y al inmenso (aunque escondido) sector de los reformistas, que no
era necesario que el país abandonara el fracasado sistema comunista porque a
nadie le importa el destino de los cubanos. A Obama y a su administración sí
les importan.
Abril 19, 2009
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